Albatros, la marea más triste (segunda parte)

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Esquela que puso la casa armadora en el diario gijonés Voluntad por los muertos del Albatros
[Viene de la primera parte]

Asido a un bote lleno de agua, el marinero Juan Varela Fernández, de Miño, casado, una hija, logró llegar a la playa de Baldaio a las once de la mañana del martes 16 de noviembre. Habían transcurrido diecisiete horas desde que dos traicioneros golpes de mar echaron a pique el Albatros mientras el pesquero navegaba a seis millas de Cedeira.

Tras alcanzar la orilla, el náufrago vio a una señora de edad lavando la ropa junto a una casita cercana. Estaba tan extenuado que le era imposible gritar, pero la dama se percató de su presencia. Se acercó. Le dio un vaso de leche. Recosidas las flacas fuerzas, Juan pudo explicar lo ocurrido. Por indicación de la buena mujer, unos vecinos sacaron del agua el bote y después acompañaron al moribundo a pie hasta Laracha para que pudiera tomar el trolebús que iba a Coruña. Pasó un camión verde cargado de hierros. Juan lo detuvo y relató su drama. Los ocupantes del vehículo se desentendieron de él. Surgió otro camión que transportaba madera. Le dejaron subir. Eran las seis de la tarde cuando entró en la ciudad. Fue a casa de su hermana y bebió un coñac. Se desmayó. Recuperó la conciencia. Entonces sí. Ya no podía demorarlo más. Había llegado la hora de encarar la realidad y de mirar a los ojos a quienes, con el corazón encogido, aguardaban en el puerto un milagro o quizá el despertar de un mal sueño.

Juan bajó al Muro.

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Contraportada de La Voz de Galicia del 17 de noviembre de 1954

Y del Muro (es decir, del muelle pesquero de la Palloza) se dirigió a la Comandancia de Marina rodeado de una multitud creciente a medida que la noticia de la súbita aparición de un náufrago del Albatros circulaba de boca a oreja. Durante el trayecto, Luis Artús lo fotografió para La Voz de Galicia. Más tarde, después de que las autoridades le tomaran declaración, fue interrogado por los periodistas. Y él, entre lágrimas, relató la historia.

Acababan de cenar. Juan se hallaba en la camareta junto al corrubedano Manuel Calo Rodríguez y a José Pérez Vidal, vecino de Seráns, cuando sintieron un fuerte golpe de mar que escoró el barco. No se habían repuesto del bandazo y el pesquero recibió una segunda ola. Que lo anegó. Los tres se precipitaron fuera del habitáculo. Juan fue el último en intentar salir: la fuerza del agua le impedía abrir la puerta. Tras conseguir franquear el dintel, unos aparejos lo golpearon. Conmocionado, se vio tratando de subir a la superficie. El Albatros se iba a pique. Se hundía de popa. Al emerger contempló al resto de los tripulantes luchando por mantenerse a flote bajo la luz de anochecida de las seis y cuarto. Unos, sobre maderos. Otros, sin nada a lo que aferrarse en plena tormenta. A quien no vio fue al cocinero, nuestro paisano Segundo Maneiro Ageitos, hombre de edad avanzada de quien supuso se fue al fondo dentro del bou. De repente, Juan divisó un bote que había saltado del buque. Empezó a bracear hacia él, pero este se alejaba arrastrado por la corriente. Nadó y nadó hasta que lo alcanzó tras más de media hora de obstinada porfía. Al subir, descubrió que su interior estaba lleno de agua. Se desmayó. No tardó mucho en ser despertado por los gritos de auxilio de sus compañeros. Intentó remar hacia ellos, pero no lograba acercarse. Le fallaron las fuerzas. Se rindió. Se abandonó. Y mientras mantenía el equilibro sobre los banquillos del bote para no sumergirse en él, fue perdiendo de vista a los otros náufragos. Sus voces sonando cada vez más tenues (la última que escuchó, la del patrón de pesca: el corrubedano Lino Chouza) hasta no oír nada más que el ruido de la borrasca, sorda e impasible ante aquella estampa.

Dolían más las astillas del frío perforando la piel a través de la ropa húmeda que estar a remojo dentro del mar, así que Juan se echó a él agarrado a una cuerda de la embarcación. Permaneció así casi toda la noche. Vio pasar tres barcos. Dos españoles y uno extranjero. Del último estuvo seguro de que sus ocupantes escucharon sus gritos de socorro, pero siguieron de largo. En torno a las cinco de la madrugada, avistó tierra. Fue entonces cuando se subió al bote y se puso a remar. Remó y remó durante seis horas hasta llegar a la playa de Baldaio, a la señora de edad y al más dulce y más amargo vaso de leche de su vida.

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Primera plana del vespertino compostelano La Noche, el 17 de noviembre de 1954

El superviviente contó más cosas. Por ejemplo, que uno de los tripulantes del Albatros, José Luis Gómez, fue despedido en Gijón: ignorante, su padre se hallaba en el Muro llorando a su hijo. Y que otro compañero, Cipriano Brión, había enfermado justo antes de zarpar y su puesto fue ocupado por aquel a quien en esa marea le correspondía descansar… que no era otro que Juan Varela.

Caprichos del destino o carambolas del azar. Hechos al principio triviales que acaban por marcar una existencia. Por distintas causas, José Luis y Cipriano se habían quedado en tierra salvándose de una muerte insoslayable.

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Voluntad, el 18 de noviembre de 1954

También en la ciudad asturiana la prensa se afanó en informar en clave local del suceso. Un periodista del diario Voluntad acudió al domicilio en el barrio de Cimadevilla del primer maquinista, Luis Álvarez Alonso, para palpar el ambiente. Su esposa, Eleuteria Sánchez, de treinta ocho años, se hallaba postrada en cama desde que se enteró de la noticia por Radio Nacional. La pareja tenía dos hijos: Roberto, de veinte, haciendo la mili en Madrid, y Juan Carlos, de doce, en Coruña con un tío en ansia de novedades.

La otra parte de la página fue para abordar la situación del fogonero, Juan Vázquez Martínez. Sus allegados vivían sumidos en la incertidumbre puesto que había confusión de identidades y cargos, y no era seguro que estuviese en el pesquero cuando se hundió.

Tristemente, su presencia fue confirmada y por eso su nombre figura entre los catorce de la esquela que, con fecha de 23 de noviembre, publicó el periódico astur por encargo de la casa armadora, Francisco Orejas, S.A. El aviso anunciaba funeral para el día siguiente en la parroquia de San José de Gijón a las once de la mañana, según leemos en la copia colgada al principio del post.

No fue el único que se ofició: unos días antes, al mediodía del viernes 19, se había celebrado otro en la iglesia coruñesa de Santa Lucía a instancias de la Comandancia de Marina de esa provincia:

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Esquela en La Voz de Galicia el 18 de noviembre de 1954

La Voz de Galicia dio cobertura al evento y la información que dedicó vino acompañada de dos fotografías. Aunque borrosas, en una se distinguen las autoridades que presidieron las exequias: el comandante de Marina Carlos Pardo y Pascual de Bonanza, el gobernador civil Cristóbal Graciá Martínez, el general Luis Molezún y el teniente de alcalde Cristino Álvarez Hernández, además de otros prohombres y representantes de cofradías, sindicatos y armadores.

Más nos interesa la otra. Más nos conmueve. Sobre la escalinata exterior del templo, mirando sin ver hacia el antiguo mercado modernista de Eusebio da Guarda, rostros afligidos de viudas y madres vestidas de negro, quién sabe cuántas de Corrubedo.

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La Voz de Galicia el 20 de noviembre de 1954

No caminaron solas. El Ministerio de Trabajo, el Sindicato General de la Pesca, el Instituto Nacional de la Marina y otras instituciones hicieron donativos para mitigar sus penurias.

Exiguo alivio, en realidad. Nada ni nadie podría consolarlas nunca ante semejante pérdida. Tampoco aquella vieja creencia según la cual los albatros encarnan las almas de los marineros muertos en la mar.

2 comentarios en “Albatros, la marea más triste (segunda parte)

  1. Una historia triste…muy triste…tantas veces contada por ELLA, cuando nosotras, inocentes, le preguntábamos por ÉL, al que nunca pudimos conocer…, como tampoco pudieron sus hijos, que crecieron sin él…se fue con el Albatros…
    Gracias por recordarlo, por recordarlos,…por recordar esta historia del pueblo, aunque sea triste, muy triste…

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  2. Aunque haya pasado el tiempo, vuestro relato nos lo refresca. Leyéndolo siento el dolor de aquellos hombres, el miedo en los cuerpos que tratan de salir a flote nadando con todas sus fuerzas, hasta caer rendidos, dejándose ir.
    Siento el frío, el temor y la angustia del que se salvó y que a fuerza de voluntad llego a tierra, más muerto que vivo. Siento la falta de caridad o de empatía de aquellos que se desentendieron de el, los que pasaron a su lado y miraron para el otro costado, en fin, la insolidaridad, que hoy se castigaría con la ley en la mano.
    El naufragio de un barco siempre es una mala noticia, y mayor cuando a la desgracia se unen los sentimientos de los que pierden a sus seres queridos y no pueden recuperarlos, ni tan siquiera para saber que están ahí, en una fosa, a la que llevar unas flores o ir a llorar sus penas.
    El mar es una gran tumba, pero no admite flores.
    Que tristes tiempos, en los que el único consuelo era el de una “caridad” disfrazada de boato, con galones en las bocamangas, que poco sabían de la sal del mar.
    Deseemos que nunca más vuelvan a suceder tan tristes acontecimientos, y recemos para que no se les olvide en la memoria del tiempo.

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