¿Hubo un corrubedano en la banda de Al Capone? (2ª parte)

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No pierde la sonrisa Al Scarface Capone aunque le hayan caído 11 años por fraude fiscal

Alphonse Gabriel Capone. Nacido el 17 de enero de 1899 en Brooklyn, Nueva York. El cuarto de nueve hermanos. El que más lejos llegó hasta que se le acabó la fiesta. El 4 de mayo de 1932 ingresa en la prisión de Atlanta para cumplir una condena de 11 años entre rejas. Sonríe para la ficha del FBI. Y lo que son las cosas: solo seis días después el departamento de policía de su ciudad natal anuncia que ha resuelto el asesinato de un joven agente, James R. Goodwin, abatido durante el atraco a una droguería en Manhattan. Acusan a tres hombres, a uno de los cuales se le relacionará con Al… Es corrubedano. Y seguimos con su historia.

[Viene de la primera parte]

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Una caída real en la plaza de Oriente

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El protagonista de nuestra historia cabalgando en 1906

«Defensa numantina». «Más moral que el Alcoyano». «Coger las de Villadiego». «Armar la de San Quintín». Cuántas veces no habremos oído expresiones de este tenor en las que por una cosa u otra ciertas localidades que algunos seríamos incapaces de señalar en un mapa han logrado inocularse en el habla popular. Algo así, creemos nosotros, pudo haber estado muy cerca de pasar con Corrubedo… Si no, no se entiende que todo un señor periódico de la villa de Madrid invocase el topónimo de nuestro pueblo para dar más énfasis a una queja motivada por cierto acontecimiento acaecido en la capital que pudo acarrear consecuencias muy graves. La soflama se publicó el 4 de enero de 1906 y el cuasidesgraciado suceso no tuvo como víctima a un ciudadano cualquiera. Qué va. Su protagonista fue el mismísimo Alfonso León Fernando María Jaime Isidro Pascual Antonio de Borbón y Habsburgo Lorena. El décimo tercero de su nombre, que dirían en Juego de Tronos.

Vamos a ponernos en situación porque los hechos tienen su miga y de paso aprendemos un poco de historia.
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Faro: la construcción

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Algunos de los crepúsculos más bellos a este lado del Atlántico se ven desde el faro de Corrubedo

1 de enero de 1853. La España pasa revista a la situación y mira con optimismo el futuro. De acuerdo: es el principal periódico afín al poder, o sea, al Partido Moderado, que lleva cerca de una década gobernando. Pero el diario se afana en recopilar infinidad de datos para fundamentar su reflexión y apabullar a su audiencia.

Que resumimos. En los últimos doce meses, casi no hubo provincia en la que no se hubiera abierto algún nuevo tramo de carretera; las vías de ferrocarril ya suman 23 leguas y hay otras 96 en construcción; la navegación por el río Ebro pronto se hará realidad; las obras del puerto de Valencia ya están en marcha… Ahora bien, el rotativo es contundente: «ningún ramo de la administración pública ha sufrido una transformación más completa en estos últimos años, y en el precedente en particular, que el de los faros».

Sí. La España se relame en detallar los avances dados en materia de seguridad en el mar. Hemos pasado de una costa en penumbra, mal iluminada por unas «pocas luces de puerto», a contar con los mejores artilugios del mercado (extranjeros, eso sí, todos del modelo Fresnel). El ambicioso Plan de Alumbrado Marítimo al que ya hemos hecho mención en un post anterior está empezando a rendir frutos. En 1851 se encendieron los faros de Estaca de Bares y Llobregat. En 1852 los de Machicaco, Fisterra, Peñas, Dragonera, punta Galera y Mahón. Y 1853 será el no va más: Ceuta, islas Sisargas, cabo de Creus, cabo Prior, isla de Arousa, isla de Sálvora y, oh sí, cabo Corrobedo.

Ahí está. Escrito con sobreabundancia de oes como acostumbraba a hacer la burocracia oficial. Pero… ¿qué creéis que ocurrió? ¿se encendió en el año entrante? ¿o erraron el tiro? Después de todo no sería la primera vez (ni la última) en que se incumplió el plazo de una obra en esta tierra a la que el geógrafo griego Estrabón comparó hace dos mil años con una piel de toro.

Vamos a verlo.
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Un barco de la Primera Guerra Mundial y un capitán borracho

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El errático Ciss, causa y a la vez solución del enredo de esta historia

«Nos han abordado. No sé aún cómo será la avería. Pido situación y no me la dan. Debemos estar frente a Villagarcía.»

El radiograma no presagiaba nada bueno. Eran las doce y veinte de la noche del domingo 15 de diciembre de 1929 y el mensaje del capitán del Cabo Oropesa había sido recibido por la Comandancia de Marina de Vigo a través de la estación de radiotelegrafía de Finisterre. Se empezó a llamar insistentemente al barco en apuros… sin obtener respuesta.

Hubo que reaccionar rápido. A las tres de la madrugada un buque zarpó en su busca: el Cabo Tres Forcas, de la misma casa armadora que el navío desaparecido. Siete horas después mandó esta comunicación: «Hemos reconocido toda la zona del Oropesa, sin resultado. Estamos en la ría de Villagarcía con niebla. Seguimos las pesquisas».

Era la una y media de la tarde cuando un segundo compañero se sumó al rastreo: el Cabo Razo, que había llegado a Vigo procedente del sur y nada más tocar tierra recibió orden de salida inmediata. A las cuatro transmitió el siguiente despacho: «Hallámonos altura isla Salvadora [sic], sin noticias ni huellas Cabo Oropesa. Seguimos pesquisas con rumbo a Corrubedo, niebla densa y tiempo inseguro».

Ese mismo día, dos barcos que navegaban por la zona —el vapor Remo y el trasatlántico Rousillon— afirmaron haber visto restos de un naufragio.

Definitivamente la cosa no pintaba nada nada bien.

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El Salier, solo en la noche

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Fotografía del SS Salier, trasatlántico alemán de 107 metros de eslora hundido en los bajos de Corrubedo

Una estrella moribunda.

Si tuviésemos que replicar en una manifestación física, tangible, lo qué es la soledad, nos decantaríamos por una estrella moribunda. Sí. Pensamos que es una imagen bastante atinada la de un astro agonizando en la inmensidad del universo, alejado millones de kilómetros del resto de sus congéneres, ensimismado. Cuando se quede sin luz, aún tendrán que pasar cientos de miles de años antes de que nosotros, simples terrícolas, reparemos en su muerte. Sumidos en la ignorancia nuestros poetas le seguirán cantando sin advertir que aquel objeto distante que ha inspirado sus versos no es ya más que una enana blanca. O mejor aún, polvo de estrellas: partículas de cobre, zinc, mercurio, plata y plomo dispersas por el espacio sideral. Nos suena todo bastante triste.

Leer sobre el naufragio del Salier nos ha dejado una sensación parecida, un poso de melancolía que nos cuesta expulsar. No es una estrella. Es un buque perdido en la oscuridad. No es el cosmos. Es el mar que lo engulle en los bajos. La vida en el cabo seguirá girando como si el drama hubiera tenido lugar en una galaxia lejana. Y no será hasta que, cuarenta horas después, las olas empiecen a escupir cadáveres en las playas de Barbanza que los que aquí habitan atisben una pálida impresión de la dimensión de la tragedia. Nunca conoceremos los hechos, nunca sabremos qué espantosas escenas sucedieron a bordo mientras el barco se hundía, nunca podremos decir qué últimas palabras se exclamaron en polaco, yiddish, ruso, gallego, castellano o alemán. Nadie vivió para contárnoslas. Como aquel polvo de estrellas de hace unas líneas, los cuerpos se fueron dispersando por el mundo subacuático al albur de las corrientes. 281 almas ahogadas en la noche. Algunas el mar nos las devolvió. Otras no: hubieron de hacer compañía a las algas y a los peces.
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Bajo una ola en altamar en Corrubedo

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Bajo una ola en altamar en Kanagawa, icónica estampa japonesa también conocida como La Gran Ola

El mismo día en que el trovador folk Blind Alfred Reed grababa la pieza «How Can a Poor Man Stand Such Times and Live?», una de las primeras canciones protesta de la historia —hasta Springsteen la ha versionado—, como reacción al recientísimo crack de la bolsa de Nueva York, los lectores del diario barcelonés La Vanguardia se desayunaban con un suceso que los tuvo que dejar entre ojipláticos y boquiabiertos. El texto, publicado el miércoles 4 de diciembre de 1929, solo ocupó nueve líneas. Una nimiedad. Pero la magnitud de lo contado nos hace pensar que si los encorbatados brokers de Wall Street estaban viviendo la tormenta perfecta (y ya no digamos el pobre hombre de la calle según se lamentaba el bueno de Reed), lo que sintieron los tripulantes del Cabo Huertas a la altura de Corrubedo no se quedó para nada atrás: aquello fue un maremoto con todas las letras.

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Los seis muertos del María Rosa

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La primera alusión al naufragio: un texto corto e impreciso sin referencias al María Rosa

El francés Dom Pedro, el presuntamente holandés Jupiter, el inglés Coningsby, su compatriota el Debonair… Hasta ahora hemos contado estos cuatro naufragios finiquitados con mejor o peor suerte en las coordenadas del cabo. Sus bonitas banderas conferían a cada historia una pátina que no sabemos si llamar exótica, colorista, cosmopolita o aventurera. Ahora bien, un accidente en el mar no tiene nada de excitante o hermoso (los dramas nunca lo son) y quienes más han sufrido aquí esa sensación de que la vida se te puede escapar en cualquier lance no hablaban un idioma extranjero. En absoluto. Son los pescadores de Corrubedo los que salen cada madrugada para entablar una nueva partida en la orografía tramposa. Los que doblan la apuesta en los días de temporal. Los que mueren cuando la fatalidad carga los dados. Hoy vamos a recordar a seis de ellos. Sus nombres los hemos encontrado en la prensa del pasado, perdidos en las hojas secas. Iban en el mismo barco. Nadie se salvó.

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