Presentación en sociedad

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Tres oradores

Ahora sí. Después de su cuasimprovisada puesta de largo con las uvas de fin de año, Corrubedo XI Siglos ha sido presentada formalmente en sociedad.

Lo hizo el pasado domingo en la casa del mar ante un nutrido grupo de vecinos que, minutos después de misa, acudió hasta allí para escuchar lo que tenían que decir tres de los miembros de la junta directiva de la nueva entidad… o entidad de entidades, pues en ella están aglutinados varios colectivos locales. El trío de oradores lo conformó el concejal Suso Freire, Francisco Sánchez Fraga y Fernando Vilariño, con Flor Vidal levantando acta.

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Yamburg, una década

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El Yamburg, encallado en As Cobas

Klaus. Una fuerza de la naturaleza que, hace diez años, irrumpió en el mapa de isobaras amenazando con convertirse en otro huracán Hortensia, la madre de todos los ciclones de los ochenta.

Las agencias meteorológicas, los servicios de emergencias, los medios de comunicación… No había organización con autoridad que no alertase de que nos preparásemos para lo peor, de que todas las precauciones iban a ser pocas ante lo que se nos venía encima.

Y cumplió. Joder si cumplió. La explosiva ciclogénesis batió todos los récords de viento documentados hasta la fecha en Galicia, con rachas que rozaron los doscientos kilómetros/hora. Murieron cinco personas en nuestra comunidad a causa de la caída de un árbol, el hundimiento de un barco, un cortocircuito y una doble inhalación de monóxido de carbono. Ahí afuera las cosas no fueron mucho mejor. Francia declaró el estado de catástrofe y convocó al ejército. Portugal tuvo que rescatar a casi seiscientos conductores tirados en carreteras intransitables. Y lo más trágico: cinco niños fallecieron en Saint Boi de Llobregat, extrarradio de Barcelona, al desplomarse el techo de un polideportivo. Más de treinta personas perdieron la vida en el continente europeo por culpa de aquel hercúleo vendaval de teutona sonoridad. Klaus.

Sin embargo, en Corrubedo su paso no fue nada apocalíptico. Sus soplidos apenas alcanzaron los tres dígitos, deteniéndose la punta de velocidad en 103 kilómetros. Lo hizo exactamente a las 21.50 horas del viernes 23 de enero según los registros de nuestra estación meteorológica. A aquellas alturas, nuestra atención llevaba ya unos días concentrada en otro obsequio que, a principios de esa misma semana, nos había regalado el incipiente mal tiempo. Uno sólido. Tangible. De metálica sonoridad.

La gabarra [o pontón, más bien, a la luz de un valioso comentario que nos han hecho en el post] Yamburg.

Se iba a quedar con nosotros una buena temporada.

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Después del Debonair

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María, el niño, ella, Alejandro, Agustín

Desde el preciso instante en que, el miércoles 9 de enero a las 04.24, hora local, recibimos aquel comentario todos nuestros planes se fueron al traste. En aquel momento aún no lo sabíamos, claro, no somos tan noctámbulos —o no siempre— ni tan madrugadores —nunca—, pero cuando nos despertamos y vimos en el móvil la notificación y leímos aquellas líneas en inglés, comprendimos que el post que desde hacía más de dos años teníamos planeado nunca se haría realidad, que los dedos no se iban a desplazar por el teclado para construir aquella historia que reservábamos para una ocasión especial.

El comentario fue publicado en el artículo titulado «Salvar el Debonair, un pueblo en misión humanitaria». Lo enviaba alguien llamado Kay. Poco más de doscientas palabras que nos dejaron aturdidos para toda la jornada, tratando de cumplir con nuestras pequeñas rutinas mientras una parte de nosotros se esforzaba en ponerse en los zapatos de nuestra inesperada mensajera (put on someone’s shoes, expresión anglosajona para denotar empatía) en un intento vano, fútil, de sentir lo que ella sintió al leer nuestro relato: el de la verídica aventura de una pareja de padres primerizos que, una tormentosa noche otoñal de 1960, encalló con su yate en la playa de A Ladeira mientras se dirigía a las Bahamas y la colosal operación de rescate de la embarcación (Debonair era su nombre) impulsada por los habitantes de Corrubedo, proeza que se convirtió en un acontecimiento mediático en todo el país y mereció la concesión a título colectivo de la medalla de la Sociedad Española de Salvamento de Náufragos, condecoración que sigue con nosotros, preciosa, lozana, prendida en el manto de la Virgen del Carmen a solo unos metros del monolito que con objeto de conmemorar el medio siglo de aquella gesta se erigió en 2010 en el exterior de la iglesia parroquial.

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Dos focas y un destino

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Una de ellas, en fotografía publicada en Diario de Arousa por Chechu López

Y ese destino es la UCI, la Unidad de Cuidados Intensivos que la Coordinadora para o Estudo de Mamíferos Mariños (Cemma) tiene en Nigrán, un santuario donde a veces los milagros ocurren.

Fueron dos crías de foca gris, cada una de las cuales adoptó el nombre del lugar donde fue localizada. A una la llamaron Barizo, pues apareció en este puerto malpicán. A la otra, la que nos atañe, la bautizaron Balieiros.

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Corrubedo, once siglos

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Concordia de Antealtares, primera referencia escrita al hallazgo del sepulcro del Apóstol

El principio de esta historia es harto conocido. Hacia el año 813, un tal Pelayo, eremita él, vio que una estrella refulgía de un modo extraño encima del bosque Libredón y corrió a contárselo al obispo Teodomiro en su diócesis de Iria Flavia. Ambos regresaron al sitio en cuestión y descubrieron uno de los mayores tesoros de la cristiandad: en una antigua necrópolis romana yacía el sepulcro de Santiago el Mayor junto a las tumbas de dos discípulos, Teodoro y Anastasio, aquellos que —decía la leyenda— habían traído a este confín el cadáver del Apóstol a bordo de una balsa de piedra tras ser decapitado en Judea por soldados de Herodes Agripa. Informado del milagroso hallazgo, el rey astur Alfonso II ordenó construir sobre aquel lugar una modesta capilla. Fue el corazón del Locus Santi Iacobi, la meta de todas las rutas jacobeas, el punto en que centurias más tarde se habría de levantar una catedral.

No es tan conocido que aquel mismo Alfonso II, apodado El Casto —tenía esposa pero nunca cohabitó con mujer—, hizo venir a doce monjes benedictinos con la misión de custodiar las sagradas reliquias. Para ellos se edificó un cenobio, una endeble instalación de piedra, madera y barro situada unos metros a oriente de donde reposaban los huesos santos, cerca de tres altares consagrados al Salvador y a San Pedro y San Juan que explican el nombre con que fue bautizada: Antealtares. El convento tuvo a Ildefredo de primer abad y, además de cuidar el sepulcro, debió asumir la responsabilidad de rendir culto al Apóstol celebrando misas en su honor, cantando oficios y atendiendo a los peregrinos que, aún escasos a mitad del siglo IX, acudían de tierras hispanas no sometidas por el Al-Andalus.

Y lo que, hasta hace bien poco, solo era conocido por un puñado de eruditos e investigadores de la Alta Edad Media, es lo que relataremos a continuación. El hecho que va a provocar que, desde esta misma medianoche, cuando los relojes de Praza do Obradoiro y de la madrileña Puerta del Sol den las doce campanadas, Corrubedo vaya a estar todo el año en traje de fiesta.

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Relato de un náufrago (versión original)

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Aquí empezó todo

En la fachada del Waterford Marina Hotel, en Canada Street, hay una placa azul. Se trata de uno de esos letreros tan característicos del Reino Unido con los que buscan poner en valor su patrimonio histórico. Lo mismo identifican la casa en que vivió Freddy Mercury que el sitio de Londres sobre el que cayó el primer misil V1 en la Segunda Guerra Mundial que el inmueble de Baker Street donde Sherlock Holmes tenía su residencia/despacho (planta primera del 221B).

Nosotros nos encontramos en la verde Irlanda y el rótulo recuerda que allí se erigió una vez un astillero llamado Neptune. «Cuarenta barcos de vapor de hierro fueron construidos —explica el texto—. Cinco de ellos grandes cruceros oceánicos para los Malcomson».

Uno de esos cuarenta barcos de vapor fue la (para la prensa de nuestro país) desconocida nave naufragada en Corrubedo en 1881 a la que hicimos mención hace mes y medio cuando escribimos la versión española del relato de un náufrago. Un náufrago al que, por cierto, le vamos a poner nombre: John Fitzpatrick. Ya iba siendo hora de contar lo que él dijo.

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Anatomía de un sexto premio

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Lotería decimonónica en el semanario La Ilustración Española y Americana

Estábamos con un ojo puesto en el televisor, medio mirando el anuncio del tipo atrapado como Bill Murray en un sempiterno 22 de diciembre, acordándonos del calvo de la Lotería y de un tiempo pasado que fue mejor o, al menos, con más pelo y menos canas, cuando nos hicimos la pregunta del millón: «¿Tocó el Gordo alguna vez en Corrubedo?»

Nos pusimos a rebuscar entre los periódicos viejos. Repasamos los meandros de mil historias de vidas sonreídas por la fortuna, de rostros desencajados por la alegría entre géiseres de champán. Nos obcecamos en la caza de algún vecino nuestro que hubiese sido agraciado con el más esplendente de los regalos navideños anunciado por los huérfanos de San Ildefonso. Y no. No lo hubo. O si lo hubo, se supo esconder muy bien de la rapacidad periodística.

Pero a fuerza de investigar descubrimos algo. Una pieza menor. Un hoy extinto sexto premio puesto negro sobre blanco en un par de paginas de La Voz de Galicia y El Correo Gallego.

Ocurrió muchísimos años atrás.

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