El crimen del siglo

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Masacre en el puerto de Bremen

Bremerhaven. Sábado 11 de diciembre de 1875. Amarrado a una cadena, un barril se halla suspendido unos metros sobre el pavimento del muelle. Un cabestrante lo va a trasladar a las bodegas del SS Mosel, un grandioso trasatlántico alemán de 108 metros de eslora capaz de transportar a 828 pasajeros (200 en los camarotes y 628 en entrecubierta) que está a punto de zarpar con destino a Nueva York previa escala en Southampton. El puerto es en ese momento un hervidero de gente en el que las emociones están a flor de piel. Amigos y hermanos, madres y padres, despidiéndose de viajeros que se disponen a empezar una nueva vida en América, quién sabe si se volverán a ver. De repente, ante la mirada de las escasas personas que observan tan rutinaria maniobra, el barril se desprende de la cadena, se ladea y se estrella contra el suelo en el borde del dique.

Estallan ventanas y escaparates en toda de la ciudad. Georgstraße, el vial comercial que parte en dos el entramado urbano, se cubre con un manto de cristales afilados mientras una negra humareda despunta por encima de la chimenea del barco. Los que están lejos, corren hacia el origen del estruendo. Los que están cerca y han sobrevivido, huyen. Se forma una turbamulta. Cunde el pánico. Nadie logra entender qué ha pasado.

Entretanto, en el epicentro, el hielo y la nieve heraldos del invierno se tiñen de rojo. Cuerpos mutilados, calcinados, a decenas, yacen en el suelo entremezclándose con hierros retorcidos y fragmentos de madera humeante. Allí reina un silencio enrarecido, casi sobrenatural. Como si se nos quisiera recordar que después de la tempestad siempre llega la calma, que después del caos las cosas a su modo acaban por alcanzar un orden… Ciertamente, en cuanto se recobren las piezas, se ausculten y empiecen a encajar, se irán precisando los contornos de un suceso al que el londinense The Times, desde más allá del mar del Norte, calificará como «the crime of the century».

Como el crimen del siglo.

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¡Y ella?…

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Puerto de Riveira hacia 1885 en la foto más antigua conocida hasta la fecha de esta localidad

Sucedió «no lejos de los famosos bajos de Corrubedo».

El corresponsal en Santa Eugenia de Riveira de Gaceta de Galicia informó a la redacción de este periódico compostelano sobre los detalles del hallazgo. Una botella lacrada flotando en el agua. Encontrada por los marineros de una lancha propiedad de Antonio Cardona, consignatario de buques de la citada localidad, mientras navegaban una milla por fuera de la isla de Sálvora. La llevaron a puerto. La abrieron. Y sacaron un papel escrito a lápiz por ambas caras que semejaba proceder de una cartera de apuntes.

De algún modo, el corresponsal se hizo con él. Estaba en lengua alemana. Lo tradujo o encontró quien lo tradujera:

«German Juan Friese de Yever (Oldemburgo) abordo del vapor “Príncipe Imparcial” Federico Guillermo, de la Alemania del Norte.

Procedente de Bremerhaven vá para el Rio Janeiro.

El momento en que traza estas líneas es el 10 de junio de 1883, en el golfo de Vizcaya. Qué tempestad… ¡Y ella?…»

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El Salier, solo en la noche

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Fotografía del SS Salier, trasatlántico alemán de 107 metros de eslora hundido en los bajos de Corrubedo

Una estrella moribunda.

Si tuviésemos que replicar en una manifestación física, tangible, lo qué es la soledad, nos decantaríamos por una estrella moribunda. Sí. Pensamos que es una imagen bastante atinada la de un astro agonizando en la inmensidad del universo, alejado millones de kilómetros del resto de sus congéneres, ensimismado. Cuando se quede sin luz, aún tendrán que pasar cientos de miles de años antes de que nosotros, simples terrícolas, reparemos en su muerte. Sumidos en la ignorancia nuestros poetas le seguirán cantando sin advertir que aquel objeto distante que ha inspirado sus versos no es ya más que una enana blanca. O mejor aún, polvo de estrellas: partículas de cobre, zinc, mercurio, plata y plomo dispersas por el espacio sideral. Nos suena todo bastante triste.

Leer sobre el naufragio del Salier nos ha dejado una sensación parecida, un poso de melancolía que nos cuesta expulsar. No es una estrella. Es un buque perdido en la oscuridad. No es el cosmos. Es el mar que lo engulle en los bajos. La vida en el cabo seguirá girando como si el drama hubiera tenido lugar en una galaxia lejana. Y no será hasta que, cuarenta horas después, las olas empiecen a escupir cadáveres en las playas de Barbanza que los que aquí habitan atisben una pálida impresión de la dimensión de la tragedia. Nunca conoceremos los hechos, nunca sabremos qué espantosas escenas sucedieron a bordo mientras el barco se hundía, nunca podremos decir qué últimas palabras se exclamaron en polaco, yiddish, ruso, gallego, castellano o alemán. Nadie vivió para contárnoslas. Como aquel polvo de estrellas de hace unas líneas, los cuerpos se fueron dispersando por el mundo subacuático al albur de las corrientes. 281 almas ahogadas en la noche. Algunas el mar nos las devolvió. Otras no: hubieron de hacer compañía a las algas y a los peces.
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