Corrubedo, once siglos

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Concordia de Antealtares, primera referencia escrita al hallazgo del sepulcro del Apóstol

El principio de esta historia es harto conocido. Hacia el año 813, un tal Pelayo, eremita él, vio que una estrella refulgía de un modo extraño encima del bosque Libredón y corrió a contárselo al obispo Teodomiro en su diócesis de Iria Flavia. Ambos regresaron al sitio en cuestión y descubrieron uno de los mayores tesoros de la cristiandad: en una antigua necrópolis romana yacía el sepulcro de Santiago el Mayor junto a las tumbas de dos discípulos, Teodoro y Anastasio, aquellos que —decía la leyenda— habían traído a este confín el cadáver del Apóstol a bordo de una balsa de piedra tras ser decapitado en Judea por soldados de Herodes Agripa. Informado del milagroso hallazgo, el rey astur Alfonso II ordenó construir sobre aquel lugar una modesta capilla. Fue el corazón del Locus Santi Iacobi, la meta de todas las rutas jacobeas, el punto en que centurias más tarde se habría de levantar una catedral.

No es tan conocido que aquel mismo Alfonso II, apodado El Casto —tenía esposa pero nunca cohabitó con mujer—, hizo venir a doce monjes benedictinos con la misión de custodiar las sagradas reliquias. Para ellos se edificó un cenobio, una endeble instalación de piedra, madera y barro situada unos metros a oriente de donde reposaban los huesos santos, cerca de tres altares consagrados al Salvador y a San Pedro y San Juan que explican el nombre con que fue bautizada: Antealtares. El convento tuvo a Ildefredo de primer abad y, además de cuidar el sepulcro, debió asumir la responsabilidad de rendir culto al Apóstol celebrando misas en su honor, cantando oficios y atendiendo a los peregrinos que, aún escasos a mitad del siglo IX, acudían de tierras hispanas no sometidas por el Al-Andalus.

Y lo que, hasta hace bien poco, solo era conocido por un puñado de eruditos e investigadores de la Alta Edad Media, es lo que relataremos a continuación. El hecho que va a provocar que, desde esta misma medianoche, cuando los relojes de Praza do Obradoiro y de la madrileña Puerta del Sol den las doce campanadas, Corrubedo vaya a estar todo el año en traje de fiesta.

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Relato de un náufrago (versión original)

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Aquí empezó todo

En la fachada del Waterford Marina Hotel, en Canada Street, hay una placa azul. Se trata de uno de esos letreros tan característicos del Reino Unido con los que buscan poner en valor su patrimonio histórico. Lo mismo identifican la casa en que vivió Freddy Mercury que el sitio de Londres sobre el que cayó el primer misil V1 en la Segunda Guerra Mundial que el inmueble de Baker Street donde Sherlock Holmes tenía su residencia/despacho (planta primera del 221B).

Nosotros nos encontramos en la verde Irlanda y el rótulo recuerda que allí se erigió una vez un astillero llamado Neptune. «Cuarenta barcos de vapor de hierro fueron construidos —explica el texto—. Cinco de ellos grandes cruceros oceánicos para los Malcomson».

Uno de esos cuarenta barcos de vapor fue la (para la prensa de nuestro país) desconocida nave naufragada en Corrubedo en 1881 a la que hicimos mención hace mes y medio cuando escribimos la versión española del relato de un náufrago. Un náufrago al que, por cierto, le vamos a poner nombre: John Fitzpatrick. Ya iba siendo hora de contar lo que él dijo.

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Anatomía de un sexto premio

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Lotería decimonónica en el semanario La Ilustración Española y Americana

Estábamos con un ojo puesto en el televisor, medio mirando el anuncio del tipo atrapado como Bill Murray en un sempiterno 22 de diciembre, acordándonos del calvo de la Lotería y de un tiempo pasado que fue mejor o, al menos, con más pelo y menos canas, cuando nos hicimos la pregunta del millón: «¿Tocó el Gordo alguna vez en Corrubedo?»

Nos pusimos a rebuscar entre los periódicos viejos. Repasamos los meandros de mil historias de vidas sonreídas por la fortuna, de rostros desencajados por la alegría entre géiseres de champán. Nos obcecamos en la caza de algún vecino nuestro que hubiese sido agraciado con el más esplendente de los regalos navideños anunciado por los huérfanos de San Ildefonso. Y no. No lo hubo. O si lo hubo, se supo esconder muy bien de la rapacidad periodística.

Pero a fuerza de investigar descubrimos algo. Una pieza menor. Un hoy extinto sexto premio puesto negro sobre blanco en un par de paginas de La Voz de Galicia y El Correo Gallego.

Ocurrió muchísimos años atrás.

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El regreso de la ruta del ron

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Hace un par de días en el puerto de Ribeira

La vida está llena de coincidencias [y eso que cuando escribimos esta frase aún no sabíamos lo que iba a ocurrir después*].

En la Nochebuena de 2017 empezábamos a publicar una historia que dividimos en tres partes en la que rastreábamos la identidad de una extraña embarcación a la deriva divisada al norte de Corrubedo en otra víspera de Navidad: la de 1999 [I]. Tras una investigación diríase que detectivesca aunque sin despegar las yemas del teclado, descubrimos que aquella nave —que había acabado maltrecha en el puerto de O Vicedo— era un trimarán legendario: uno de los cuatro hermanos gemelos del ganador de la primera edición en 1978 de la mítica Ruta del Ron, el cual, al poco de haber participado en el 20º aniversario de esta regata que une Francia y el Caribe, se perdió en una pavorosa tormenta al este del Canadá… su dueño, el galo Charlie Capelle, ya había renunciado a él pues nadie con dos dedos de frente se atrevería a inferir que después de ocho meses de zozobra por el Atlántico el velero iba a ser avistado a cuatro mil kilómetros de distancia de donde desapareció, bastante hecho polvo, sí, pero no tanto como para darlo por defenestrado [II]. Nada más enterarse de pura chepa de su milagrosa reaparición, su propietario viajó a Galicia, recuperó su A Capella, lo repatrió, lo restauró, disputó en 2006 la Ruta del Ron, naufragó en su cuarta jornada, fue rescatado, lo volvió a arreglar, compitió en la edición de 2010 y en la siguiente de 2014 —es un certamen cuatrienal, como las olimpiadas y el mundial de fútbol— y ya había formalizado su comparecencia en la de 2018 cuando concluimos nuestro relato a principios de enero, con Capelle y su viejo barco inscritos en una prueba que, casualidades, iba a celebrar este otoño su 40º aniversario [y III].

Pues bien. Lo que son las cosas. Este misma semana, en la madrugada del miércoles 12 de diciembre de 2018, Salvamento Marítimo ha recobrado un fragmento de otro trimarán tripulado por otro francés que naufragó el mes pasado mientras peleaba por el cetro de la Route du Rhum. Ya hay que tener puntería. Hallaron el pecio a unas treinta millas de nuestro cabo y lo remolcaron a aquí cerca, atándolo a un pantalán en el puerto de Ribeira.

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Emilio Mosteiro, ascua ultraísta

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Uno de los tres cuatro es Emilio Mosteiro

El metro vaga en sueños
por el calcetín eterno

Un tipo escurridizo este Emilio Mosteiro del que vamos a escribir hoy aquí. Alguien debería emplearse a fondo en armar una biografía. Lo pensamos sinceramente. Porque cuanto más indagamos en la vida de este poeta olvidado —picoteando un dato aquí, otro allá— más nos cautiva hasta el punto de tensar los límites de nuestra capacidad de asombro.

Poeta precoz. Ascua de última hora en la fogata ultraísta. Si lo traemos al blog es porque uno de sus poemas, Alalás do mar, canta desde las vanguardias al faro de Corrubedo.

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Albatros, la marea más triste (segunda parte)

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Esquela que puso la casa armadora en el diario gijonés Voluntad por los muertos del Albatros
[Viene de la primera parte]

Asido a un bote lleno de agua, el marinero Juan Varela Fernández, de Miño, casado, una hija, logró llegar a la playa de Baldaio a las once de la mañana del martes 16 de noviembre. Habían transcurrido diecisiete horas desde que dos traicioneros golpes de mar echaron a pique el Albatros mientras el pesquero navegaba a seis millas de Cedeira.

Tras alcanzar la orilla, el náufrago vio a una señora de edad lavando la ropa junto a una casita cercana. Estaba tan extenuado que le era imposible gritar, pero la dama se percató de su presencia. Se acercó. Le dio un vaso de leche. Recosidas las flacas fuerzas, Juan pudo explicar lo ocurrido. Por indicación de la buena mujer, unos vecinos sacaron del agua el bote y después acompañaron al moribundo a pie hasta Laracha para que pudiera tomar el trolebús que iba a Coruña. Pasó un camión verde cargado de hierros. Juan lo detuvo y relató su drama. Los ocupantes del vehículo se desentendieron de él. Surgió otro camión que transportaba madera. Le dejaron subir. Eran las seis de la tarde cuando entró en la ciudad. Fue a casa de su hermana y bebió un coñac. Se desmayó. Recuperó la conciencia. Entonces sí. Ya no podía demorarlo más. Había llegado la hora de encarar la realidad y de mirar a los ojos a quienes, con el corazón encogido, aguardaban en el puerto un milagro o quizá el despertar de un mal sueño.

Juan bajó al Muro.

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