El barco que no quiere morir

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Este post continúa los titulados «El yate fantasma» y «La ruta del ron»

DESPUÉS

Lo que no lograron las autoridades lo logró un turista escandinavo.

La secuencia de los hechos es la siguiente. El viajero nórdico, un aficionado a los multicascos, descubre los restos del trimarán en O Vicedo y se le despiertan deseos de comprarlo. Hay un nombre escrito en la cabina de la embarcación: el de Nigel Irens, el arquitecto naval británico que había rediseñado los cascos flotantes laterales. Averigua sus señas y le envía un correo electrónico dándole a conocer su intención de compra y este a su vez telefonea a Charlie Capelle. Atónito, el francés le dice a su amigo que tiene que tratarse de un error, que el barco se perdió hace casi dos años en una brutal tormenta frente a las costas de Canadá. El inglés replica que no, que está en un pueblo de España cerca de cabo Ortegal.

Un Charlie insomne conduce toda la noche y cuando llega a O Vicedo observa a su criatura con expresión ojiplática: tirada en la hierba, boca abajo y convertida en un improvisado parque infantil en el que se recrean los niños del pueblo. Está tan descolorida como el conde de Montecristo tras vivir una temporada en el castillo de If, pero no hay duda: aquella estructura maltrecha es el A Capella de sus amores.

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La ruta del ron

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Este post continúa el de la semana pasada, que titulamos «El yate fantasma»

ANTES

No. No es el misterioso yate sin tripulantes localizado cerca de Corrubedo un día de Nochebuena, perdido unas horas después, reencontrado en Estaca de Bares y remolcado al puerto de O Vicedo que protagonizó nuestro último post. Sin embargo, hemos querido traer aquí esta imagen por dos motivos.

Primero, porque el trimarán que dejamos pudriéndose en la Mariña lucense era igual al de la foto. Observándolo os podéis hacer una impresión acertada de cómo se mostraba un multicasco de este pelaje en plenitud de facultades. Bonito, ¿verdad? Se llama Olympus Photo y fue construido en Maine, al noreste de los Estados Unidos, por un tal Walter Greene, un verdadero orfebre que tuvo la genialidad de aplicar sus conocimientos en aeronáutica para lograr una embarcación más ligera y rígida que cuanto había hasta entonces. Por cierto, cuando afirmamos que eran iguales no estamos hablando de comparar dos Mercedes clase S o dos iPhone X. Qué va. Esto es más exclusivo. Solo se hicieron cinco.

La segunda razón apunta al marco. La instantánea fue tomada en 1978 durante la edición inaugural de una regata que se ha vuelto mítica. Route du Rhum. «Ruta del Ron». Se celebra cada cuatro años y en ella los participantes deben cubrir en solitario y sin asistencia 3.568 millas cruzando el Atlántico. «El Everest de los navegantes», la calificó alguien que os vamos a presentar siete párrafos más abajo. El tipo que aparece medio de espaldas, un canadiense llamado Mike Birch, fue su primer ganador, invirtiendo un tiempo de 23 días, 6 horas, 58 minutos y 35 segundos e imponiéndose contra todo pronóstico y en los metros finales al enorme monocasco de Michael Malinowski por 98 segundos. Fue una auténtica machada —como si Tatsuki Suzuki ganase en la última curva con su cabalgadura de Moto3 un gran premio de MotoGP—, lo que le ha reservado de por vida un billete en el tren al que se suben las leyendas.

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