Soles, olas, lunas, flores

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Una puesta de sol invernal en el mar de Balieiros

Ignorantes como somos de los secretos de la botánica, no logramos identificarla. Hemos recurrido a la omnímoda rapacidad de Internet, por supuesto, y nos hemos zambullido en páginas especializadas a la busca de las señas de la especie que nos intriga. Pero nuestros ojos son ciegos a los matices (aquel libro enorme sobre plantas de Pío Font Quer que compramos hace años sigue acumulando polvo en algún mueble). Así que, mermados por nuestras escasas dotes de percepción, solo hemos sido quien de barajar dos opciones. Una, azafrán silvestre (Crocus nudiflorus). La otra, esa que llaman quitameriendas (Merendera montana)… A pesar del parecido las dos son imposibles: ambas florecen en otoño.

Estación equivocada.

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Frise: la tragedia que no fue (pero sí)

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El barco que sí fue

Los incondicionales de El Diario de Santiago lo leyeron el sábado 12 de enero de 1878. Había 450 personas a bordo. Nadie sobrevivió.

Un naufragio que no figura en los rankings. De ser cierta, sería la mayor tragedia registrada en los bajos de Corrubedo, mucho más funesta que la del malhadado Salier (282 víctimas). Y sería la segunda de toda la Costa da Morte, solo rebasada por el arrogante Captain (de 453 a 482 muertos).

¿Ocurrió realmente? ¿Existió un vapor llamado Frise atiborrado de tesoros cuyo destino se truncó el día en que tropezó con los escollos del cabo?

No.

Pero algo hubo.

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Navíos sin suerte

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El Glückauf, atracción turística en Long Island

Glückauf quiere decir «buena suerte».

Se trata de un saludo tradicional entre los mineros alemanes, surgido de las profundidades de los montes Metálicos en Sajonia a finales del siglo XVI. Cada vez que una de aquellas criaturas del abismo concluía su turno (extenuantes y claustrofóbicas jornadas de diez horas enterrados en vida) debía afrontar una escalada de otras dos horas para salir del pozo y respirar aire no viciado. «Glückauf!», se saludaban allá abajo antes de emprender el peligroso ascenso. «¡Buena suerte!». Con mucha frecuencia no alcanzaban la superficie… Con demasiada.

Un barco llamado así, Glückauf, estuvo a punto de hacer el trayecto en sentido inverso. Sucedió en la madrugada del 24 de abril de 1893 mientras se dirigía a Nueva York desde la germana Swinemünde. La nave —que no era un bajel cualquiera: hablamos del primer petrolero moderno, el pionero en suplantar los barriles por tanques para transportar el viscoso elemento negro— embarrancó en medio de una tormenta de nieve en la playa de Blue Point en Fire Island (Long Island). La tripulación fue rescatada, pero el buque quedó sentenciado tras hundirse de popa en la arena. Durante lustros fue una atracción turística. Los visitantes se subían y paseaban sobre aquella estructura de 300 pies hasta que el pillaje y el golpeteo incesante de las olas contra el casco la dejaron para el arrastre. Hoy se sigue deshaciendo a unos siete metros bajo el nivel del mar.

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Susto en el Gransolero Sexto

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El barco

Desterradas de la piel las emociones que nos embargaron el fin de semana con la visita de Hanna (volverá, seguro), hoy vamos con un pequeño suceso que no reviste mayor interés que el de dejar constancia de cuantos accidentes e incidentes marítimos [pasados y presentes] ocurren en el cabo.

El protagonista, el Gransolero Sexto, un pesquero con base en O Grove. El lunes Salvamento Marítimo lo contó por twitter.

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Crónica de un reencuentro

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Las familias Davis y Reino se funden en un abrazo 58 años después

Cincuenta y siete años, once meses y diez días después de que la estela del Debonair se disipase en el océano y de que sus tres ocupantes desapareciesen en el horizonte, alejándose de nuestras vidas o de las vidas de quienes entonces moraban en el cabo, una integrante de la familia Davis ha vuelto a Corrubedo para cerrar el círculo.

Hoy, domingo 24 de febrero de 2019, Hanna Slater [sobrina de Thomas, nieta de William y Heather] ha estado aquí.

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Ocho apellidos

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Resumen de los apellidos registrados en los distintos censos a lo largo de la historia

Ageitos. Sayar. Lojo. Olveira. Lijó. Gude. Romero. Ayaso. Los ocho apellidos diseccionados en un estudio que resumimos hoy aquí.

Su autor se llama Edmundo Fraga López. De Ferrol pero bisnieto de un corrubedano: José María Romero Sayar, nacido el 30 de enero de 1892 en una familia de pescadores con casa en el puerto, que alcanzó el grado de contramaestre como militar en la Armada y que murió de bronconeumonía en 1946 cuando desempeñaba el cargo de práctico en la Escuela Naval de Marín.

Los derroteros profesionales de Edmundo son bien distintos. Tras formarse como ingeniero industrial, trabajó siete años en el Laboratorio Europeo de Radiación Sincrotrón en Grenoble (Francia) y ahora lo hace en el Sincrotrón ALBA en Barcelona, el mas importante acelerador de partículas que hay en España.

En 2003 se propuso investigar la historia familiar y para ello se adentró en la lobreguez de los archivos históricos en busca de sus raíces y de las frondosas ramas de un árbol que, en lo que concierne a Corrubedo, abarca con su sombra todo el pueblo.

Física subatómica y genealogía. Blanco y negro. Ying y Yang. Y sin embargo, las mismas dosis de pasión, precisión y paciencia. Mucha paciencia.

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El cuaderno de bitácora del Homeward Bound

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Los tres chiflados

Hace hoy un año, el 10 de febrero de 2018, comenzábamos a narrar una de las historias que más nos impactaron desde que iniciamos la andadura de este blog allá por julio de 2016. El episodio estaba completamente olvidado, si es que alguna vez nuestros antepasados supieron siquiera de las auténticas circunstancias que, un ventoso jueves de 1887, condujeron a tres marineros a la costa de Corrubedo a bordo de un enclenque bote de seis metros de eslora.

En el primero de los tres posts que dedicamos a relatar aquella aventura nos centramos en lo que sostuvo la prensa gallega de la época (la poca que informó), que los supuso náufragos de algún barco inglés que se habría hundido aquí cerca… Y no. La realidad era infinitamente más demencial.

Ingvald Nilsen, Bernhard Nilsen y Zephanias Olsen. Tales eran los nombres de nuestros misteriosos visitantes según averiguamos en una investigación afortunada. Noruegos, no británicos. Tres escandinavos que habían estado probando suerte en Sudáfrica pero que, desilusionados, sin dinero y sedientos de latitudes nórdicas, construyeron una modesta embarcación a la que llamaron gráficamente Homeward Bound, esto es, Regreso a Casa. La fabricaron cuatrocientos kilómetros tierra adentro y la transportaron a uña de buey hasta el puerto de Durban, a orillas del Índico, desde donde zarparon con la intención de llegar a Londres en un viaje descabellado de ocho mil setecientas millas. Como de aquí a La Habana… dos veces.

Poco les faltó para palmarla al intentar doblar el cabo de Buena Esperanza [esto lo relatamos en nuestro segundo post]. Pero lo consiguieron, y llegaron a Ciudad del Cabo cuando allí ya les daban por muertos. Inauguramos el tercer capítulo con el bote ascendiendo por el océano Atlántico entre olas descomunales que barrían la comida del plato y tiburones poco amistosos que querían convertirlos en cena. Tocaron Santa Helena. Tocaron isla de la Ascensión. Tocaron San Miguel en Las Azores. Y tocaron Corrubedo, donde un grupo de vecinos ofrecieron si nos atenemos a la versión autóctona una ayuda que los tripulantes declinaron. De aquí navegaron a Dover y allí un periodista escribió con elocuencia: «El Homeward Bound parece cualquier cosa menos una embarcación capaz de realizar semejante viaje —de hecho, a juzgar por su apariencia, muy pocas personas salvo las de carácter más aventurero confiarían en sí mismas en una embarcación de su tamaño con una brisa ordinaria». Y para terminar, Londres, final del trayecto, donde el barco fue exhibido como una atracción de feria en el rutilante Crystal Palace mientras el capitán Ingvald Nilsen declamaba ante la audiencia los emocionantes pormenores de aquella suicida odisea en la que tres vikingos modernos desafiaron a los dioses y los dioses hincaron la rodilla y los proclamaron dignos herederos del legendario Erik el Rojo, el intrépido explorador de Groenlandia casi un milenio antes.

Y bueno. Antes de dar por rematada esta maravilla de historia, escribimos que el capitán había publicado en la editorial Champan & Hall —sello habitual de Charles Dickens— el cuaderno de bitácora de la travesía con el título de Leaves from the log of the ‘Homeward Bound’ or Eleven months at sea in an open boat, y que por alguna azarosa razón que se nos escapa había sido reeditado en 2011 por la Biblioteca Británica. En el momento de despedirnos, el libro ocupaba el puesto 4.690.242 entre los más vendidos de Amazon.

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