Vientos de invierno

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El largo y frío invierno que azotó Europa en 1879, a los ojos de Claude Monet

«Viendo con sorpresa olvidado, o al menos totalmente confundida, la pérdida del bergantín goleta Nemesia de la matrícula de Barcelona, capitán y propietario D. Manuel Sindon de esta vecindad; y movido de un sentimiento de caridad, a fin de que las cantidades recolectadas en estos últimos días se distribuyan como se debe entre las familias de los náufragos que perecieron en la pasada borrasca, me propaso a hacerle el relato siguiente en la confianza de que V. se dignará atenderlo en las columnas de su periódico.

Dicho buque, el 9 del pasado con un horroroso temporal, se perdió a la una de la tarde, punto llamada Siete Leguas, costa de Currubedo, salvándose milagrosamente el Capitán y cinco tripulantes más; fallecieron Juan Francisco Miguens, casado, de la Puebla del Caramiñal, y José María Miramontes López, del pueblo de Rois, matrícula de Sada, soltero.»

La carta fue publicada en El Correo Gallego el 9 de marzo de 1879. Su autor —si hacemos caso a una réplica que habría de ser publicada seis días después— fue José Rey Bretal, nombre que nos resulta muy familiar puesto que cada vez que subimos la cuesta de la iglesia lo vemos escrito en la pared: él era párroco de Olveira y Corrubedo cuando el templo se construyó en 1907.

La misiva denota que el clérigo —o todavía aspirante a— se había visto en la obligación moral de recordar las consecuencias de un naufragio acaecido hacía un mes, el 9 de febrero. Denuncia que se ha olvidado o, al menos, confundido.

¿Por qué? ¿Qué pudo eclipsar semejante desgracia?

Una más atroz. Más dolorosa. Una que había ocurrido el día antes, justo cuando se desató la misma borrasca.

Dejó 17 viudas y 40 huérfanos.

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La carta de José Rey Bretal

El que cruzó los años 1878-1789 fue uno de los inviernos más crudos que se recuerdan. Como si estuviésemos en el Poniente de Juego de Tronos, una punzante ola de frío se cernió sobre el continente europeo helándolo todo a su paso. En Escocia, el conservador del Real Jardín Botánico de Edimburgo, John Sadler, lamentaba que desde la última semana de noviembre hasta la segunda de febrero, «el suelo estaba tan congelado que ningún cultivo o trasplante era posible y la escarcha penetraba en el terreno a entre 16 y 18 pulgadas de profundidad». Más al sur, el impresionista francés Claude Monet, sin fama y sin dinero, se consolaba pintando escenas nevadas en el pueblo de Vetheuil, paisajes acordes con su estado de ánimo.

A Galicia no le iba mucho mejor. Los campos se convirtieron en auténticos pantanos echando a perder la cosecha de la patata y amenazando la del trigo. «Si un pronto cambio de tiempo no mejora nuestras campiñas, se presiente por todos una gran miseria», auguraba un periódico local en tanto que otro imploraba «rogativas públicas» para que el Señor intercediese y pusiese fin a las lluvias.

En medio de esta depresión general tuvo lugar el naufragio del Nemesia: un bergantín goleta de 243 toneladas que hasta noviembre de 1878 había estado en manos de cierto capitán José Cruañas y que en el mes de diciembre pasó a las del riveirense Manuel Sandón Otero.

Parece ser que zarpó de Barcelona y al atravesar el Cantábrico perdió las velas y el timón por culpa de la borrascosa mar y los fuertes vientos. Aun así hubiera llegado a su destino, el puerto de Puebla del Caramiñal, si no fuese por la densa niebla que lo hizo embarrancar a la una de la tarde del domingo 9 de febrero frente a Couso, al sur de Corrubedo, en el umbral de la ría de Arousa. Perdió el cargamento. Perdió a dos miembros de su tripulación. Pero salvó a otros seis hombres que consiguieron alcanzar desnudos la costa.

A aquellas alturas, en la península del Barbanza, pocas lágrimas quedaban ya para llorar a los muertos.

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La Ilustración Gallega y Asturiana, el 10 de marzo

Para explicar nuestra última frase debemos a mirar en la dirección opuesta. Hacia el norte. A la ría de Muros y Noia.

Ocho días llevaban ya amarrados los pescadores de Porto do Son por culpa del mal tiempo, cuando, en la madrugada del sábado 8 de febrero, la caprichosa meteorología pareció conceder una tregua. Nueve embarcaciones zarparon sin demora para recoger los aparejos que habían tenido que dejar largados a 14 millas de puerto. Faenaban con volanta, arte ideada para capturar merluzas y abadejos. Usaban velas de relinga y remos y cada navío precisaba de doce a quince hombres como tripulación.

Ya estaban en el caladero apañando sus trebejos cuando sobrevino de repente un huracán de viento y lluvia. Las lanchas pusieron proa a tierra sin perder un segundo y la travesía se convirtió en una carrera a vida o muerte por la salvación. Siete de ellas fueron entrando en puerto tras luchar lo indecible contra la tempestad; pero de las otras dos, la Minerva y la Juanita, nada se sabía.

La incertidumbre cundió en el muelle, donde cientos de vecinos se agolparon a la espera de unas novedades que no llegaban. A medida que pasaban las horas brotaron desgarradoras escenas de angustia. Cientos de personas bajaron hasta las playas tratando de localizar algún rastro. Se apostaron en las piedras, buscando a los náufragos. Peinaron la costa. Sin suerte.

Los presagios más funestos acabaron confirmándose: restos de las dos lanchas (de la Juanita, en Queiruga y Muros; y de la Minerva, en medio del mar) fueron localizados, rescatados y depositados en un almacén y en una fábrica de salazón. Ni uno solo de sus ocupantes consiguió salvarse.

Esta fue la lista de las víctimas. En la Minerva: Francisco Maneiro, casado, que dejó viuda y un huérfano; Daniel Bazarra, casado, viuda encinta; Carlos Blanco, casado, viuda; Agustín González, casado, viuda y seis huérfanos; Bartolomé Ventoso, casado, viuda y tres huérfanos; Juan Cruz, soltero, tres hermanos menores; José Alvariza, casado, viuda y un huérfano; Agustín Zarzón, casado, viuda encinta; Francisco López, casado, viuda y tres huérfanos; Eugenio García, viuda y tres huérfanos; Eugenio García, viuda y tres huérfanos; Enrique Paz, soltero; José Ben, soltero; Manuel Pensado, casado, viuda y dos huérfanos; y Roque Montemuiño, soltero. En la Juanita: Agustín Laurido, casado, viuda y cuatro huérfanos; Celestina Landeira, casado, viuda y un huérfano; Felipe Abal, casado, viuda encinta y un huérfano; José Ares, casado, viuda y un huérfano; Ramón Fernández, viudo, un hijo; Manuel Pensado, soltero; José Bazarra, soltero; Manuel Ventoso, soltero; José Pensado, soltero; Adolfo Mariño, soltero; Antonio Carballo, soltero; Juan Cruz, casado, viuda y cinco huérfanos; y José Avilés, viuda encinta.

El balance: 28 ahogados, 17 viudas —cuatro embarazadas—, 40 huérfanos y una cruenta miseria para los supervivientes.

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La Ilustración Gallega y Asturiana, el 28 de febrero

La reacción ante semejante desgracia no se hizo esperar y una concatenación de olas solidarias cayeron sobre Porto do Son. Las primeras, impulsadas por los propios habitantes que compartieron sus escasos recursos con sus vecinos desamparados. Las siguientes, procedentes de muchos puntos de Galicia y del resto de España.

En estas últimas jugó un papel importante el gobernador civil, Antonio Candalija, quien desde su despacho coruñés emprendió una intensa campaña apelando a los más diversos estamentos a que organizasen colectas y suscripciones populares. El Círculo Mercantil, la Junta de Agricultura, la Junta de Contribuyentes, la Sociedad Económico de Santiago o el Arzobispado, amén de alcaldes, abades y diputados, estuvieron entre los que recibieron sus requerimientos para que prestaran un apoyo al que también se unieron diarios como Gaceta de Galicia y El Porvenir.

Por su parte, el diputado por Noia Antonio Romero Ortiz donó en nombre del Gobierno 3.000 pesetas de aquellos tiempos, misma cantidad con la que contribuyó el ministro de Gobernación, Calixto Varela, mientras que otros dos diputados madrileños entregaron 10.000 pesetas. Se consumaba así una formidable marea filantrópica que nos recuerda a la que ocurrirá en esa misma localidad 106 años más tarde a raíz del hundimiento del Volverán.

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Gaceta de Galicia, el 18 de febrero

Pero… ¿y qué pasa con las dos víctimas del Nemesia?

Eso debió de preguntarse José Rey Bretal. Y es que, mientras las llamadas a la solidaridad para con las familias sonenses ocupaban sus buenos espacios en las páginas de los periódicos, apenas había alusiones a las consecuencias de este otro naufragio, más allá de un breve en Gaceta de Galicia en que el Comandante de Marina del Caramiñal conmina a todos los que tuviesen que recibir carga del buque naufragado a que presenten sus reclamaciones [posteriormente, el 10 de junio, serán rematados en el puerto de Couso los efectos salvados, tasados en 981 pesetas].

La humanitaria misiva del cura párroco —o aspirante a— fue publicada originalmente el 6 de marzo por un diario de Santiago cuya identidad ignoramos [¿El Porvenir, tal vez?] y reproducida el 9 en el ferrolano El Correo Gallego. Seis días después, esta misma cabecera difunde la réplica de un tal V. Lago. La transcribimos:

Escriben del Puerto del Son á un periódico de Santiago lo siguiente:

«Puerto del Son, Marzo 10 de 1879.

Muy Sr. mio y de mi mayor consideración: en el núm. 1.228 de su apreciable periódico, correspondiente al dia 6 del corriente, he leido un comunicado escrito por D. José Rey Bretal, de Santa Eugenia de Riveira, referente al naufragio del Bergantín Goleta Nemesia, ocurrido en la costa de Corrubedo el 9 de Febrero último.

Nada tiene que particular que el comunicante participe á V. la pérdida del buque en cuestion, ni que le entere de todas las circunstancias del siniestro; pero no puede menos de sorprenderme su pretension de que á los marineros de dicho buque Juan Francisco Miguens y José Maria Miramontes se les considere en las circunstancias de los náufragos de este puerto para los beneficios de la suscricion que está realizándose en favor de los últimos.

Yo lamento como el que más la nueva desgracia que denuncia el comunicante, y prometo no ser de los últimos en concurrir con mi óbolo para aliviarla en lo posible; pero á la verdad, no alcanzo la justicia de la pretendida transferencia, que si se lleva a cabo vendrá á hacer casi nulos los auxilios que se han reunido para los del Son precisamente.

No hay paridad entre los siniestros maritimos de Corrubedo y Sada, y el de esta ria. Aquellos afectan á diferentes pueblos; y por lo tanto sus consecuencias (aunque siempre funestas) no descargan todo el peso sobre una sola localidad, siendo por lo mismo más fácil sobrellevarlo; mas éste cae de lleno con todo su rigor sobre esta pequeña villa, la cual perdió en hora fatal veintiocho honrados trabajadores, padres de familia en su mayor parte, y que mantenían con el producto de sus brazos á ciento diez y nueve personas.

Porque son muchas las víctimas, y las necesidades de sus familias superiores á nuestros recursos, por eso hemos acudido afuera en demanda de una limosna; que á ser menos, hubiéramos hecho lo que en otras ocasiones, esto es, remediarlas nosotros mismos. ¿Pasa acaso un año sin que tengamos que lamentar algun funesto accidente de esta clase? Y sin embargo ¿quién nos oyó jamás quejarnos? Recientes tenemos aún pérdidas, por naufragio tambien de 3, 5 y hasta de 8 hombres, cuyas familias han hallado en este mismo pueblo, consuelo, amparo y proteccion, sin necesidad de acudir á los extraños. ¡Ojala pudiéramos hacer ahora otro tanto! Mas ¡ay! la calamidad presente es demasiado enorme para que pueda sobrellevarla solo un pueblo que, dependiendo de la pesca esclusivamente, viene hace tres años esperimentando escasez en sus productos.

Pudiera todavía aducir razones de otro órden que en mi humilde opinion, demuestran que, no es tan justificada la pretension del señor Rey: mas como esta carta se va haciendo pesada, y por otra no quiere establecer polémica sobre un asunto, en el cual ha de fallar la Junta provincial, compuesta de personas respetabilísimas que no necesitan consultar ni al Sr. Rey ni á mi, doy por terminada mi tarea, rogando á V. Sr. Director, la insercion de estas líneas en su apreciable diario, por cuyo favor le anticipa las gracias su affmo. S. S.

V. Lago

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A cada uno le duelen los suyos

Y tras la acción y la reacción, posibles visos de solución…

El 13 de marzo Diario de Lugo alude a una noticia de El Porvenir según la cual «no ha quedado relegado al olvido el naufragio del Nemesia acaecido á corta distancia del Son y durante la misma tempestad que ocasionó las víctimas de aquel puerto». Y continúa: «Hace ya días que la viuda del marinero Juan Miguel Boo, uno de los dos que perecieron en tan horroroso siniestro, dejando una huérfana de 22 meses, ha recurrido á la Junta provincial y abriga las mejores esperanzas de ser comprendida en la distribucion, como parece natural por la identidad de circunstancias.»

El texto nos despista un poco, puesto que las víctimas eran según habíamos leído en diversos sitios José María Miramontes López, soltero, y Juan Francisco Miguens, con varios hijos. Así lo corrobora también esta esperanzadora noticia aparecida el 26 de marzo en Gaceta de Galicia:

«Por un olvido involuntario, no hemos incluido entre las viudas y huérfanos de las víctimas del Son y Ares, la viuda del marinero Juan F. Miguens, tripulante del Bergantín Goleta “Nemesia” que naufragó en las piedras del Couso (Corrubedo) el nueve de Febrero último, efecto del mismo temporal que ocasionó las desgracias del puerto del Son.

Escitamos con tal motivo los sentimientos caritativos de los habitantes de los pueblos de la Ría de Arosa para que contribuyan á aliviar la suerte de esa infeliz, que cuenta también varios hijos, y rogamos encarecidamente al excelentísimo Sr. Gobernador de la provincia, interponga su valimiento a fin de que el producto de la suscrición iniciada á favor de las viudas u huerfanos del Son, alcance también a Margarita Fariña y sus hijos.»

En el mismo sentido, esta otra nueva publicada el 18 de mayo en el diario bonaerense El Gallego:

«— En los bajos del Couso (Currubedo) naufragó la goleta “Nemesia” a consecuencia del mismo temporal que ocasionó los náufragos del Son. — En dicho siniestro pereció el padre y marido de la mujer Margarita Fariña, para la cual y sus desgraciados hijos, envueltos por la mayor miseria, reclama un periódico regional parte de los beneficios recolectados para las familias huérfanas de la ría de Muros. — Es cuestión humanitaria que fundadamente tendrá éco en la madre patria.»

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El argentino El Gallego

Nos agarramos a estos sentimientos de caridad y confiamos en que las buenas palabras del cura que construyó nuestra preciosa iglesia no cayesen en saco roto y, de algún modo, para los damnificados del Nemesia, tornasen los vientos de invierno en sueño de primavera.

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La inscripción en recuerdo de J. Rey Bretal, en una foto de la última procesión del Carmen

[Algunas fuentes consultadas: Transactions of the Botanical Society of Edinburgh (Vol.13), Medio Cultural Submarino en el Parque Nacional de las Islas Atlánticas de Galicia (Miguel San Claudio Santa Cruz), «Naufraxios na ría de Muros e Noia» (Manuel Mariño del Río, en la revista Alameda, 18 de marzo de 2005)]

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