Thalia: a este lado del telón de acero

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Hamburgo

El 7 de octubre de 1949, los dados dejaron de rodar. La fundación de la República Democrática Alemana suponía la constatación de que la vieja Germania quedaba partida en dos. A un lado, el suelo sometido por el Ejército Rojo de Iósif Stalin. Al otro, el territorio controlado por una alianza formada por Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos. Separando ambas mitades, la «iron curtain» que popularizara Winston Churchill. La cortina de hierro. El telón de acero que iba a marcar la existencia de unos y de otros a lo largo de las siguientes cuatro décadas.

No todo el mundo estaba dispuesto a resignarse a vivir en el lado de la frontera que le tocó en suerte. Se calcula que un millón de habitantes cruzó de este a oeste entre la conclusión de la Segunda Guerra Mundial y aquel 1949, y los millones que traspasarían la línea prohibida desde entonces serían muchos más, provocando la construcción en 1961 de un ultrasimbólico muro que cercenó durante 28 años la ciudad de Berlín. También hubo quienes, angustiados por la amenaza de expansión comunista, optaron por poner distancia de por medio huyendo con lo puesto a otros países de Occidente, prestos a volver a empezar.

Aquí vamos a escribir sobre dos de ellos: un hombre y una mujer que decidieron subirse a una pequeña embarcación en el puerto de Hamburgo, entonces bajo tutela inglesa, y navegar… alejarse por el agua como si les fuese la vida en ello.

Poco les faltó para que, exactamente en la fecha de la constitución oficial de la RDA, su temeraria huida quedase truncada en Corrubedo.

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De puerto a puerto: Marín

En la noche del 7 de octubre de 1949, un yate de acero de seis metros de eslora entró de arribada forzosa en el puerto de Marín. Lo gobernaba un pescador de Santa Eugenia de Riveira, quien se había encontrado con el barco en situación peligrosa próximo a los bajos de Corrubedo. Según informó al día siguiente el vespertino compostelano La Noche, se le había averiado el motor.

Con lo que, al igual que los ingleses Minotaur y Highland Loch y que el francés Virginie, estamos ante otra embarcación —en este caso, de bandera alemana— que pudo escapar sana y salva de un riesgo cierto entre los traicioneros escollos de nuestro cabo. Su nombre era Thalia, musa del teatro y de la poesía bucólica y pastoril. Nos hallamos, pues, ante el segundo barco con nombre de musa griega que traemos aquí. El otro, el Calliope, encarnación de la poesía épica y de la elocuencia, no tuvo tanta suerte.

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La Noche, 8 de octubre de 1949

El Thalia lo tripulaba un matrimonio formado por [y aquí transcribimos los nombres tal y como fueron redactados en la noticia] Paul Bruno y Paul Margit, de 40 y 36 años. Procedía de Hamburgo, de donde la pareja había zarpado hacía unos quince días para huir, según adujeron, «de la opresión a que están sometidos en aquella zona por los rusos» [apunte: Hamburgo distaba 50 kilómetros de Alemania del Este].

Los expedicionarios, que mostraron su satisfacción por las atenciones recibidas de manos de las autoridades de Marina, planeaban reanudar viaje hasta las islas Canarias previa escala en Lisboa. Tras divulgar estos datos, la prensa gallega no volvió a ocuparse de esta aventura nunca más.

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El Pueblo Gallego, 12 de octubre de 1949

Pero ¿qué fue de ellos? ¿lograron llegar al sol de las Canarias?

Nos propusimos saciar nuestra curiosidad buscando la respuesta en los periódicos de la época. No vamos a recrearnos en detallar las interminables horas pasadas dando palos de ciego saltando de hemeroteca en hemeroteca. Lo importante es que al final les encontramos la pista a estos dos viajeros (que eran tres en realidad, uno de cuatro patas) y así descubrimos lo que les sucedió después. La historia merece la pena continuarla.

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Puerto de Las Palmas

El 6 de marzo de 1951, el periódico Falange, radicado en Gran Canaria y de línea editorial que no es necesario explicar a tenor de su joseantoniana cabecera, anunció la presencia del yate alemán Thalia en el puerto de Las Palmas. Estaba fondeado frente a las instalaciones del Real Club Náutico. Echando cuentas, había pasado casi año y medio desde que la nave vivió una situación de peligro en los bajos de Corrubedo y fue rescatada por un ribeirense anónimo.

¿Qué hicieron sus ocupantes durante este tiempo? El texto no ofrece demasiada información: «no han hecho más que dos escalas: Vigo y Lisboa» (y lo cierto es que creemos que confundieron Marín y la ciudad olívica).

Según esta nueva noticia, el yate medía 9,75 metros de eslora y sus tripulantes eran Bruno Paul y Margit, artistas de profesión. Llevaban como mascota una perrilla negra azabache de raza scotch-terrier que respondía por Cognac: «Es el “piloto” de guardia constante durante la travesía, pasándose toda la noche en la proa de la embarcación en constante vigilancia para delatar la presencia de otras embarcaciones que se acerquen al “Thalia”.»

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Falange, 6 de marzo de 1951, página dos
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Falange, 6 de marzo de 1951, página cuatro

Bruno Paul y su esposa aprovecharon para realizar algunas excursiones por el interior de la isla canaria, de la que se declararon enamorados. También manifestaron su intención de soltar amarras tan pronto el tiempo se volviese favorable con objeto de llegar a Tenerife.

Y revelaron una cosa más. Una última escala que no habían comentado ni La Noche ni El Pueblo Gallego. A bordo del Thalia, pretendían cruzar el Atlántico y alcanzar Miami, al sur de la Florida.

No podían imaginarse el calvario que les venía encima…

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«Largo viaje termina en detención»
[CONTINÚA EN LA SEGUNDA PARTE]

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