Escalera hacia el cielo

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En el muelle coruñés de Montoto

«He aquí una escena contada con sencillez que dice mucho más que un sesudo y afectado estudio». Eso fue lo que pensamos después de leer el artículo costumbrista que traemos hoy y que fue publicado en un diario coruñés allá en el 26 de mayo de 1911.

El periódico se llamaba El Eco de Galicia… Que no debemos confundir con otros dos rotativos de idéntico nombre, uno bonaerense y otro santiagués, al primero de los cuales aludimos en este blog en un par de ocasiones (por ejemplo cuando se hizo eco, nunca mejor dicho, de la insultante columna que nos dedicó el octavo marqués de Quintanar); en tanto que el segundo salió de refilón a raíz de que uno de nuestros vecinos fuese agraciado en 1893 con un sexto premio de la lotería de Navidad).

La de hoy era una cabecera de orientación católica fundada en 1904 por el sacerdote José Gómez Martínez (alias Zenitram) con la misión de amplificar en la ciudad herculina la voz del arzobispo compostelano José María Martín de Herrera. Tenía sus talleres y oficinas en la plaza de María Pita y se jactaba de ser «el periódico de mayor circulación de la provincia», cosa que no era cierta aunque no dejaba de tener su influjo con más de 2.500 ejemplares de tirada. Después de Zenitram (Martínez al revés), fueron sus directores Eugenio Zabala Herrera y Antonio Valcárcel López, hasta que un incendio en agosto de 1916 acabó con la publicación. Pero tranquilos… el arzobispo no era de los que se rendían fácilmente: menos de un año después, el 1 de abril de 1917, nacía de su anillo episcopal el diario que lo iba a sustituir… Se llamaba El Ideal Gallego.

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El señor arzobispo

Y ahora vamos con el autor del texto.

Para nosotros, un misterio. Firmaba como Aisbleu y por mucho que indagamos no hemos logrado localizar ni una sola pista de quién se podía esconder detrás del sobrenombre. Surgió el 9 de marzo de 1911 y desapareció el 29 de mayo de 1912 como un cometa en el cielo. Entremedias dejó 44 artículos encabezados por un elocuente «Lo que se ve por ahí».

Y lo que el enigmático Aisbleu observó un día de primavera fue una estampa típicamente marinera en el muelle coruñés de Montoto. Sus actores, pescadores corrubedanos atracados con sus «negras y panzudas» dornas.

En 664 palabras se nos evoca de forma deliciosa una escena en la que se entremezclan trabajos portuarios con quehaceres gastronómicos con trasquilados asuntos de otra jaez que nos pintan una sonrisa en la cara. Vamos con ellas…

Ah, por cierto. ¿El porqué del titular del post? Para descubrirlo vais a tener que llegar hasta el final del texto…

«Escenas de á bordo

Comienza á atardecer y el sol va poco á poco ocultando su rubicundo disco tras los montes lejanos, por cuyas faldas va apareciendo la tenue niebla precursora del crepúsculo verpertino.

Cerca de una de las rampas del muelle de Montoto balancéanse gallardamente media docena de negras y panzudas embarcaciones llamadas dornas, que todos los años por este tiempo vienen de Corrubedo á pasear en nuestras aguas.

Sobre la rampa, unos cuantos marineros van con cuidado recogiendo las oscuras redes, después de haber anudado las mallas rotas en la calada de la noche anterior.

Un joven grumetillo, con agilidad pasmosa, monda una regular cantidad de patatas, que va depositando en un grande recipiente de madera.

A los vaivenes de la dorna Carmen se balancea una preciosa merluza que, escamada y limpia con toda escrupulosidad, pende colgada de un estay esperando el momento en que irá á hacer compañía á las patatas, como sabroso aditamento á la bien condimentada caldeirada que momentos más tarde cenará en corro los tripulantes de la pescadora embarcación.

Algunos marineros dedícanse á ir enrollando los cabos y en poner todas las cosas en su verdadero sitio, para que todo esté con orden en el momento de hacerse á la mar.

Desde tierra gran número de curiosos, entre los que yo me encuentro, presencia con avidez todas estas escenas, siempre atrayentes y curiosas cuanto más se las contempla.

El grumete da por terminada su labor de mondar patatas; les da dos ó tres vueltas en el recipiente de madera donde las fué depositando; les cambia el agua, dos, tres veces; saca de la cintura una faca de punta roma; convierte en rodajas las patatas que del recipiente de madera, pasan á otro de hierro con baño de porcelana interiormente, ennegrecido al exterior por el efecto del fuego; la merluza deja de balancearse porque también convertida en rodajas pasa á ocupar su puesto en la vasija donde yacen las patatas; sobre una limpia tabla del empanetado, pica el grumete cuatro ó seis cebolletas, otros tantos dientes de ajo y unas hojas de perejil que también pasan al caldero; derrama después así como cuarto de litro de aceite sobre todos estos ingredientes que son luego espolvoreados con rojo pimentón, le agrega la cantidad de sal y agua suficientes y entonces ya es el gran recipiente de hierro el que se balancea á los vaivenes de la dorna, porque el grumete cocinero le colgó de un trebejo entre dos bancadas, dejando á la acción del fuego terminar su obra.

No creas lector que trato de hacerle competencia al simpático e inconmensurable Picadillo.

Pero más que todo esto que han visto mis ojos, la escena que ha llamado toda mi atención, en la que puse todo cuidado para no perder de ella ni el más mínimo detalle, fúe en un grupo de cuatro marineros que se hallaban en el castillo de proa de la Carmen, de Corrubedo.

Un balde de madera colocado á la inversa junto a la enfogonadura del palo de la embarcación, sentado en el balde, un marinero que por su edad y aspecto debía ser el patrón entregaba su encanecida y descubierta cabeza en manos de otro marinero jóven que armado de batidor y tijera desempeña las funciones de Fígaro rasurando su crecido cabello.

El barbero marino, no se daba gran maña para desempeñar su cometido y confieso que me hicieron de reir las ridículas posiciones que le hizo adoptar con la cabeza al pobre patrón.

Los otros dos marineros presenciaban la maniobra recostados indolentemente sobre el palo, tal vez esperando turno.

Me alejé de allí por un momento y cuando volví toda la tripulación se hallaba en torno de una palangana comiendo en rancho la humeante y sabrosa caldeirada, cuyo agradable tufillo llegaba á tierra.

El anciano rasurado comía como todos, con la cabeza descubierta y considero un deber decir que aquello no era una rasuración artística, era un promontorio de escalones que invitaban á subir al cielo.

Aisbleu

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Antes explicamos que el último artículo de Aisbleu salió publicado el 29 de mayo de 1912. En el afán de hallar algún indicio sobre la identidad del escritor o escritora, lo leímos, secretamente esperanzados de encontrarnos con un intento de destapar algún escandalazo político que hubiese tronzado en dos tan brillante carrera periodística a manos del machete del clero.

Y no. Lo que descubrimos tenía mucha mayor enjundia que una vulgar corruptela… Ojipláticos nos quedamos, como si estuviéramos ante una precuela de El código Da Vinci.

Porque de lo que allí opinaba Aisbleu (en tono de chanza, eso sí) era sobre cierta teoría defendida por un tal Eugenio Vidal Ogén a propósito de las raíces de Napoleón. Según este buen hombre, por las venas del ser más temido de su tiempo corría sangre del barrio coruñés del Peruleiro y fue por eso que las tropas francesas no se ensañaron con los lugareños tras la batalla de Elviña. El verdadero apellido del emperador no sería Bonaparte sino Teijeiro.

Ahora en serio. Alguien tiene que investigar este tema no vaya a ser cierto. A quien se anime le ahorramos la tarea de buscar el artículo. Este es el enlace.

 

4 comentarios sobre “Escalera hacia el cielo

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  1. Hola necesito saber la frecuencia de La Luz de nuestro Amado Faro de Corrubedo , si me lo pueden enviar muy agradecida estaré
    Estoy escribiendo sobre ese Faro tan Querido donde nació mi abuelo Paterno Salvador Moreira en 1879y mi bisabuelo Farero de este Faro en su inicio
    Lo visité en 2017 en octubre y volveré en 2020
    Gracias

    Me gusta

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