Frise: la tragedia que no fue (pero sí)

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El barco que sí fue

Los incondicionales de El Diario de Santiago lo leyeron el sábado 12 de enero de 1878. Había 450 personas a bordo. Nadie sobrevivió.

Un naufragio que no figura en los rankings. De ser cierta, sería la mayor tragedia registrada en los bajos de Corrubedo, mucho más funesta que la del malhadado Salier (282 víctimas). Y sería la segunda de toda la Costa da Morte, solo rebasada por el arrogante Captain (de 453 a 482 muertos).

¿Ocurrió realmente? ¿Existió un vapor llamado Frise atiborrado de tesoros cuyo destino se truncó el día en que tropezó con los escollos del cabo?

No.

Pero algo hubo.

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Navíos sin suerte

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El Glückauf, atracción turística en Long Island

Glückauf quiere decir «buena suerte».

Se trata de un saludo tradicional entre los mineros alemanes, surgido de las profundidades de los montes Metálicos en Sajonia a finales del siglo XVI. Cada vez que una de aquellas criaturas del abismo concluía su turno (extenuantes y claustrofóbicas jornadas de diez horas enterrados en vida) debía afrontar una escalada de otras dos horas para salir del pozo y respirar aire no viciado. «Glückauf!», se saludaban allá abajo antes de emprender el peligroso ascenso. «¡Buena suerte!». Con mucha frecuencia no alcanzaban la superficie… Con demasiada.

Un barco llamado así, Glückauf, estuvo a punto de hacer el trayecto en sentido inverso. Sucedió en la madrugada del 24 de abril de 1893 mientras se dirigía a Nueva York desde la germana Swinemünde. La nave —que no era un bajel cualquiera: hablamos del primer petrolero moderno, el pionero en suplantar los barriles por tanques para transportar el viscoso elemento negro— embarrancó en medio de una tormenta de nieve en la playa de Blue Point en Fire Island (Long Island). La tripulación fue rescatada, pero el buque quedó sentenciado tras hundirse de popa en la arena. Durante lustros fue una atracción turística. Los visitantes se subían y paseaban sobre aquella estructura de 300 pies hasta que el pillaje y el golpeteo incesante de las olas contra el casco la dejaron para el arrastre. Hoy se sigue deshaciendo a unos siete metros bajo el nivel del mar.

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Ocho apellidos

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Resumen de los apellidos registrados en los distintos censos a lo largo de la historia

Ageitos. Sayar. Lojo. Olveira. Lijó. Gude. Romero. Ayaso. Los ocho apellidos diseccionados en un estudio que resumimos hoy aquí.

Su autor se llama Edmundo Fraga López. De Ferrol pero bisnieto de un corrubedano: José María Romero Sayar, nacido el 30 de enero de 1892 en una familia de pescadores con casa en el puerto, que alcanzó el grado de contramaestre como militar en la Armada y que murió de bronconeumonía en 1946 cuando desempeñaba el cargo de práctico en la Escuela Naval de Marín.

Los derroteros profesionales de Edmundo son bien distintos. Tras formarse como ingeniero industrial, trabajó siete años en el Laboratorio Europeo de Radiación Sincrotrón en Grenoble (Francia) y ahora lo hace en el Sincrotrón ALBA en Barcelona, el mas importante acelerador de partículas que hay en España.

En 2003 se propuso investigar la historia familiar y para ello se adentró en la lobreguez de los archivos históricos en busca de sus raíces y de las frondosas ramas de un árbol que, en lo que concierne a Corrubedo, abarca con su sombra todo el pueblo.

Física subatómica y genealogía. Blanco y negro. Ying y Yang. Y sin embargo, las mismas dosis de pasión, precisión y paciencia. Mucha paciencia.

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El cuaderno de bitácora del Homeward Bound

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Los tres chiflados

Hace hoy un año, el 10 de febrero de 2018, comenzábamos a narrar una de las historias que más nos impactaron desde que iniciamos la andadura de este blog allá por julio de 2016. El episodio estaba completamente olvidado, si es que alguna vez nuestros antepasados supieron siquiera de las auténticas circunstancias que, un ventoso jueves de 1887, condujeron a tres marineros a la costa de Corrubedo a bordo de un enclenque bote de seis metros de eslora.

En el primero de los tres posts que dedicamos a relatar aquella aventura nos centramos en lo que sostuvo la prensa gallega de la época (la poca que informó), que los supuso náufragos de algún barco inglés que se habría hundido aquí cerca… Y no. La realidad era infinitamente más demencial.

Ingvald Nilsen, Bernhard Nilsen y Zephanias Olsen. Tales eran los nombres de nuestros misteriosos visitantes según averiguamos en una investigación afortunada. Noruegos, no británicos. Tres escandinavos que habían estado probando suerte en Sudáfrica pero que, desilusionados, sin dinero y sedientos de latitudes nórdicas, construyeron una modesta embarcación a la que llamaron gráficamente Homeward Bound, esto es, Regreso a Casa. La fabricaron cuatrocientos kilómetros tierra adentro y la transportaron a uña de buey hasta el puerto de Durban, a orillas del Índico, desde donde zarparon con la intención de llegar a Londres en un viaje descabellado de ocho mil setecientas millas. Como de aquí a La Habana… dos veces.

Poco les faltó para palmarla al intentar doblar el cabo de Buena Esperanza [esto lo relatamos en nuestro segundo post]. Pero lo consiguieron, y llegaron a Ciudad del Cabo cuando allí ya les daban por muertos. Inauguramos el tercer capítulo con el bote ascendiendo por el océano Atlántico entre olas descomunales que barrían la comida del plato y tiburones poco amistosos que querían convertirlos en cena. Tocaron Santa Helena. Tocaron isla de la Ascensión. Tocaron San Miguel en Las Azores. Y tocaron Corrubedo, donde un grupo de vecinos ofrecieron si nos atenemos a la versión autóctona una ayuda que los tripulantes declinaron. De aquí navegaron a Dover y allí un periodista escribió con elocuencia: «El Homeward Bound parece cualquier cosa menos una embarcación capaz de realizar semejante viaje —de hecho, a juzgar por su apariencia, muy pocas personas salvo las de carácter más aventurero confiarían en sí mismas en una embarcación de su tamaño con una brisa ordinaria». Y para terminar, Londres, final del trayecto, donde el barco fue exhibido como una atracción de feria en el rutilante Crystal Palace mientras el capitán Ingvald Nilsen declamaba ante la audiencia los emocionantes pormenores de aquella suicida odisea en la que tres vikingos modernos desafiaron a los dioses y los dioses hincaron la rodilla y los proclamaron dignos herederos del legendario Erik el Rojo, el intrépido explorador de Groenlandia casi un milenio antes.

Y bueno. Antes de dar por rematada esta maravilla de historia, escribimos que el capitán había publicado en la editorial Champan & Hall —sello habitual de Charles Dickens— el cuaderno de bitácora de la travesía con el título de Leaves from the log of the ‘Homeward Bound’ or Eleven months at sea in an open boat, y que por alguna azarosa razón que se nos escapa había sido reeditado en 2011 por la Biblioteca Británica. En el momento de despedirnos, el libro ocupaba el puesto 4.690.242 entre los más vendidos de Amazon.

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Yamburg, una década

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El Yamburg, encallado en As Cobas

Klaus. Una fuerza de la naturaleza que, hace diez años, irrumpió en el mapa de isobaras amenazando con convertirse en otro huracán Hortensia, la madre de todos los ciclones de los ochenta.

Las agencias meteorológicas, los servicios de emergencias, los medios de comunicación… No había organización con autoridad que no alertase de que nos preparásemos para lo peor, de que todas las precauciones iban a ser pocas ante lo que se nos venía encima.

Y cumplió. Joder si cumplió. La explosiva ciclogénesis batió todos los récords de viento documentados hasta la fecha en Galicia, con rachas que rozaron los doscientos kilómetros/hora. Murieron cinco personas en nuestra comunidad a causa de la caída de un árbol, el hundimiento de un barco, un cortocircuito y una doble inhalación de monóxido de carbono. Ahí afuera las cosas no fueron mucho mejor. Francia declaró el estado de catástrofe y convocó al ejército. Portugal tuvo que rescatar a casi seiscientos conductores tirados en carreteras intransitables. Y lo más trágico: cinco niños fallecieron en Saint Boi de Llobregat, extrarradio de Barcelona, al desplomarse el techo de un polideportivo. Más de treinta personas perdieron la vida en el continente europeo por culpa de aquel hercúleo vendaval de teutona sonoridad. Klaus.

Sin embargo, en Corrubedo su paso no fue nada apocalíptico. Sus soplidos apenas alcanzaron los tres dígitos, deteniéndose la punta de velocidad en 103 kilómetros. Lo hizo exactamente a las 21.50 horas del viernes 23 de enero según los registros de nuestra estación meteorológica. A aquellas alturas, nuestra atención llevaba ya unos días concentrada en otro obsequio que, a principios de esa misma semana, nos había regalado el incipiente mal tiempo. Uno sólido. Tangible. De metálica sonoridad.

La gabarra [o pontón, más bien, a la luz de un valioso comentario que nos han hecho en el post] Yamburg.

Se iba a quedar con nosotros una buena temporada.

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Después del Debonair

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María, el niño, ella, Alejandro, Agustín

Desde el preciso instante en que, el miércoles 9 de enero a las 04.24, hora local, recibimos aquel comentario todos nuestros planes se fueron al traste. En aquel momento aún no lo sabíamos, claro, no somos tan noctámbulos —o no siempre— ni tan madrugadores —nunca—, pero cuando nos despertamos y vimos en el móvil la notificación y leímos aquellas líneas en inglés, comprendimos que el post que desde hacía más de dos años teníamos planeado nunca se haría realidad, que los dedos no se iban a desplazar por el teclado para construir aquella historia que reservábamos para una ocasión especial.

El comentario fue publicado en el artículo titulado «Salvar el Debonair, un pueblo en misión humanitaria». Lo enviaba alguien llamado Kay. Poco más de doscientas palabras que nos dejaron aturdidos para toda la jornada, tratando de cumplir con nuestras pequeñas rutinas mientras una parte de nosotros se esforzaba en ponerse en los zapatos de nuestra inesperada mensajera (put on someone’s shoes, expresión anglosajona para denotar empatía) en un intento vano, fútil, de sentir lo que ella sintió al leer nuestro relato: el de la verídica aventura de una pareja de padres primerizos que, una tormentosa noche otoñal de 1960, encalló con su yate en la playa de A Ladeira mientras se dirigía a las Bahamas y la colosal operación de rescate de la embarcación (Debonair era su nombre) impulsada por los habitantes de Corrubedo, proeza que se convirtió en un acontecimiento mediático en todo el país y mereció la concesión a título colectivo de la medalla de la Sociedad Española de Salvamento de Náufragos, condecoración que sigue con nosotros, preciosa, lozana, prendida en el manto de la Virgen del Carmen a solo unos metros del monolito que con objeto de conmemorar el medio siglo de aquella gesta se erigió en 2010 en el exterior de la iglesia parroquial.

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Relato de un náufrago (versión original)

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Aquí empezó todo

En la fachada del Waterford Marina Hotel, en Canada Street, hay una placa azul. Se trata de uno de esos letreros tan característicos del Reino Unido con los que buscan poner en valor su patrimonio histórico. Lo mismo identifican la casa en que vivió Freddy Mercury que el sitio de Londres sobre el que cayó el primer misil V1 en la Segunda Guerra Mundial que el inmueble de Baker Street donde Sherlock Holmes tenía su residencia/despacho (planta primera del 221B).

Nosotros nos encontramos en la verde Irlanda y el rótulo recuerda que allí se erigió una vez un astillero llamado Neptune. «Cuarenta barcos de vapor de hierro fueron construidos —explica el texto—. Cinco de ellos grandes cruceros oceánicos para los Malcomson».

Uno de esos cuarenta barcos de vapor fue la (para la prensa de nuestro país) desconocida nave naufragada en Corrubedo en 1881 a la que hicimos mención hace mes y medio cuando escribimos la versión española del relato de un náufrago. Un náufrago al que, por cierto, le vamos a poner nombre: John Fitzpatrick. Ya iba siendo hora de contar lo que él dijo.

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