Miguel Ángel Vidal: «Arqueoloxía de Corrubedo»

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El ponente en los prolegómenos (y en la pantalla, una imagen increíble del faro)

Bajo la premisa de que la identidad de un pueblo no se entiende sin sus orígenes históricos, Miguel Ángel Vidal Lojo nos deleitó el viernes pasado en la casa del mar con una conferencia dedicada a la arqueología de Corrubedo. Y nadie mejor que él para instruirnos ya que, además de dinamizador cultural de la Sala Museo Municipal de Ribeira, Miguel es un digno émulo de Indiana Jones Howard Carter que dirigió las dos excavaciones habidas hasta la fecha en el vecino Castro da Cidá —allá en el otro extremo de nuestra ensenada— revelando importantes hallazgos sobre la Barbanza ancestral.

El orador fue presentado por Francisco Sánchez Fraga, quien, además de desmigar su currículo, recomendó una exposición recién organizada por el ponente en el museo ribeirense: O labor en silencio, que incluye preciosas fotos antiguas de mujeres de nuestra parroquia. Fran tiene razón. Vayan a verla.

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El cartel

Ahora, al grano.

En el principio de su disertación, Miguel nos invitó a remontarnos seis milenios —o, lo que es lo mismo, 250 generaciones— hasta situarnos en el año 4.000 antes de Cristo. A tal época pertenecen los primeros rastros arquitectónicos que nos dejaron nuestros antepasados: sus cementerios.

Es decir, sus dólmenes, pero no solo, puesto que estas construcciones estaban recubiertas de unos túmulos que se llaman mámoas: elevaciones de tierra de forma convexa [mámoa procede probablemente de mama, apuntó el arqueólogo] bajo la que se practicaban los enterramientos colectivos.

Cerca de aquí hay un ejemplo sobresaliente: el dolmen de Axeitos.

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Una joya a escasos diez minutos de nuestro pueblo

Arquitectura monumental, en piedra, hecha para perdurar en el tiempo y para ser vista. El megalitismo no es un fenómeno exclusivo del noroeste de la península Ibérica, sino que se extendió por buena parte de la fachada atlántica europea y también por el norte de África y las islas británicas.

En Corrubedo hay constancia de dos mámoas, ambas situadas en la falda del monte Facho:

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Dos túmulos: Axeitos y monte Facho

En la imagen inferior observamos una de ellas. Nótese que el perfil del terreno es cóncavo, no convexo. ¿La razón? Ahí en su día hubo un dolmen, pero su desaparición ha provocado esa depresión central.

Miguel aclara: «O que ocurre é que co paso do tempo ás veces as poboacións perden a percepción dese simbolismo que significa ter aí un enterramento e as pedras, como son visibles, son arrincadas e reutilizadas para outros menesteres». Al extraer el dolmen, la tierra vence y se hunde, como ocurrió aquí.

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Dos monumentos, uno con barba

Ante la proyección de la conocida instantánea en la que Valle-Inclán [tomada por el vasco Hermógenes Garita, uno de los pioneros de la fotografía en nuestra comarca al abrir estudio en Puebla] posa encaramado en lo alto del dolmen, Vidal Lojo informó de que hubo un tiempo en que el de Axeitos era un dolmen maltratado: «Su dueño lo utiliza para secar maíz, habas y otros frutos sobre la piedra que sirve de techo convirtiendo el interior en estercolero», escribió una vez, no don Ramón, sino su padre.

¿Y qué hay en el interior de las mámoas? Miguel explicó que conservamos muy pocos fragmentos de hueso, ya que el suelo gallego es muy ácido y los restos orgánicos tienden a desaparecer. No sucede lo mismo con el ajuar funerario: vasos de cerámica con comida en su interior, machados pulidos o puntas de flecha de filo aserrado solían incluirse en el menaje con que se enterraban los muertos en la sierra barbanzana.

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Representando la vida cotidiana

Sabemos bastante bien cómo morían nuestros más remotos vecinos, pero no tanto cómo vivían.

Una de las razones estriba en que los poblados estaban construidos con materiales perecederos, como la madera, con lo que no han dejado huella. Miguel nos enseñó esta ilustración por dar una idea certera de su día a día, al lado de vasos cerámicos, cestos con fibras textiles o cuero cosido.

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Un menhir autóctono y otro galo

No solo dólmenes. También los menhires formaron parte de aquel paisaje pretérito galaico. Pero la mayoría fueron desapareciendo con el correr de los siglos.

Cerca del pueblo hay uno. Mide dos metros y metro y fue encontrado en Bretal [a lo largo de su exposición, Miguel reiterará que el Corrubedo histórico en el que se está centrando en la charla no coincide con el de sus actuales límites administrativos sino más o menos con la ensenada del parque natural] por pura casualidad mientras se efectuaban unas obras con maquinaria. Hoy decora el patio de una vivienda particular.

Y sentencia: no estamos sabiendo sacar partido a estos elementos como sí hicieron en la Galia.

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Un público entregado

Viajamos dos mil años hacia adelante y nos apeamos en la Edad de Bronce.

Por esas fechas, Galicia registró una inusitada explosión de grabados rupestres, una verdadera profusión de símbolos que no tiene casi parangón en ningún otro sitio. Una de las manifestaciones más significativas de nuestro entorno la representa el petroglifo de Pedra das Cabras, cerca de Palmeira:

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Pedra das Cabras

Pero en Corrubedo también tenemos un ejemplo relevante… El conocido como Outeiro de Santiaguiño, situado más allá de la playa de O Prado:

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Símbolos en el Outeiro de Santiaguiño

Aquí lo tenéis. Con un motivo cruciforme, otro serpentiforme, un círculo y un cuarto signo más anodino.

El arqueólogo confesó que los especialistas desconocen el significado de estos símbolos, no poseen las claves para interpretarlos. Por ejemplo, para algunos la cruz aludiría a un proceso de cristianización; para otros, sería una representación esquemática de la figura humana… no hay consenso.

Conclusión: «Non sabemos o que queren dicir… Pero queren dicir algo».

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Con el mapa de Corrubedo al fondo

Nuevo salto temporal. Alcanzamos el año 500 antes de Cristo y nos adentramos en los castros. Mientras en la era de los dólmenes habíamos retrocedido 250 generaciones, ahora solo tendríamos que echar 100 abuelos para atrás.

Miguel comparte una reflexión: lo que nosotros podemos pensar sobre los habitantes que poblaban las viviendas castreñas probablemente se parece mucho a lo que ellos pensarían de quienes enterraban a sus muertos en los dólmenes. Los mismos interrogantes, la misma fascinación al descubrir sus huellas.

En Galicia hubo más de 3.000 castros. Dentro del Corrubedo histórico se habla de dos: los situados en los montes Facho y Tahúme.

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Restos en la cumbre  del Facho

Aquí podemos observar los restos de un tramo de la muralla perimetral defensiva que rodeaba el castro en la cima del Facho. Está desmoronada, pero excavando —advierte— seguro que aparecen partes en buen estado de conservación.

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Ahí había una cabaña

Y aquí, indicios de una cabaña de forma alargada. Según investigaciones recientes, su techo probablemente fue elaborado con xestas.

Es muy posible, además, que los lugareños de monte Facho fuesen vecinos de los de Castro da Cidá. «Eu creo que si. O que non sei é se levaban ben», asevera.

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Aquí, una edificación cuadrada

En lo alto del Facho también se oculta el rastro de una construcción cuadrangular. Pertenece a una fecha muy alejada, el siglo XVIII, y corresponde a una caseta militar de vigilancia de las que se colocaban en la parte superior de los montes. Precisamente, el vocablo facho proviene de las hogueras que prendían los centinelas de aquellos puestos elevados para comunicarse entre sí.

También hubo uno en Castro da Cidá:

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En la cima del monte da Cidá con cabo Corrubedo en la distancia

El puesto se construyó sobre las cabañas circulares de los antiguos castros tal y como se percibe en la foto.

En cuanto al eventual yacimiento del monte Tahúme, Miguel expresa dudas: en su opinión, los restos que hay allí provienen de una ocupación medieval. Por lo demás, de haberlo habido, las características de todos estos enclaves serían muy similares: castros en altura, bien defendidos y con mucha visibilidad sobre el entorno.

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Antiguos castreños

Para romper estereotipos, Miguel proyectó este grafismo mostrando el aspecto que tendría una familia castreña: rostros sonrientes, que nada tienen que ver con esa imagen tópica de gente desvalida que no sabía hacer nada a la que algunos libros de texto nos tienen acostumbrados.

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Entramos en el tramo final de la conferencia

Con la llegada de los romanos, pasamos a formar parte de la Gallaecia y nuestros colonizadores nos integraron en la zona conocida como Praestamarci, topónimo latino que significa «los que viven por debajo del (río) Tambre»:

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Dominados por los romanos

Y para ilustrar cómo sería la vida de los habitantes de Corrubedo, Vidal Lojo mostró la recreación de una estela funeraria contemplada en Bretal en 1754 por el padre Martín Sarmiento:

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Una lápida encontrada en Bretal

La lápida pertenece a una mujer de 34 años. Las últimas palabras, «TRA SIT T F LEVIS», quieren decir: «Que el tránsito a la tierra te sea leve».

El conferenciante leyó una esclarecedora narración del padre Sarmiento:

«En la feligresía de Santa María de Olveira y en este amenito lugar de Bretal vive Ciprián Fernández, hijo de Andrés Fernández,. El dicho Ciprián, al cavar para poner viña en su herdad, tropezó con un monumento sepulcral de los romanos. Este se halló al pie de una gran peña, la cual volaba como sombrero hacia el nordeste. En este sitio halló Ciprián una piedra con inscripción romana y con ella una olla quebrada que había tenido cenizas. La piedra que vi, toqué, leí y copié en el sitio en el que hoy está, sigue.

(…)

Esta dicha piedra que el dicho Ciprián halló en su hacienda siendo soltero, la colocó en la puerta de la casa de su padre Andrés y hoy está haciendo de batidero a la derecha como se entra y con curiosidad, pues el dicho Ciprián, que sería de treinta años, es mozo curioso e ingenioso, hablé con él y me dijo que en su misma finca y en las vecindades se hallaban muchas ollas funerarias».

La heredad del avispado Ciprián se hallaba, claro está, encima de un antiguo cementerio.

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Un regalo institucional como el que la semana anterior recibió Antonio Piñeiro

Y hasta aquí.

Al terminar la conferencia, Francisco obsequió a Miguel con la réplica de una de las piedras que delimitaban el antiguo coto de Corrubedo (obra del artesano Manuel Olveira Franco) y con una copia del estudio genealógico elaborado Edmundo Fraga López acerca de ocho de nuestros apellidos más distintivos. Entre ellos, uno de los que gasta el arqueólogo: Lojo.

Mañana, viernes 5 de julio de 2019, tercera de las charlas del ciclo Corrubedo ao descuberto organizado por la Asociación Corrubedo XI Siglos. El archivero municipal de Ribeira, José Antonio Otero, pronunciará la ponencia «Corrubedo, anos 50».

Ojo, ha cambiado el horario: empezará a las nueve de la noche.

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Y hágannos caso: vayan a la exposición.

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