Pesadilla roja

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Letras cirílicas en el casco del buque

Cuando los marineros del González Costa Número 2 divisaron el barco de la URSS no podían imaginar lo que se les venía encima. El pesquero gallego, con base en Marín, estaba faenando a 18 millas de tierra en el paralelo de Corrubedo. Era una jornada como otra cualquiera hasta que, a las once de la mañana, sucedió lo inesperado. El pavoroso barco comunista lo enganchó por el aparejo y durante dos horas y media lo arrastró por el océano con la misma impasibilidad con que Clint Eastwood tiraba del caballo de un maniatado y vociferante Tuco en El bueno, el feo y el malo.

De nada sirvieron las protestas de la tripulación. Los rojos siguieron su rumbo como si tal cosa y los nuestros poco más pudieron hacer que descifrar y anotar el nombre en cirílico de aquel titán: General Ostrayacom. Pasado el largo mal trago, aquellos demonios incubados tras el telón de acero se dieron a la fuga dejando daños en el navío agraviado por más de 250.000 pesetas.

No era un hecho aislado. Dos semanas antes había ocurrido otro percance similar entre el Areasa y el ruso Tritón. Y una tercera embarcación autóctona, Massó 25, había sido obstaculizada en sus labores de arrastre por otro coloso flotante oriundo del este.

La Cofradía de Pescadores de Marín puso la nueva tropelía en conocimiento del Ministerio de Comercio, la Dirección General de Pesca, el Sindicato General de la Pesca y la Presidencia del Gobierno, detentada en aquel entonces por Adolfo Suárez, quien acababa de anunciar —la noticia se apoderó ese día de la portada de El País— su intención de concurrir a las elecciones del mes siguiente, las primeras de signo democrático que se celebraban en España desde la Segunda República.

Sin embargo, la bola de nieve no estaba más que empezando a rodar. En aquel 1977 —año de la Transición, de la Guerra Fría y del episodio IV de Star Wars— las tensiones entre los enormes pesqueros factoría soviéticos y los humildes pesqueros gallegos iban a ir a más y, sobre todo, iban a cambiar la arena del debate por otra mucho más transcendental que dos o tres encontronazos fortuitos: se iban a cuestionar los límites de nuestras aguas jurisdiccionales.

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La Voz de Galicia, el 5 de mayo de 1977

Por la noticia publicada en periódicos como La Voz de Galicia sabemos los principales datos técnicos del González Costa Número 2. Barco tipo baca de 24 metros de eslora y 170 toneladas. Tripulación compuesta de 26 hombres. Su armador se llamaba Francisco Area Calviño, propietario al menos de otra nave denominada Nuevo Area Gil.

Pero ya nos temíamos que no íbamos encontrar rastro de ningún barco llamado General Ostrayacom. Tampoco de ningún héroe militar soviético con semejante nombre. Tuvimos que tirar de instinto y, tras mucho rebuscar, pudimos hallar a alguien por el que pondríamos la mano en la sartén:

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Este es el hombre

Se llamó Ostryakov Nikolai Alekseevich (1911-1942) y pese a su temprano deceso tuvo una fulgurante trayectoria que empezó a despuntar en la Guerra Civil Española. El 28 de mayo de 1937, al mando de un avión Tupolev ANT-40, atacó en aguas de Ibiza al acorazado germano Deutschland. Ocasionó 22 muertos, 83 heridos, numerosos desperfectos y un cabreo tal en Adolf Hitler que ordenó bombardear como represalia el puerto de Almería. Ajeno a ello, la trayectoria de este piloto moscovita merecedor de una Orden de Lenin, dos Órdenes de la Bandera Roja y una Orden de la Estrella Roja siguió alzando el vuelo hasta convertirse en comandante de la Fuerza Aérea del Mar Negro primero y de la Fuerza Aérea de la Flota del Pacífico después. La Segunda Guerra Mundial truncó su carrera. El 24 de abril de 1942, mientras inspeccionaba un taller de aviación en Sebastopol, padeció las consecuencias de una incursión de seis Junkers alemanes. Cayó bajo su propia medicina.

Y sí. Hay un barco llamado General Ostryakov. Hemos puesto su foto encabezando este post y ahora dejamos otra perspectiva:

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Otra imagen del barco tomada en Las Palmas en 2007

Viejo, ¿verdad? Una mano de pintura no le vendría mal. Sin embargo, en aquel 1977 tenía que poseer un aspecto bien distinto puesto que había sido construido justo el año anterior. En la República Democrática Alemana, en los astilleros Werften Stralsund. Medía 101 metros de eslora (cuatro veces el tamaño del González Costa Número 2) y tenía un arqueo de registro bruto de 3.931 toneladas. Era un puntero pesquero factoría que nada tenía que ver con los que había en nuestra flota ni con nuestras consuetudinarias artes tradicionales asentadas en siglos de comunión con nuestros recursos marinos.

De ahí que la inquietud fuese en aumento.

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La Voz de Galicia, el 20 de mayo de 1977

Este texto, publicado quince días después que el anterior, lo escribió Francisco Lorenzo Mariño, el histórico primer párroco que tuvo Aguiño desde que el pueblo se independizó de Carreira allá por 1959. En sus párrafos se constata la preocupación que sienten el cura y sus feligreses ante la proliferación de barcos rusos «que si hace unos días eran unos doce, ya son muchos más y de mayor tonelaje». Advierte que no respetan el límite de las doce millas. Se adentran en nuestras aguas territoriales y agotan nuestros caladeros, especialmente dos: los llamados poza, a ocho millas de Corrubedo, y el profundo, a la misma distancia de cabo Fisterra. El pastor hace un alegato por la «pesca racional» que aquí se desenvuelve posibilitando la conservación de la especie. Y acaba: «Se permitirá que nos la esquilmen? ¿Cuándo implantaremos aquí las mismas millas de otros países? Son las preguntas que estos días se hacen unos marineros que ven su suerte en serio peligro».

Don Paco estaba poniendo el dedo en la llaga. La Comunidad Económica Europea acababa de extender a 200 millas la zona de explotación económica en una decisión que comenzó a surtir efectos el 1 de enero de 1977. Ello repercutió, y mucho, en los países ajenos al Mercado Común que, como España, trabajaban en caladeros situados más adentro como los del Gran Sol. También lo padecían los comunistas gobernados por Leonid Brezhnev que, por lo que se ve, optaron por ir a tocarnos las narices en nuestras costas porque aquí el límite estaba a doce millas. Todo lo que había más allá eran aguas internacionales: barra libre para los modernos depredadores del mar.

En otoño el follón llegó a la primera plana:

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La Voz de Galicia, el 4 de octubre de 1977

«Barcos factoría rusos están faenando a la altura de Ortegal». El teatro de operaciones se había desplazado al norte pero el problema persistía. Un amplio reportaje contenido en las páginas interiores del diario coruñés habla de unas poderosas naves capaces de arrastrar de día y de noche, en profundidad y en superficie, con una malla tan cerrada que no se escapa ni la especie más diminuta. Lo que no sirve para comer lo transforman en harina de pescado. Nada se tira. «Las gaviotas a su lado mueren de hambre», comenta el patrón del Costa Catalana, José Millán Lojo, al ser entrevistado sobre la cuestión. El panorama es desolador y suena la posibilidad de parar la flota en señal de protesta.

Al día siguiente, el mismo periódico ofreció más datos. Los pesqueros de Cariño acababan de volver a puerto y sus capturas se habían visto reducidas a la cuarta parte. De una media de 4.000 kilos de castañeta a entre 800 y 1.500 en el mejor de los casos. José Andrés Sierra Méndez, patrón mayor de la cofradía, lo tiene claro: «Es preciso se implante, como el resto del mundo, el área jurisdiccional hasta el límite de las doscientas millas, porque de lo contrario entre franceses y rusos hunden la economía pesquera».

Entretanto, el Gobierno había considerado conveniente enviar a la zona en conflicto —entre cabo Ortegal y Estaca de Bares— al dragaminas Sil con el fin de vigilar y refrenar cualquier posible desencuentro.

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El dragaminas Sil

Tres meses después, el 12 de enero de 1978, los pescadores gallegos pudieron despertarse de aquella pesadilla. El Congreso encarrilaba una ley para ampliar el límite a 200 millas en las aguas del Cantábrico y el Atlántico, norma que fue aprobada el 20 de febrero.

El anuncio mereció un hueco en la portada de El País en un recuadro esquinado en la parte inferior izquierda. El cuerpo principal de la página estuvo dedicada a otro mal sueño que, parece que esta vez sí, también es historia.

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El País, el 12 de enero de 1978

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