El milagro de San Telmo

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San Telmo, una vela y un barco

Nuestra Señora de la Virgen del Carmen y…

San Telmo, abogado de los navegantes, auxiliador de quienes corren peligro en el mar, cuya festividad se conmemora hoy, 14 de abril.

Dos divinidades veneradas por la gente marinera. La primera no precisa presentación: solo hay que ver el ambiente que se respira en el pueblo cuando sacamos a hombros su imagen cada domingo de fiestas [fotos: I y II].

En cuanto a la segunda… nos da la impresión de que en nuestro cabo su onomástica pasa sin pena ni gloria, que cuando vadeemos las tinieblas de esta noche deshojaremos el almanaque como si fuese un santo más…

…Y sin embargo una vez obró un milagro. Sí, aquí, en Corrubedo. Lo hemos reflotado de alguna crónica de la antigüedad.

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Como esta

Pedro González Telmo. Ese es el nombre con que se conoció al santo en la sociedad de su tiempo. Nacido en Frómista, Palencia, hacia 1190. Fue guapo galán amante de las juergas hasta que enderezó el rumbo e ingresó en la orden de los dominicos. Ejerció de confesor real con Fernando III de Castilla, a quien empujó a combatir contra los musulmanes del Al-Andalus. Se alejó de las vanidades de palacio y entregó su vida a predicar entre la gente humilde, favoreciendo a los pescadores con algún milagro (peces que saltan a las cestas desde un río, una tormenta que se divide en dos…). Murió en Tui, Pontevedra, el 14 de abril de 1246. El papa Inocencio IV lo beatificó ocho años más tarde. Aún hace poco que se pidió su canonización. Hay esperanzas: Buenos Aires, tierra natal de Jorge Bergoglio (o papa Francisco), cuenta con un barrio llamado San Telmo, uno de los más castizos y canallas. Ya es algo.

Lo que os vamos a contar sucedió bastante tiempo después de su muerte. En el siglo XVII. Lo narra el libro cuya portada hemos puesto encima. Su título, más largo que un día sin móvil: Addiciones a la vida de S. Pedro González Telmo, de la Sagrada Orden de Predicadores, abogado de los navegantes, escritas por el presentado Fray Fernando de Pineda, de la misma Orden, hijo, y morador del Real Convento de San Pedro de Sevilla, quien escribió, y dió à luz la referida vida. Publicado en Madrid en 1776 en la imprenta de Pedro Marín.

No fue, sin embargo, el primer testimonio. Medio siglo antes ya había relatado el extraordinario acontecimiento otro volumen: Historia de la provincia de España, de la Orden de Predicadores. Progresos de sus fundaciones, y vidas de los ilustres hijos, que la ennoblecieron, desde la muerte de su Glorioso Patriarcha, hasta el año de MDCC. Escrito por Fray Manuel Joseph de Medrano y publicado en Madrid en 1727 por los Hedereros de Antonio Gonçalez de Reyes.

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Otro título interminable

Nuestra historia tiene como protagonista a Gregorio de Noya que, aunque suene chocante, nació en el Caramiñal al otro lado de la sierra barbanzana, a orillas de la ría de Arousa.

Yendo hacia Muros a bordo de una embarcación sobrevino una espantosa tormenta. Todos sus acompañantes murieron. Pero él no. El tal Gregorio era fiel devoto de San Telmo, a quien invocó en aquellos momentos de terrible zozobra. Sus plegarias fueron escuchadas. El beato intercedió por él y alumbró su camino con una vela «hasta que tomó puerto en la Costa de Corrubedo, que por ser de las más bravas, y donde han sucedido mas naufragios, se tuvo à segundo prodigio».

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El milagro, contado en la segunda columna

Y así Gregorio de Noya pudo seguir con su vida hasta los 80 años de edad. Del milagro dejó constancia ante notario su hijo, de mismo nombre; y después su nieto, Francisco de Noya, que llegó a procurador general de la villa de Puebla.

Así lo leemos en estas páginas:

A San Telmo se le suele representar con un barco en una mano y una vela en la otra. Este último aditamento tiene una curiosa explicación: una extraña fosforescencia azulina que en días de tempestad se ha visto envolver la arboladura de los barcos desde las puntas de sus palos… durante siglos se le consideró un suceso paranormal preñado de buenos augurios para los marineros… hoy sabemos que es un fenómeno natural provocado por la ionización del aire dentro del campo eléctrico que originan las tormentas.

Se le conoce como fuego de San Telmo.

¿Habría ocurrido algo así en la embarcación de Gregorio de Noya?

Quién sabe. En cualquier caso, si hoy aquel buen hombre tuviese que pasar por un trance similar contaría con otra vela más para iluminar su camino:

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La mejor de todas

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