El crimen del siglo

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Masacre en el puerto de Bremen

Bremerhaven. Sábado 11 de diciembre de 1875. Amarrado a una cadena, un barril se halla suspendido unos metros sobre el pavimento del muelle. El cabestrante lo va a trasladar a las bodegas del SS Mosel, un grandioso trasatlántico alemán de 108 metros de eslora capaz de transportar a 828 pasajeros (200 en los camarotes y 628 en entrecubierta) que está a punto de zarpar con destino a Nueva York previa escala en Southampton. El puerto es en ese momento un hervidero de gente en el que las emociones están a flor de piel. Amigos y hermanos, madres y padres, despidiéndose de viajeros que se disponen a empezar una nueva vida en América, quién sabe si se volverán a ver. De repente, ante la mirada de las escasas personas que observan tan rutinaria maniobra, el barril se desprende de la cadena, se ladea y se estrella contra el suelo en el borde del dique.

Estallan ventanas y escaparates en toda de la ciudad. Georgstraße, el vial comercial que parte en dos el entramado urbano, se cubre con un manto de cristales afilados mientras una negra humareda despunta por encima de la chimenea del barco. Los que están lejos, corren hacia el origen del estruendo. Los que están cerca y han sobrevivido, huyen. Se forma una turbamulta. Cunde el pánico. Nadie logra entender qué ha pasado.

Entretanto, en el epicentro, el hielo y la nieve heraldos del invierno se han teñido de rojo. Cuerpos mutilados, calcinados, a decenas, yacen en el suelo entremezclándose con hierros retorcidos y fragmentos de madera humeante. Allí reina un silencio enrarecido, casi sobrenatural. Como si se nos quisiera recordar que después de la tempestad siempre llega la calma, que después del caos las cosas a su modo acaban por alcanzar un orden… Ciertamente, en cuanto se recobren las piezas, se ausculten y empiecen a encajar, se irán precisando los contornos de un suceso al que el londinense The Times, desde más allá del mar del Norte, calificará como «the crime of the century».

Como el crimen del siglo.

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Sandy

1.- EL SOBRINO DEL CERVECERO

Nuestra historia empieza en 1827.

En el condado de Caithness, extremo septentrional de Escocia, ve la luz Alexander Keith, hijo de John, empleado en un negocio de licores, y de Christian, hija a su vez del dueño de esa empresa. Apodado cariñosamente como Sandy, el niño va a abandonar muy pronto la tierra que lo vio nacer. Sus padres toman la decisión de emigrar a Halifax, costa este de Canadá, respondiendo a la llamada del hermano mayor de John, aquel de quien el pequeño ha heredado el nombre: el auténtico y genuino Alexander Keith, próspero propietario de una fábrica de cerveza (aún existe, figura entre las más antiguas de América) y ciudadano prominente de su comunidad que llegará a alcalde tres veces y a gran maestre de la masonería de la provincia de Nueva Escocia.

Con él, Sandy obtiene su primer empleo en las instalaciones conocidas como Keith Hall and Brewery. Por alguna razón, con 36 años decide volar por su cuenta. O lo echan. No está claro. Seis años antes, en 1857, con ocasión de la repentina explosión del polvorín de Halifax hubo quien señaló al joven Keith como el autor del siniestro, que habría utilizado aquel ardid para ocultar un trapicheo. El episodio nunca se aclaró. También se rumoreó que falsificaba en letras de cambio la firma de su influyente tío y que —esto sí está acreditado— se hacía llamar Alexander Keith Junior para insinuar una relación de parentesco más estrecha de lo que le correspondía. Sea como fuere, en 1863 está al margen de la empresa cervecera… Pero no derrotado. Porque a partir de entonces Sandy va a emplear todos sus recursos, todas sus artes confesables e inconfesables, en sacar tajada de un conflicto que está desgarrando el vecino país estadounidense: la Guerra de Secesión.

Y lo hace aprovechando que Halifax se convierte en refugio de intrigantes esclavistas y espías confederados que, desde la seguridad del lado canadiense de la frontera, montan sabotajes y operaciones sorpresa con las que golpear los estados de La Unión. Sandy está en su salsa, maquinando, y se labra una reputación como corredor de bloqueo, aquel que se encarga de burlar la prohibición de penetrar en ciertos puertos con armas, provisiones u otras mercancías.

Primer ejemplo. Un tal doctor Luke Blackburn, sureño él, planea regalar a los ciudadanos del norte ropa procedente de las Bermudas. Keith debe arreglárselas para introducirla vía Halifax. ¿Un médico humanitario? Ni de lejos. Las prendas provienen de enfermos de fiebre amarilla pues el galeno pensaba, erróneamente, que podría infectar con ellas a sus portadores yanquis. Blackburn llegará a gobernador de Kentucky.

Segundo. En octubre de 1864, Keith se ve complicado en una elaborada trama urdida por un actor para secuestrar a Abraham Lincoln durante una función teatral. Él se tiene que ocupar de romper el bloqueo y meter un barco con el vestuario del intérprete. El buque, sin embargo, naufraga. Algunos años después, acaecidos los hechos de Bremerhaven que hemos empezado a relatar, hubo quien atará cabos y se preguntará si no habría sido el propio Keith quien, jugando a dos barajas, lo hizo zozobrar deliberadamente… El actor que muñió aquel rapto frustrado se llamaba John Wilkes Booth y cinco meses después tendrá más suerte: durante la representación de la obra Our American Cousin en el Teatro Ford de Washington DC, Booth asesinará al presidente de un disparo al grito de «¡Sic semper tyrannis!»… así siempre a los tiranos… la frase que, se dice —aunque seguramente no sea verdad—, entonó Marco Junio Bruto cuando apuñaló a Julio César.

Aún no ha concluido la guerra y Keith gana puntos en su ascenso al Olimpo de los supervillanos. Deja tirados a sus compinches de Halifax escapando con un millón de dólares en compañía de su amante Mary Clifton. Se esconden en Nueva York, donde llevan una vida de lujo y derroche. Él se hace llamar A.K. Thompson. Un detective contratado por sus antiguos camaradas les pisa los talones, así que Sandy huye solo a San Luis después de prometer a su enamorada que la mandará a buscar muy pronto. Pero no lo hará [y ella regresará a Halifax tras descubrir que está embarazada y dará a luz a gemelos y se intentará suicidar]. Sintiendo sus perseguidores cada vez más cerca, Keith decide esconderse en un pequeño pueblo llamado Highland en el sur de Illinois. Allí toma lecciones de alemán y conoce a una muchacha francesa, Cecelia Paris. Se casan. Gozan de una existencia apacible. Hasta que un día poco antes de Navidad alguien llama a la puerta de su casa: se trata de uno sus acreedores, Luther Smoot, que ha logrado olfatear su rastro. Sandy le paga 10.000 dólares para desembarazarse de él. Huye a Europa con su esposa. Se instalan en Dresde, donde Alexander cambia otra vez de nombre por el de William King Thompson. Se dan la gran vida, codeándose con lo más granado de la sociedad entre brandys y naipes y cigarros y tarjetas con invitaciones para tomar el té. Tienen tres hijos, Blanche, William y Klina. Pero aquello no puede durar para siempre. El manantial del dinero se va secando. Pronto se agotará.

Sandy alumbra un plan que solo una mente sin escrúpulos alineada con un alma enferma sería capaz de concebir.

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El Deutschland a pique

2.- EL NAUFRAGIO DEL DEUTSCHLAND

Into the snows she sweeps,
Hurling the haven behind,
The Deutschland, on Sunday; and so the sky keeps,
For the infinite air is unkind,
And the sea flint-flake, black-backed in the regular blow,
Sitting Eastnortheast, in cursed quarter, the wind;
Wiry and white-fiery and whirlwind-swivellèd snow
Spins to the widow-making unchilding unfathering deeps.

Cinco de la madrugada del lunes 6 de diciembre de 1875. En algún lugar del mar del Norte.

El SS Deutschland, trasatlántico de 99 metros de eslora perteneciente a la compañía alemana NDL, acaba de encallar en un banco de arena en medio de una tormenta de nieve. Intentando salir rompe la hélice. Sus oficiales confían en reflotarlo con la subida de la marea. Fallo de cálculo. En vez de bambolearse empujado por las tumultuosas olas, el agua entra en su interior, sumergiéndolo. La situación es crítica. El capitán da la orden de ir abandonando el barco a bordo de los botes salvavidas. El pánico se adueña de sus ocupantes.

La nave se dirigía a Nueva York. Transporta a 125 emigrantes de diferentes nacionalidades deseosas de empezar de cero en el Nuevo Mundo. Gobernándola, 98 tripulantes al mando de un tal Eduard Brickenstein. Por un error de navegación se ha desviado del rumbo. Se halla en un punto denominado Kentish Kock, al este del estuario del Támesis. La tierra firme más cercana dista cuarenta kilómetros.

El primer bote que se arría va al fondo. El segundo —en él van el intendente, un marinero y un pasajero— marcha a la deriva y llega un día más tarde a la isla de Sheppey: solo el intendente sigue con vida. El resto de los botes son arrastrados o destruidos por la tempestad. Algunos náufragos trepan por los mástiles y allí permanecen hasta que empiezan a notar síntomas de congelación. Se lanzan bengalas de socorro pero los pocos barcos que las divisan no son capaces de acercarse. Por fin, después de 31 horas, el remolcador SS Liverpool consigue llegar hasta el Deutschland y rescatar a los supervivientes. Ha habido 57 muertos.

Hasta del mayor de los horrores un artista bendecido puede crear belleza. Este es el caso. El bardo inglés Gerard Manley Hopkins se inspirará en este drama para componer una de las cimas de la poesía victoriana, The Wreck of the Deutschland, poema del que hemos reproducido arriba su décimo tercera estrofa. Que traducida dice así:

Entre nieves navega
Lanzando al puerto atrás,
El Deutschland, el domingo; el cielo se mantiene,
Porque es desapacible el infinito aire,
Y el mar pedernal-escama, negro atrás en el golpe uniforme,
Fijándose este-nordeste, en cuadrante maldito, el viento;
Nieve alámbrica, ígnea, blanca, remolino-girante
Gira a las profundidades que dejan sin esposos, hijos y padres.

¿Y qué ocurre entonces? ¿Qué va a ser de los desvalidos emigrantes que han logrado sobrevivir? De momento, son llevados a Southampton, al sur de Inglaterra.

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El Mosel en el puerto poco antes de la explosión tal como lo ilustró el Deutscher Hausschatz

3.- LA BOMBA

Un carro unido a un caballo. Un muelle. El capitán August Christoph Leist dando instrucciones desde el puente de mando. Operarios atando el objeto que transporta el vehículo. Un cabestrante lo va a conducir hasta el barco. Durante la estiba, la mercancía se escurre de su sujeción. Cae al asfalto. Explota.

Se abre un enorme boquete en el lugar del impacto. El caballo yace en el suelo, sin patas. Vuela la sangre por doquier. La onda expansiva zarandea el buque mientras se desprenden planchas de su casco de hierro. En la cubierta trasera, un hombre con los brazos retorcidos hacia la espalda profiere alaridos por su boca deshecha. Un edificio de oficinas se desploma a cien metros. Vidrios rotos. Metralla homicida. Restos humanos desparramados. En el fondo del cráter, intacta, la cartera de apuntes de un músico. En lo alto de un tejado, su cuerno de caza. El dueño de aquel instrumento no lo podrá soplar nunca más.

Entre quienes salen indemnes de la explosión figura el pasajero del camarote número once: un individuo de mediana estatura, rechoncho y con barba que, inscrito como A.K. Thomas, se hallaba en cubierta en el momento de la detonación. Después de contemplar la masacre regresa a su compartimento, lo cierra con una cadena, escribe algo a lápiz, saca una pistola y aprieta el gatillo. Dos veces. A hachazos, un camarero abre la puerta tras oír gemidos en el interior. El viajero se está revolcando en un charco de sangre entre el lavabo y una mesa plegable. Sobre la repisa reposan vacías dos botellas de coñac. El hombre gime, pronuncia unas palabras en inglés y, una vez tras otra, el nombre de una ciudad: Dresde, Dresde, Dresde…

Pasan las horas. Se hacen averiguaciones. Los técnicos identifican el contenido del barril: quinientos kilogramos de dinamita, un invento reciente, patentado siete años antes por Alfred Nobel, cuyo estallido se escuchó en Hamburgo a cien kilómetros de distancia. Se manejan hipótesis. Una, que alguien quería introducir el explosivo clandestinamente en Nueva York. Otra, que alguien pretendía un atentado terrorista y había escogido un barco de fuerte carga simbólica: el trasatlántico Mosel, orgullo del imperio alemán, había sido distinguido con una hermosa bandera regalada por los diputados del Reichstag.

La tentativa de suicidio relatada por un camarero abre una nueva vía de investigación. Las primeras indagaciones avivan la curiosidad: el herido solo había comprado billete hasta Southampton. Agentes de policía se dirigen al hospital donde yace inconsciente aquel A.K. Thomas. Una bala ha reventado su ojo derecho, la otra ha atravesado su caja torácica. Los funcionarios lo obligan a despertarse. Lo acribillan a preguntas. Lo interrogan día y noche bajo las directrices del inspector P.J. Schnepel. Entre sus efectos personales encuentran lentes de oro, veinte libras esterlinas y ochenta marcos. También esta carta:

«Los hijos te saludan, querido esposo. Todos están bien, pero me preguntan constantemente cuándo regresarás. ¿Dónde te conducirá tu viaje del mes de diciembre? ¿Desde dónde volverás a escribir? ¿Cuánto tiempo estarás alejado de nosotros? Lo tengo que saber, pues hay muchas cosas que resolver. Hay algunas facturas pendientes. El dinero que enviaste no llega para pagarlas todas. Ni tan siquiera haciendo grandes economías en la casa. Por favor, escríbeme para saber a qué atenerme. Dame una explicación sobre mi postura.

Tu amante CECELIA»

Mientras, la brigada criminal descubre dos anotaciones a lápiz en el camarote número once. Una:

«Señora C. J. Thomas. Residenztrasse 14, Strehlen.

Dios te bendiga así como también a mis queridos hijos. No me volveréis a ver ni hablar nunca más.

WILLIAM.»

La otra:

«Al capitán del barco Mosel. Tenga la bondad de enviar este dinero, que encontrará en mi cartera, veinte libras esterlinas y ochenta marcos alemanes. Mi mujer vive en el número 14 de la Residenztrasse, Streheln, junto a Dresde. Lo que he visto hoy no puedo soportarlo. 11 de diciembre de 1875.

W. K. THOMAS»

El cerco se estrecha. Las difusas aristas de un móvil se empiezan a vislumbrar. Pero, lejos de confesar, el moribundo se aferra a una rocambolesca historia en la que él es un alemán llamado William King Thompson que está tratando escapar de su sórdido pasado como corredor de bloqueo en Virginia. Deciden traer a su esposa, una elegante mujer de cabello azabache y ojos como el tizón que al principio se niega a visitar a su marido y que, cuando transige y lo ve postrado entre insondables dolores, se echa sobre él y ruega a los doctores que lo maten para que no sufra más. Ni ante ella se ablandará y admitirá el crimen.

Quien también clama por su ejecución, pero por razones nada humanitarias, es la opinión pública. El juez instructor del caso se ve inundado por un torrente de cartas cuyos remitentes proponen aplicarle las más imaginativas torturas a medida que nuevos cadáveres emergen en la ribera del Weser, el río que desemboca en Bremerhaven. La prensa revela estremecedores detalles. Por ejemplo, que el barril contenía una bomba de relojería: un intrincado artefacto nunca visto hasta entonces para hacerla detonar, ingenio que inspirará a futuros terroristas y llenará los periódicos de agoreros artículos alertando de la venida de una oscura era en que las innovaciones tecnológicas traerán caos y destrucción a la vida del hombre. Los diarios se relamen en la reproducción del mecanismo con sus engranajes y sus muelles y sus ruedas dentadas y fraguan un apodo para su taimado creador: Dynamite Fiend. Diablo Dinamita.

Cinco días después de la hecatombe, el suicida muere. Sus últimas y enigmáticas palabras: «He sido un cabeza dura. Mis colegas de Nueva York son los culpables». Lo mismo da cuanto dijera. Todas las piezas terminarán ensamblándose y los agentes de la ley acabarán por averiguar que Thomas/Thompson había asegurado por 3.000 marcos aquel barril presuntamente lleno de caviar. Su intención era desembarcar en Southampton, regresar a Dresde y esperar a que la bomba estallase en algún punto en el Atlántico antes de cobrar la indemnización.

El móvil: el vil metal. Como en Jungla de Cristal.

Y para cerrar el círculo, el legendario detective Allan Pinkerton le enviará desde Estados Unidos un esmerado informe al inspector Schnepel en el que se evidencia que el verdadero nombre de aquel W.K. Thomas aka William King Thompson era, en realidad, Alexander Keith, sobrino de un cervecero de Nueva Escocia.

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Parte del mecanismo de la bomba de Sandy

4.- PSICOSIS

Las autoridades hacen recuento: han sido 81 muertos y medio centenar de heridos. Trabajadores portuarios, marineros, agentes navales, familiares despidiéndose de quienes se preparaban para emigrar… La mayoría de las víctimas se encontraban en el muelle o en alguna edificación cercana. De los 84 pasajeros a bordo del Mosel, solo cinco fallecieron por la bomba. Y Sandy [a quien le cortarán la cabeza y la meterán en un frasco con alcohol que, en una suerte de ironía macabra, desaparecerá durante el bombardeo de Bremen por las fuerzas aliadas en la Segunda Guerra Mundial].

Así que el viaje no se va a suspender. La NDL decide trasladar a los supervivientes a otro trasatlántico de la compañía, uno que en el momento de la explosión estaba atracado a 200 metros y sufrió algún daño de poca importancia: el eje de un carro, no sabemos si el que transportaba el barril, terminó aplastado en una ventana lateral del navío según leemos en el austriaco Feldkircher Zeitung.

El transbordo tiene lugar entre grandísimas medidas de seguridad. Cada barril, cada baúl, cada bulto es examinado minuciosamente. Se extiende la creencia de que Keith había escondido explosivos en otros barcos del puerto. Se dice que no una, sino dos bombas de relojería permanecen ocultas en la nave que se dispone a partir, un señorial vapor de 107 metros de eslora estrenado tres meses antes —el 8 de septiembre de 1875— con otro viaje entre Bremerhaven y Nueva York. Las inspecciones no encuentran nada, pero eso no tranquiliza a nadie. El hecho de que una densa niebla penetre en la ciudad y obligue a retrasar dos días la salida no hace sino aumentar el nerviosismo.

El jueves 16 de diciembre el buque zarpa al fin. El sábado 18 entra sin incidentes en Southampton, pero el alcalde de esta localidad telegrafía al Ministerio del Interior preocupado por una nueva versión del rumor: Sandy habría confesado poco antes de morir que había instalado una bomba en el barco en tránsito. El gobierno manda a V.D. Majendie, inspector de explosivos de Su Majestad, quien llega esa misma noche para hacerse cargo de la situación. «He tratado extensamente con este asunto, y he manifestado los motivos sobre los que parece cierto que tal supuesto no existe a bordo», escribe con prosopopeya en su informe, hoy contenido en el volumen XVII de los Papeles Parlamentarios del Reino Unido.

Los penitentes del Mosel reciben una donación: almas caritativas londinenses entregan a razón de trece libras por cabeza. El barco, por su parte, también recibe algo: a 64 pasajeros, los supervivientes del SS Deutschland naufragado la semana anterior cerca de la costa inglesa. La angustia se junta con la angustia. El trauma con el trauma. La atmósfera se enturbia aún más. Y aunque el cónsul alemán en la ciudad asegura que nada hay que temer, que se ha vuelto a registrar el buque sin resultado, sus ocupantes/prisioneros no pueden dejar de percibir que el muelle está siendo patrullado permanentemente.

Cuando el trasatlántico sale para Nueva York, se interna en una sucesión de nieblas que lo obligan a navegar con cautela extrema. Entretanto, un periodista publica en Bremerhaven la presunta última confesión de Alexander Keith. Docenas de parientes y amigos aguardan, con el corazón encogido, la arribada en la gran metrópoli norteamericana. Les domina la incertidumbre, son pasto de la ansiedad, no saben si llegarán a ver el barco o este se hundirá en el océano, solo, sin dejar rastro.

Dos semanas después, el vapor se adivina en el horizonte. Se aproxima a Castle Garden, el fuerte al sur de Manhattan en el que se aposentan los agentes de inmigración. No toca tierra aún. Sube a bordo un inspector de sanidad. El tiempo se dilata, se eterniza. Entre quienes desesperan en el puerto esperando el desembarque se murmura que la policía secreta germana está en su interior buscando indicios de explosivo. Entonces el navío se acerca, baja la pasarela y los demacrados viajeros cruzan por ella. Sí, por fin, los sufrientes se alejan de aquel trasatlántico, de aquel calvario flotante, apartan de su vista los pendones blanquiazules de la NDL… o Norddeutscher Lloyd… o North German Lloyd… que de todas esas formas es llamada la compañía armadora. Y esa noche entonarán villancicos y cánticos patrióticos como el Die Wacht am Rhein y se irán sacudiendo las miasmas del miedo y se quitarán el sudario y, mientras se desperezan de aquella pesadilla, sus miradas dejarán de bizquear hacia el pasado para enfocar hacia el presente, hacia la vida que les queda por vivir en aquel continente, en aquella joven nación donde todas las promesas están por cumplirse, y luego podrán descansar, cobijados en un cuarto que no se tambalea, a resguardo del frío y la cellisca de Nueva York, pensando en el futuro, imaginando el porvenir, soñando el embriagante sueño americano de mejillas rubicundas y ojos chispeantes y aliento a palomitas de maíz, antítesis de la espantosa faz de la dinamita que, resulta que al final, no viajaba con ellos en el mismo barco… Y sí. También ese buque, también el Salier, podrá seguir persiguiendo su destino.

Feliz [es un decir] 122º aniversario.

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SS Salier (Bremerhaven, 8 de septiembre de 1875 – Corrubedo, 8 de diciembre de 1896)

[Algunas fuentes consultadas: The Dynamite Fiend (Ann Larabee), Rampage: Canadian Mass Murder and Spree Killing (Lee Mellor), Náufragos de Antaño (Juan Campos Calvo-Sotelo), «The other Alexander Keith» (Halifax Magazine), «Alexander Keith» (Dictionary of Canadian Biography), «Alexander Keith» (Criminalia) y «Annual Report of Her Majesty’s Inspector of Explosives up to 31st December 1875» (Parliamentary Papers, Vol. XVII)]

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Lástima no tenerla en el bar

 

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