Faro: el origen

faro-sol.jpg
El 14 de octubre de 1851 se anunciaba la licitación de la construcción del faro: una obra con final feliz

Ahora sí. Ahora tenía que ser. El anuncio del diario del 14 de octubre era explícito y ya no había vuelta atrás. Ahora solo era cuestión de tiempo y, por supuesto, dinero. Puede que el periódico liberal La España no llegase a este recuncho de Galicia, pero lo cierto es que ahí estaba, puesta negra sobre blanco, la fecha de la puja. Estamos en 1851. La reina Isabel II tendría cosas mejores que hacer que leer el fatigoso y apretado texto, poco más de 40 líneas. El presidente del gobierno, Juan Bravo Murillo, andaría con la cabeza en otra parte, rumiando, posiblemente, su proyecto constitucional para cercenar de raíz cualquier amenaza de contagio de la fiebre revolucionaria que azotaba media Europa (aquel rancio documento le costaría el cargo catorce meses después). Pero ahí estaba, sin gracia, la plomiza redacción de algún empleado gris de la Dirección General de Obras Públicas… Habían pasado cuatro años y diecisiete días desde la aprobación del Plan. Una eternidad. Y sin embargo, a la chita callando, la maquinaria burocrática había seguido avanzando con sus ruedas dentadas, pasando de lo general a lo particular, de lo grande a los detalles, y en lo que a nosotros concierne había sido convocado el acto de licitación. Por fin. Iba a ser el 20 de noviembre a la una de la tarde. Lo más difícil ya había pasado desde que alguien en la Villa y Corte decidió arremangarse, coger el toro por los cuernos y poner orden de una puñetera vez en las costas españolas con sus vergonzantes naufragios. Ahora le tocaba a la nuestra. A nuestra costa. Ahora era nuestro turno. El turno de Corrubedo. O Corrobedo, como se empeñaban en escribir en cualquier papel oficial. Ahora sí. Ahora se iba a subastar la obra de construcción del faro. Del faro de Corrubedo. Nuestro faro.

Pero lo mejor va a ser que echemos la vista atrás.
Seguir leyendo “Faro: el origen”