El barco que no quiere morir

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Este post continúa los titulados «El yate fantasma» y «La ruta del ron»

DESPUÉS

Lo que no lograron las autoridades lo logró un turista escandinavo.

La secuencia de los hechos es la siguiente. El viajero nórdico, un aficionado a los multicascos, descubre los restos del trimarán en O Vicedo y se le despiertan deseos de comprarlo. Hay un nombre escrito en la cabina de la embarcación: el de Nigel Irens, el arquitecto naval británico que había rediseñado los cascos flotantes laterales. Averigua sus señas y le envía un correo electrónico dándole a conocer su intención de compra y este a su vez telefonea a Charlie Capelle. Atónito, el francés le dice a su amigo que tiene que tratarse de un error, que el barco se perdió hace casi dos años en una brutal tormenta frente a las costas de Canadá. El inglés replica que no, que está en un pueblo de España cerca de cabo Ortegal.

Un Charlie insomne conduce toda la noche y cuando llega a O Vicedo observa a su criatura con expresión ojiplática: tirada en la hierba, boca abajo y convertida en un improvisado parque infantil en el que se recrean los niños del pueblo. Está tan descolorida como el conde de Montecristo tras vivir una temporada en el castillo de If, pero no hay duda: aquella estructura maltrecha es el A Capella de sus amores.

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Así lucía la embarcación cuando Capelle la encontró

Después de siete meses de arduas gestiones [y no vamos a profundizar más de lo necesario en el cabreo del galo ante la incapacidad de quienesquiera que fuesen los competentes en localizar al dueño cuyo nombre estaba escrito en el techo] por fin logra recuperar el trimarán.

Entonces Capelle traza un plan. Amañarlo hasta hacer de él un barco mínimamente gobernable y luego navegar a bordo hasta su astillero de la Bretaña Francesa. A lo primero dedica quince días usando lo poco que logra conseguir, en plan MacGyver. En cuanto a lo segundo… horas después de zarpar el mástil provisional que le ha puesto se viene abajo y tiene que ser remolcado por Salvamento Marítimo hasta el puerto de Cariño.

Desesperado ante lo que empieza a sentir como la pesadilla de nunca acabar, vuela de regreso a Francia en busca de ayuda. Allí se encuentra con su amigo Jean-Luc Van Den Geede, que está preparando su tentativa de batir el récord mundial circunnavegando el globo terráqueo en sentido contrario, de oeste a este. Compartido su desasosiego, su colega le dice que conoce bien estas aguas y que puede ayudarle. Aquí se vienen y el otro le remolca con el Adrien, un velero de 25 metros de eslora, hasta La Trinité-sur-Mer. En septiembre de 2002 atracan en el astillero Technologie Marine luego de atravesar el golfo de Vizcaya. Han pasado tres años y cinco meses desde el naufragio y dos años y nueve meses desde que fue vuelto a ver a unas millas de Corrubedo. Capelle declara gratitud eterna a su compañero de faena y tal vez por eso los astros se aliarán con él: en 2004 circunvala el planeta en dirección inversa al movimiento del sol en 122 días, 14 horas, 3 minutos y 49 segundos… la marca, lograda en solitario, no ha sido aún superada, ni siquiera con tripulación.

Charlie tarda tres años en reconstruir el A Capella. Más de 3.000 horas invertidas hasta ponerlo hecho un pincel y aplicarle como guinda un amarillo más brillante que el color yema de huevo que tenía antes. Rematada la faena, posa orgulloso en la foto que encabeza el post, su mano diestra en un ademán entre la posesión y el cariño.

¿Y después?

Después llegamos al año 2006. A otra edición de la Ruta del Ron…

Y la mala fortuna se vuelve a cebar en el barco.

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Mike Birch, Charlie Capelle, una mascota y un fulano presentando el Switch.fr

Charlie había logrado un patrocinador, Switch.fr., con el que disputar por segunda vez esta prueba y para su presentación en sociedad había contado con la comparecencia y las bendiciones de un buen amigo: el canadiense Mike Birch, aquel que se había encumbrado en 1978 en la primera edición de la Route du Rhum con el mítico Olympus Photo, hermano mayor de A Capella. Todo era optimismo, buenas vibraciones y poses sonrientes en el puerto de A Rochelle.

Sin embargo el 1 de noviembre, en la cuarta jornada de travesía, Charlie se ve obligado a activar su baliza de socorro. Pasan tres minutos de las dos menos cuarto y un problema irresoluble con el piloto automático provoca que su barco zozobre sin remedio a más de 200 millas de cabo Finisterre [nota: definitivamente, este hombre no debe de guardar muy buen recuerdo de Galicia]. Capelle está sufriendo «el miedo de su vida», según va a confesar después. Menos mal que en uno de esos raros gestos de fair play que a veces reconcilian a uno con la especie humana, otro competidor, Philippe Legros, sacrifica sus opciones en carrera para ayudar a su rival. Lo recoge y lo transporta a las islas Azores mientras el multicasco se esfuma vacío en el horizonte. Otra vez.

Pero en esta ocasión el trimarán no se pierde. La baliza Argos que lleva instalada permite tenerlo geolocalizado en todo momento. Su salvación depende solo de obtener los recursos económicos y materiales para llevar a cabo el rescate. La esposa de Charlie, Catherine Capelle, emprende una campaña solidaria y recauda 5.000 euros a través de la web del marino, aún lejos de los 40.000 que calculan van a precisar. En esto captan la ayuda de un pesquero de la isla de Yeu, el Massabielle, atunero de nombre providencial (así se llama la gruta de Lourdes en que se apareció dieciocho veces la Virgen María) que se presta a navegar hasta el velero a la deriva y remolcarlo a casa.

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El Massabielle remolcando el A Capella. Vuelta a casa.

Desafiando los malos augurios llegan a La Trinité-Sur-Mer el martes y 13 de noviembre, justo una semana después de que Lionel Lemonchois venciese en la Route du Rhum con un registro sideral: 7 días, 17 horas, 19 minutos y 6 segundos. Por su parte, el samaritano Philippe Legros lo hará en 22 días, 14 horas, 18 minutos y 59 segundos, concluyendo el séptimo de su categoría. Hurra por él.

Charlie Capelle se resigna a la tercera reconstrucción mientras cada vez más periodistas se interesan por la extraordinaria historia de aquel Stradivarius de los mares al que le endilgan un apellido que se ha ganado a pulso: «Le bateau qui ne voulait pas mourir».

El barco que no quería morir.

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Pletórico A Capella

Y ya vamos acabando.

Desde entonces el barco de Charlie Capelle ha sido un fijo en la Ruta del Ron. Disputó la edición de 2010 (22 días, 13 horas, 33 minutos y 28 segundos) y la de 2014 (22 días, 12 horas, 27 minutos y 24 segundos). Y el último 30 de octubre se inscribió en la próxima, es decir, la que empezará este 4 de noviembre de 2018 para celebrar 40 años desde aquella primera vez en que un pequeño trimarán de 11 metros de eslora le arrancó las pegatinas a un monocasco de 21 a vista de meta después de 23 días de travesía llegando separados por un suspiro de 98 segundos. Aquel velero heroico falleció hace mucho, pero su hermano sigue aquí, incólume a las adversidades, inmune a las embestidas del mar, engrosando la leyenda de su condición inmortal o, al menos, de felino acuático con tantas vidas como un gato. Un gato de pelaje amarillo.

Mucha suerte.

[Algunas fuentes consultadas: «Charlie Capelle sur Switch.fr dans la Route du Rhum 2006» (Voiles News, 22 de septiembre de 2006), «Chalie Capelle ramène “A Capella”, miraculé des eaux, à bon port» (Le Monde, 15 de noviembre de 2006), «Capelle capitaine fracas» (Libération, 13 de julio de 2010), «Les histoires d’amour de l’A Capella» (Course au Large, octubre de 2014)]

 

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