Faro: la construcción

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Algunos de los crepúsculos más bellos a este lado del Atlántico se ven desde el faro de Corrubedo

1 de enero de 1853. La España pasa revista a la situación y mira con optimismo el futuro. De acuerdo: es el principal periódico afín al poder, o sea, al Partido Moderado, que lleva cerca de una década gobernando. Pero el diario se afana en recopilar infinidad de datos para fundamentar su reflexión y apabullar a su audiencia.

Que resumimos. En los últimos doce meses, casi no hubo provincia en la que no se hubiera abierto algún nuevo tramo de carretera; las vías de ferrocarril ya suman 23 leguas y hay otras 96 en construcción; la navegación por el río Ebro pronto se hará realidad; las obras del puerto de Valencia ya están en marcha… Ahora bien, el rotativo es contundente: «ningún ramo de la administración pública ha sufrido una transformación más completa en estos últimos años, y en el precedente en particular, que el de los faros».

Sí. La España se relame en detallar los avances dados en materia de seguridad en el mar. Hemos pasado de una costa en penumbra, mal iluminada por unas «pocas luces de puerto», a contar con los mejores artilugios del mercado (extranjeros, eso sí, todos del modelo Fresnel). El ambicioso Plan de Alumbrado Marítimo al que ya hemos hecho mención en un post anterior está empezando a rendir frutos. En 1851 se encendieron los faros de Estaca de Bares y Llobregat. En 1852 los de Machicaco, Fisterra, Peñas, Dragonera, punta Galera y Mahón. Y 1853 será el no va más: Ceuta, islas Sisargas, cabo de Creus, cabo Prior, isla de Arousa, isla de Sálvora y, oh sí, cabo Corrobedo.

Ahí está. Escrito con sobreabundancia de oes como acostumbraba a hacer la burocracia oficial. Pero… ¿qué creéis que ocurrió? ¿se encendió en el año entrante? ¿o erraron el tiro? Después de todo no sería la primera vez (ni la última) en que se incumplió el plazo de una obra en esta tierra a la que el geógrafo griego Estrabón comparó hace dos mil años con una piel de toro.

Vamos a verlo.
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Faro: el origen

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El 14 de octubre de 1851 se anunciaba la licitación de la construcción del faro: una obra con final feliz

Ahora sí. Ahora tenía que ser. El anuncio del diario del 14 de octubre era explícito y ya no había vuelta atrás. Ahora solo era cuestión de tiempo y, por supuesto, dinero. Puede que el periódico liberal La España no llegase a este recuncho de Galicia, pero lo cierto es que ahí estaba, puesta negra sobre blanco, la fecha de la puja. Estamos en 1851. La reina Isabel II tendría cosas mejores que hacer que leer el fatigoso y apretado texto, poco más de 40 líneas. El presidente del gobierno, Juan Bravo Murillo, andaría con la cabeza en otra parte, rumiando, posiblemente, su proyecto constitucional para cercenar de raíz cualquier amenaza de contagio de la fiebre revolucionaria que azotaba media Europa (aquel rancio documento le costaría el cargo catorce meses después). Pero ahí estaba, sin gracia, la plomiza redacción de algún empleado gris de la Dirección General de Obras Públicas… Habían pasado cuatro años y diecisiete días desde la aprobación del Plan. Una eternidad. Y sin embargo, a la chita callando, la maquinaria burocrática había seguido avanzando con sus ruedas dentadas, pasando de lo general a lo particular, de lo grande a los detalles, y en lo que a nosotros concierne había sido convocado el acto de licitación. Por fin. Iba a ser el 20 de noviembre a la una de la tarde. Lo más difícil ya había pasado desde que alguien en la Villa y Corte decidió arremangarse, coger el toro por los cuernos y poner orden de una puñetera vez en las costas españolas con sus vergonzantes naufragios. Ahora le tocaba a la nuestra. A nuestra costa. Ahora era nuestro turno. El turno de Corrubedo. O Corrobedo, como se empeñaban en escribir en cualquier papel oficial. Ahora sí. Ahora se iba a subastar la obra de construcción del faro. Del faro de Corrubedo. Nuestro faro.

Pero lo mejor va a ser que echemos la vista atrás.
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