Albatros, la marea más triste (primera parte)

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El Albatros

El martes 9 de noviembre de 1954, el pesquero Albatros zarpó del puerto de Gijón por última vez. Se hundió casi una semana más tarde cerca de Cedeira y el suceso dejó una profunda aflicción en nuestro pueblo.

Aun hoy, después de tantos años, una nota de dolor late sordamente en el corazón de Corrubedo… Ocho de sus quince tripulantes habían nacido aquí. Ninguno volvió para contarlo.

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De langostas y hombres

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Situémonos en 1894, el año en que se comercializó por primera vez un tónico embotellado para los problemas de digestión conocido como Coca-Cola.

Detengámonos en la playa de A Frouxeira. O tal vez en la de Portiño. En cualquier caso, en Valdoviño, al norte de Ferrol. Allí fondea una lancha llamada San Antonio y Ánimas. Procede de Corrubedo y su tripulación está compuesta por ocho hombres, siete de los cuales saltan a tierra porque tienen algunas cosas que hacer.

Se ponen a arreglar unas redes. Trabajo rutinario. Al poco, un vecino se acerca. Les dice que están atracando su embarcación. Nuestros paisanos regresan a la carrera y… ¿qué es lo que se encuentran? A diez hombres armados metidos en una segunda lancha. Esta carece de número ni folio. Como quien te roba a punta de pistola desde un coche sin placas.

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Vientos de invierno

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El largo y frío invierno que azotó Europa en 1879, a los ojos de Claude Monet

«Viendo con sorpresa olvidado, o al menos totalmente confundida, la pérdida del bergantín goleta Nemesia de la matrícula de Barcelona, capitán y propietario D. Manuel Sindon de esta vecindad; y movido de un sentimiento de caridad, a fin de que las cantidades recolectadas en estos últimos días se distribuyan como se debe entre las familias de los náufragos que perecieron en la pasada borrasca, me propaso a hacerle el relato siguiente en la confianza de que V. se dignará atenderlo en las columnas de su periódico.

Dicho buque, el 9 del pasado con un horroroso temporal, se perdió a la una de la tarde, punto llamada Siete Leguas, costa de Currubedo, salvándose milagrosamente el Capitán y cinco tripulantes más; fallecieron Juan Francisco Miguens, casado, de la Puebla del Caramiñal, y José María Miramontes López, del pueblo de Rois, matrícula de Sada, soltero.»

La carta fue publicada en El Correo Gallego el 9 de marzo de 1879. Su autor —si hacemos caso a una réplica que habría de ser publicada seis días después— fue José Rey Bretal, nombre que nos resulta muy familiar puesto que cada vez que subimos la cuesta de la iglesia lo vemos escrito en la pared: él era párroco de Olveira y Corrubedo cuando el templo se construyó en 1907.

La misiva denota que el clérigo —o todavía aspirante a— se había visto en la obligación moral de recordar las consecuencias de un naufragio acaecido hacía un mes, el 9 de febrero. Denuncia que se ha olvidado o, al menos, confundido.

¿Por qué? ¿Qué pudo eclipsar semejante desgracia?

Una más atroz. Más dolorosa. Una que había ocurrido el día antes, justo cuando se desató la misma borrasca.

Dejó 17 viudas y 40 huérfanos.

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El Cádiz y los juegos de azar: una vuelta de tuerca

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El vapor Cartuja, uno de los presuntos implicados en el suceso que vamos a contar

«Vuelta de tuerca»: giro en el argumento de una historia literaria o cinematográfica en el que se presenta un vuelco abrupto e inesperado en la situación descrita [de la Wikipedia].

Un perro. En el tambucho de cámara.

Fue el único ser vivo encontrado a bordo del Cádiz, bergantín goleta de matrícula valenciana abandonado sobre los bajos de Corrubedo con cargamento de sal.

La noticia corrió como un reguero de pólvora por los periódicos. Se hicieron eco en Madrid, en Barcelona, en Alicante, en Pamplona… Estamos en los primeros días de 1883, cuando en las redacciones empezaba a sonar familiar el repiqueteo de los telégrafos. Y todas coinciden. De hecho, casi todas repiten, palabra arriba palabra abajo, la misma frase: «Ignórase la suerte que habrá cabido á su tripulación, aunque se supone fundadamente haya perecido».

¿Qué fue lo que ocurrió?

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Posos de ignominia

Posos de ignominia

 

Una mujer joven y elegantemente vestida, una náufraga, con un tajo en la garganta que le ha seccionado la arteria carótida. Sus ropas están húmedas. Sus dos dedos meñiques, cortados. Yace tendida en la playa. Muerta. Asesinada por la sed de oro de algún desalmado ladrón de alhajas habitante de un cabo donde el engaño, la rapiña y la falta de escrúpulos constituyen una forma de vida.

¿Realidad o fabulación?

La pregunta relampagueó en el otoño de 1888. Un diario compostelano, El País Gallego, tiró la primera piedra. La reacción de los de Corrubedo no se hizo esperar. Os contamos los hechos.

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Carmiña Neira y el colisionador que no fue

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El puerto de A Pobra, escenario donde comienza nuestra historia

Ay, las prisas. No son buenas consejeras. Y si no que se lo digan a algunos lumbreras que anunciaron esta misma semana la solución a las toneladas de plástico desechado del planeta en forma de gusano devorador de polietileno… noticia que algunos tuvieron la delicadeza de matizar después.

En la historia que os traemos hoy ignoramos quién fue el responsable originario del error pero hemos encontrado hasta tres periódicos que, casi palabra por palabra, repitieron el mismo embuste: El Pueblo Gallego, El Diario de Pontevedra y El Compostelano. Los hechos sucedieron a finales de abril de 1925 y tuvieron, cómo no, las costas de Corrubedo como marco del naufragio.

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Ráfagas de dinamita

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Robert Allen Zimmerman con los ojos posados en una revista: ¡es la guerra!

Bob Dylan finalmente lo hizo.

Con sus excentricidades, cierto, pero al final el trovador de Minnesota pasó por el aro y plantó sus pies en Estocolmo para recibir la medalla del Premio Nobel de Literatura y, cómo no, los 8 millones de coronas suecas (828.520,021 euros al cambio hoy) retirados de fondos de inversión procedentes en último término de la patente de la dinamita.

Nos sigue pareciendo curioso que un galardón creado para distinguir a los más grandes benefactores de la humanidad se sustente incluso financieramente sobre un invento que ha multiplicado el caos y la aniquilación en el mundo, un arma que les ha facilitado el trabajo a esos «señores de la guerra» contra los que ya cantaba nuestro laureado versificador de pelo revuelto en 1963, dos años antes de alborotar al personal electrificando su guitarra.

Pero hoy no toca hablar de Robert Zimmerman. Tampoco de ninguna contienda bélica. Hoy toca hablar de otro de los usos letales que tuvo la invención de Alfred Nobel, uno que, hace cosa de un siglo, sembró de muerte y destrucción el ecosistema marino de nuestra costa abocando a uno de sus más preciados moradores prácticamente a la exterminación. No había modo de poner freno a aquel disparate. Y fue tal la preocupación que el asunto terminó en el Congreso de los Diputados. En la madrileña Carrera de San Jerónimo. Tan lejos del mar y de nuestro cabo.

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