¡Raith Rovers en los bajos! El club de fútbol que encalló en A Marosa…

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Los jugadores de la temporada 1922-1923

Antes de la tragedia de Munich y los Busby Boys, antes de que el Grande Torino se estrellase contra la Basílica de Superga, antes —mucho antes— de que la Selección Nacional de Zambia expirase en el Atlántico o de que el Chapecoense cayese sobre un cerro a 3.300 metros de altitud, hubo otro equipo de fútbol que pasó por un trance parecido. Con mucho mejor suerte, eso sí: todo el plantel sobrevivió.

Es extraño. Se diría que aquí en el pueblo o nunca fuimos conscientes o está totalmente olvidado. Sin embargo, allá en las islas británicas, cada vez que se evoca uno de estos desgraciados accidentes, alguien suele recordar aquel suceso como la primera vez en la historia en que un club —ojo: del deporte que sea— sufrió un percance de este estilo.

¿Y quién tuvo tan dudoso honor?

El Raith Rovers, de la primera división de la liga escocesa.

¿Cuándo?

Tal día como hoy hace casi un siglo: en la madrugada del 1 de julio de 1923.

¿Dónde?

En los bajos de Corrubedo. Por supuesto.

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Se las prometían muy felices a la hora de zarpar

El viaje a las Canarias era un premio por su buena campaña. No tanto desde luego como la anterior, la de 1921-1922, en que habían concluido terceros en la liga tras los dos de siempre —Celtic de Glasgow y Glasgow Rangers— y habían sido recompensados con un tour por Dinamarca. Esta vez finalizaron novenos de un total de veinte equipos pero, aun así, la directiva decidió que los jugadores habían hecho méritos para otra pretemporada veraniega en el extranjero… con un aliciente añadido: en lugar de soportar el clima del norte de Europa se iban a poder broncear bajo el sol de las afortunadas islas de más allá del sur de España.

El Raith Rovers no era ni mucho menos un recién llegado. Fundado en 1883 en la ciudad portuaria de Kirkcaldy, al este de Escocia, se había ido consolidando como el club de referencia de la pequeña urbe situada en el concejo de Fife y ya desde 1909 militaba en la primera división del país. Hasta el momento de nuestro relato, la mayor muesca en la culata de su historial había sido disputar la final de la Scottish Cup [equiparable a nuestra Copa del Rey] en 1913. Su rival, el Falkirk, la ganó por dos a cero.

Mirad la imagen superior. Su pie de foto en inglés contiene tres errores de bulto: ni era 1922 [equivocación recurrente, por cierto, en la prensa británica actual], ni naufragarán en el golfo de Vizcaya, ni el suceso se producirá el 4 de mayo. Pero vamos a suponer que el resto del texto es cierto. Veintiún hombres. Todos trajeados, casi todos encorbatados —hay dos pajaritas, puede que tres— y, salvo alguna tristona expresión, exhibiendo rostros confiados y sonrientes mientras aguardan la hora de la partida en un hotel próximo al puerto londinense de Tilbury. Poco podían imaginar lo que se les venía encima [o debajo] en el barco que los iba a llevar: el Highland Loch.

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La nave

Pertenecía a la Nelson Steam Navegation Company, empresa que había experimentando un sostenido crecimiento desde que, cuando la firma aún se llamaba James Nelson & Sons, a uno de los hijos, Hugh Nelson, se le ocurrió montar una planta de carne refrigerada cerca de Buenos Aires. Para trasladar el producto hasta Inglaterra compraron en 1889 un vapor, el Spindrift, al que rebautizaron como Highland Scot. Enseguida percibieron lo lucrativo del negocio del transporte trasatlántico (de mercancías pero también de pasajeros) y se pusieron a crear una flota con un identificativo común: Highland Chief, Highland Lassie, Highland Mary, Highland Glen, Highland Hope, Highland Brigade, Highland Watch, Highland Harris, Highland Heather… y así unos veinte hasta que llegamos al Highland Loch, botado el 17 de enero de 1911 tras su construcción en los astilleros de Cammell, Laird & Co., en Birkenhead.

Medía 126 metros de eslora, 17 de manga y 11 de puntal. Tenía 7.493 toneladas y era el tercero de una nueva división creada en 1910 que, bajo el nombre de Nelson Line, daba prioridad al transporte de personas antes que al de carne congelada. Era por eso que contaba con cómodas habitaciones de primera y segunda clase en las que viajar a las Canarias, Río de Janeiro, Montevideo y Buenos Aires.

Rumbo a la primera de estas escalas se embarcaron en Tilbury trece jugadores y otros cinco miembros del Raith Rovers [así pues, tres caras de la foto debieron de quedar en tierra] el miércoles 28 de junio de 1923.

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Un bonito cartel de la Nelson Line que cita el Highland Loch y vende el sol de Canarias

En la madrugada del domingo 1 de julio, ocurrió lo impensable.

Un tremendo estruendo sacudió el buque y despertó del sueño a la mayoría de sus ocupantes. Eran las ocho y media de la mañana y los pocos que se hallaban en cubierta hablarían más tarde de una fuerte cerrazón. Al parecer, minutos antes una lancha de pescadores se había dirigido hacia el barco a toda marcha para advertirle del peligro. No llegó a tiempo. El Highland Loch chocó con los bajos de A Marosa y quedó recostado por la parte de estribor. Según se dijo después, la brújula no funcionaba.

La nave corría serio riesgo de volcar. Sin perder la sangre fría, el capitán ordenó que los pasajeros se pusieran los salvavidas y mandó arriar los botes de salvamento. Las mujeres y los niños bajaron primero; después, el resto de los viajeros; por último, la tripulación. La limpia operación, en la que se apearon 200 personas, duró menos de quince minutos haciendo gala a esa fama que tienen los británicos de no salirse de la cola ni en los mayores momentos de caos.

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El Imparcial, el 3 de julio

La noticia del naufragio apareció el 2 de julio en periódicos como La Correspondencia de España, El Debate o La Integridad. Al día siguiente, en La Voz de Galicia, El Compostelano, El Ideal Gallego, La Vanguardia, La Zarpa o El Imparcial. Reproducimos este último diario madrileño por ser —pese a algún error disculpable— uno de los más completos en la información.

La columna incluso hace mención al Raith Rovers y revela un detalle curioso: mientras estaba teniendo lugar el abandono del buque, el capitán del equipo (que era Bill Inglis y no A. G. Adamson, también presente, pero porque era el presidente del club) se dedicó a tomar tranquilamente fotografías del operativo… En el curso del cual surgieron tres vaporcitos que, dado que la niebla era cada vez más densa, se ofrecieron a remolcar los botes hasta los puertos de Corrubedo y Vilagarcía.

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El Debate tocando de oído: confunde el Raith Rovers con el Glasgow Rangers

¿Y qué dijo la prensa escocesa?

El periódico de referencia en Kirkcaldy era el Fife Free Press, un semanario que ya el sábado 7 de julio informó del suceso, pero rebajándolo a «experiencia excitante» como si los futbolistas hubiesen comprado entradas para el túnel del terror. La noticia fue despachada en unas pocas líneas y, aun hoy, entre los devotos del Raith Rovers hay cierta chufla al respecto porque el rotativo local había dedicado bastantes más párrafos y materia gris a desentrañar la misteriosa desaparición de la bicicleta de un vecino, mister Gee Thompson, que a elucidar los pormenores de un naufragio que bien pudo haber hecho sucumbir el emblema de la ciudad.

Muchísimo más interés tiene el relato que al poco del incidente y en primera persona escribió el capitán Inglis, ese que había tomado fotografías del salvamento [las hemos buscado a conciencia y por ahora nada, pero tenemos una pista]. Esto es lo que dice en el diario Dundee Courier el 10 de julio de 1923:

«Desde que salimos de Tilbury, todo había ido alegremente como la proverbial campana matrimonial hasta la mañana del domingo a eso de las ocho y media, cuando, sin la menor advertencia, nos dimos duro y rápido con una roca. ¡Qué conmoción y qué experiencia! Muchos de los pasajeros todavía estaban en cama cuando se ordenó que nos pusiéramos los salvavidas. No creo que nadie del equipo con la excepción del portero, que durante la guerra había sido un galante A8 [así se llamaba un submarino de la Royal Navy… sospechamos que se refiere a él], haya tenido antes un salvavidas, y algunos tuvieron dificultades para ajustarlos. Todos estábamos en fila mientras se bajaban los botes. Las mujeres y los niños fueron los primeros, y está en el mérito de nuestro grupo el haber prestado toda su ayuda a pasajeros y tripulación y el ser los últimos en abandonar el malogrado barco.

Fuera del buque fuimos puestos al cargo de los marineros españoles y algunos desembarcamos en un pequeño pueblo de pescadores llamado Corrobedo, mientras otros fueron directos a Villagarcía. Después de cinco horas en un bote abierto, lo primero que buscamos fue comida, naturalmente, pero, ¡ay!, en Corrobedo no conseguimos hacernos entender y los nativos no le encontraban uso al dinero inglés. Después de pasar casi una hora en este pequeño y pintoresco pueblo, volvimos a embarcar, esta vez en un reducido bote a motor, y continuamos hacia Villagarcía, donde descubrimos a los otros miembros del equipo. Aquí fuimos más afortunados en lo que respecta a la comida y huelga decir que el equipo y los directivos hicieron justicia a la primera pitanza del día a las 3.30 de la tarde. Tras contactar por teléfono con el agente marítimo en Vigo, recibimos instrucciones para viajar en tren desde Villagarcía hasta Torrepadre, donde nos recibió un representante de la Nelson Line. Caminamos durante media hora en la oscuridad por un traicionero camino de cabras, nos subieron a una lancha a motor y nos llevaron al Highland Loch, que, con la marea alta, había sido reflotado de las rocas y navegó por sus propios medios una distancia de treinta millas hasta una hermosa bahía cuyo nombre es demasiado español para mí como para deletrearlo o, incluso, pronunciarlo.

En los diferentes pueblos y ciudades por donde pasamos parecíamos despertar una cantidad extraordinaria de curiosidad, y sin duda fue divertido escuchar a algunos de los comediantes de nuestro equipo hablando con los nativos en escocés con una sobreabundancia de gestos franceses. En Villagarcía, algunos chicos jugaban al fútbol y los más jóvenes de nuestro equipo no pudieron resistir la tentación de patear el balón y dar una exhibición de goles… En todas nuestras pruebas y dificultades, la primera consideración de cada representante de Kirkcaldy fue para las mujeres y los niños. Al llegar a ese horrible camino de cabras, uno podría ver al famoso medio centro prestando asistencia a la joven muchacha que iba camino de Argentina para casarse. Sailor Brown fue de lo más atento con una dama de unos 80 veranos, mientras que T. Jennings fue particularmente galante con la jovencita más atractiva.

Al día siguiente (lunes por la tarde) dejamos la embarcación y nos llevaron en un barco mucho más pequeño que el que une Granton con Burntisland. Navegamos una distancia de más de 60 millas que nos tomó seis horas, espalda contra espalda a Villagarcía, donde aquellos del equipo que fueron afortunados tuvieron una cama mientras que otros tuvieron que caminar toda la noche. La organización fue traumática. Llamados a las 5 de la madrugada, fuimos enviados de nuevo en el pequeño barco y trasladados al navío de la R. M. Darro. Y aquí estamos, en nuestro camino a Las Palmas, donde esperamos llegar el viernes. ¿Qué efecto tendrán en los muchachos las experiencias que hemos tenido en estos tres últimos días? Es difícil saberlo, pero todos parecían decididos a dar una buena imagen.»

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Billy Inglis, futbolista, fotógrafo y todo un poeta

A raíz del choque, la bodega número 3 del Highland Loch se había empezado a inundar y la tripulación cerró sin demora los compartimientos estancos para que el agua no anegase todo el barco. También se avisó por radiograma a la casa consignataria en Vigo de la Nelson Line, Andrés Fariña S. en C., que se dispuso a enviar un remolcador. Que al final no hizo falta: aprovechando la pleamar y tras arduos esfuerzos se consiguió reflotar la nave de los bajos de A Marosa. Eran las diez de la mañana y el buque continuó rumbo a Vigo un poco hundido de proa. Ancló a las cinco de la tarde en A Regasenda.

Los buzos comenzaron a trabajar dos días más tarde en el arreglo provisional del casco porque la compañía armadora quería repararlo a fondo en un astillero inglés. Y así fue: zarpó el viernes 20 con destino a Gran Bretaña. No habría sol de Canarias para él.

Son datos que leemos los días 3, 4 y 20 de julio en el Galicia, diario vigués de efímera vida (nació en 1922 y desapareció en 1926) dirigido por Valentín Paz Andrade y que tenía en aquel momento a un ribeirense como jefe de redacción: Manuel Lustres Rivas. El periódico también informó de la situación de los atribulados pasajeros: habían llegado a la ciudad olívica en el tren de las nueve y media de la noche procedentes de Vilagarcía.

¿Y cómo conjugar todo esto con la azarosa narración del capitán Inglis?

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Galicia, el 3 de julio

Veamos. El fornido defensor escocés (quien más tarde habría de jugar cinco temporadas en el Manchester United) también nos habla de un viaje en tren: desde Vilagarcía hasta Torrepadre. Es obvio que estamos ante un flagrante error pues Torrepadre está en la provincia de Burgos. Damos por sentado que el ferrocarril llegó a Vigo. Acto seguido alude a un traicionero y horrible camino de cabras en el que, siempre según su versión, algunos jugadores prodigaron protectoras atenciones a mujeres temerosas en la oscuridad. Después, una lancha motora los transportó de vuelta al Highland Loch, fondeado en una hermosa bahía cuyo nombre era demasiado español como para atreverse a deletrearlo.

Bien. De acuerdo con nuestra interpretación, lo que ocurrió fue lo siguiente: los futbolistas llegaron en tren a la estación de Vigo al borde del ocaso del domingo y desde allí se dirigieron primero por tierra [el camino de cabras] y después por mar [la lancha motora] hasta el lugar donde estaba el barco inglés, es decir, A Regasenda, en Redondela, cerca de donde hoy se extiende el puente de Rande. Por tanto la hermosa bahía impronunciada sería la ensenada de San Simón.

Seguimos. En la tarde del lunes, la expedición volvió a abandonar el trasatlántico para navegar durante seis horas en una pequeña embarcación [más incluso que el ferry entre Granton y Burnstisland, que hemos visto en fotos y, ciertamente, grande no era]. Billy Inglis vuelve a aludir de un modo un tanto oscuro a Villagarcía y explica que a las cinco de la madrugada el equipo fue llamado para embarcar en el Darro, de la Royal Mail, a bordo del cual los integrantes del Raith Rovers estaban viajando en dirección Las Palmas en el momento en el que su capitán escribió el texto que habría de publicar el Dundee Courier.

¿Confuso? Al principio nos lo pareció. Pero no. Más bien absurdo. La clave está en el antepenúltimo párrafo de la noticia del Galicia que colgamos arriba… Apenas veinticuatro horas después de llegar a Vigo, los pasajeros del Highland Loch fueron enviados de vuelta a Vilagarcía, esta vez por mar. Y allí se subieron al Darro, un trasatlántico de 11.484 toneladas y 152 metros de eslora en que pudieron zarpar por fin rumbo a su paradisiaco destino. Con dos días de retraso. Nada más.

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El SS Darro

Los escoceses llegaron a tiempo para no alterar sus planes de pretemporada… ¿Y sabéis a quien se enfrentó el Raith Rovers en su partido inaugural? Al Real Vigo, conjunto que había arribado a la isla el 20 de junio a bordo de otro buque de la Nelson Line: el Highland Rover.

Vencieron los británicos por 1-3, con dos goles de Tom Jennings —uno de penalti— y otro de Alex James [quedaos con este nombre]. La prensa local alabó el alto nivel del encuentro, celebrado el 8 de julio en Las Palmas, y no escatimó elogios hacia el elenco extranjero, resaltando la cohesión y técnica de su delantera, los soberbios centros de sus extremos, la línea infranqueable del medio del campo y las manos de hierro de su cancerbero. Más parco en palabras, el Fife Free Press, el semanario de Kirkcaldy, subrayó la rudeza del conjunto vigués, la hostilidad del público y la carencia de césped del terreno de juego.

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La crónica del partido en el tinerfeño La prensa el 10 de julio de 1923

El 12 de julio se vivió otro duelo Real Vigo-Raith Rovers. Ganaron de nuevo los británicos —0 a 1 con gol de Jennings— en la que fue una de las últimas derrotas que sufriría el conjunto gallego… Y es que en menos de un mes, el 10 de agosto de 1923, se fusionaría con otro equipo de su ciudad, el Real Fortuna, para fundar un club nuevo. Su nombre, Celta de Vigo.

Los hijos de la patria del whisky siguieron su racha. Dieron una tremenda paliza al Porteño, goleándolo 0-4 con dos tantos de Hilley, uno de Morris y otro de James. Más tarde tumbaron al Victoria por 0-2, ambos de Jennings. El Gran Canaria cayó por un inapelable 1-5, repóquer del cañonero Jennings. Y como guinda del pastel, sometieron al Marino por 1-2: marcaron Cowie y Hilley.

Seis partidos jugados. Seis victorias.

Aún hoy, aquella gira triunfal por los campos canarios es recordada entre los hinchas del Raith Rovers como una de sus más grandes gestas.

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De gira

Para quienes perciban cierta prepotencia en el equipo escocés hay que decir en su descargo que el manager del club, James Logan, declaró a la prensa de su país que los españoles «aún tenían mucho que aprender pero habían dado una buena imagen» y señaló como uno de sus puntos flacos la botas, «del más delgado material, blando como un guante: no podían golpear el balón con la misma fuerza que el Rovers».

Triunfantes, el 29 de julio abandonaron el archipiélago para volver a casa. Lo hicieron en otro navío de la Nelson Line: el Highland Pride. Esta vez no hubo percances.

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El Highland Pride, que en 1929 se perderá para siempre al poco de zarpar de Vigo

Y se ve que el aire subtropical les sentó muy bien. En la siguiente temporada (1923-1924), el Raith Rovers finalizó cuarto con 43 puntos solo por detrás de Rangers, Airdrieonians y Celtic. Ganaron 18 partidos, empataron 17 y perdieron 14.

De todos cuantos naufragaron en A Marosa el que llegaría más lejos fue el joven Alex James, quien había debutado en la campaña 1922-1923 y permanecería con el Rovers otras dos más. En 1925 fue fichado por el Preston North End, de la segunda división inglesa, que pagó por él 2.000 libras. Pudiera parecer un paso atrás, pero sus 55 goles en 157 partidos con este conjunto llamaron la atención del poderoso Arsenal, que contrató sus servicios. Fue en este club donde se convirtió en una figura, ganando cuatro ligas y dos FA Cup en ocho años. Hoy, la página web oficial de los gunners lo incluye entre los mejores 50 jugadores de su historia: «el Dennis Bergkamp de su época», llega a decir.

Nuestra alusión a este jugador no es solo anecdótica. Su biografía (Alex James: Life of a Football Legend, de John Harding) recoge una referencia al suceso en los bajos:

«Pisamos tierra en una isla cuyo nombre nunca pude recordar. Siempre la llamé Isla Caníbal [«Cannibal Island»] porque los pocos pescadores que había apenas parecían civilizados. No tenían absolutamente nada que ofrecer, excepto dos o tres barras de pan.»

No hay comentarios.

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James, corriendo que se las pela contra el Manchester City

Habrían de llegar tiempos revueltos para el Raith Rovers. Años de sube-baja entre primera y segunda división. Hasta que el 27 de agosto de 1994, toda el país se frotó los ojos ante la mayor proeza en la trayectoria de este modesto club: ganar la Copa de la Liga (entonces llamada Coca-Cola Cup) tras vencer en los penaltis por 6-5 al Celtic de Glasgow a pesar de haber quedado el último de la tabla. Aquello le valió la clasificación para la Copa de la UEFA, en la que logró superar la primera ronda ante el islandés Íþróttabandalag Akraness y dobló con honores la cerviz en dieciseisavos de final frente al Bayern de Munich. En la retina de sus fans, el 0-1 con que se adelantó en el estadio olímpico alemán antes de que imperase la lógica (2-1).

El sueño se acabó, volvieron los años erráticos y el próximo 4 de agosto comenzará una nueva temporada en la League One, nuestra 2ªB. No nos cabe la menor duda de que vendrán tiempos mejores para este elenco que un lejano domingo de verano embarrancó en Corrubedo… un equipo que, con independencia de las simpatías de cada cual hacia el Celta, Dépor, Barça, Real Madrid, Atlético, Athletic, Real Sociedad o hacia una Roja que hoy se juega los cuartos en el frente de Moscú [calzan buenas botas, por eso no va a ser], merece un lugar en el pecho del lado de nuestros corazones: el sitio en el que, bordado en la camiseta azul eléctrico de sus futbolistas, un león rampante sostiene firme el orbe de la Corona de Escocia.

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Su momento de gloria

[Algunas fuentes consultadas: Stramash!: Tackling Scotland’s Towns and Teams (Daniel Gray), «Highland Loch» (The Marine Engineer and Naval Architect, febrero de 1911), «Blether: Raith tour drama as team ‘boat’ is grounded» (Evening Telegraph, 23 de enero de 2017), «O Naufrágio do Raith Rovers» (Futebolmagazine), «Nelson Line» (Fundación Histarmar. Historia y Arqueología Marina), «Team Photos» (Raith Rovers Online Museum), «Greatest 50 Players (www.arsenal.com)]

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