Una mujer joven y elegantemente vestida, una náufraga, con un tajo en la garganta que le ha seccionado la arteria carótida. Sus ropas están húmedas. Sus dos dedos meñiques, cortados. Yace tendida en la playa. Muerta. Asesinada por la sed de oro de algún desalmado ladrón de alhajas habitante de un cabo donde el engaño, la rapiña y la falta de escrúpulos constituyen una forma de vida.

¿Realidad o fabulación?

La pregunta relampagueó en el otoño de 1888. Un diario compostelano, El País Gallego, tiró la primera piedra. La reacción de los de Corrubedo no se hizo esperar. Os contamos los hechos.

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En una playa cualquiera de Corrubedo

No hemos podido dar con el ejemplar de El País Gallego, cabecera de vida efímera e inspiración carlista (Ramón María del Valle-Inclán hizo allí sus primeros pinitos periodísticos) con sede en la rúa do Vilar, número 2, que publicó la noticia el jueves 8 de noviembre de 1888 bajo el titular «¿Ahogado o asesinado?». Pero El Correo Gallego (que por entonces no era santiagués sino ferrolano) reprodujo el artículo tres días después. Y este sí que lo tenemos.

El punto de partida viene a ser más o menos el que se describe al principio. El cadáver de una joven es encontrado en una playa de Corrubedo por un marinero y su esposa. Sus (elegantes) vestidos mojados denotan que ha sido víctima de un naufragio. Hasta aquí, nada fuera de lo común en aquellos tiempos. Pero arteramente el periodista va deslizando una hipótesis según la cual la muchacha habría llegado viva a la orilla. Y que alguien la asesinó para arrebatarle las joyas (la prueba estaría en sus meñiques mutilados) y después la enterró en un hoyo sin dar parte a ninguna autoridad. La única duda que parece que le queda al cronista es esta: ¿la mataron en la arena o en el mar?

Copiamos los primeros párrafos:

«Días pasados apareció en una playa, cerca de Corrubedo el cadáver de una mujer joven y elegantemente vestida, con una herida tan profunda en el cuello, que le había cortado la carótida; parece que los que la encontraron, que fueron un marinero y su esposa, acostumbrados a ver semejantes espectáculos con frecuencia, lo atribuyeron a un naufragio, apoyándose en su idea la circunstancia de tener el cadáver mojados los vestidos, pero como relación más exacta, se murmura entre muchas personas otra, que de ser real, está llena de terribles escenas que revelan un inusitado salvagismo; creen los menos inocentes que la citada joven, si bien traídas por las olas, llevó a la playa viva, y que algún desalmado, después de ayudarla acaso a salvarse, ciego con la sed del oro, dióle la muerte, para robarle los brazaletes y las sortijas que ostentaba, alegando como prueba de su aserto, la falta en el cadáver de los dos dedos meñiques que aparecen cortados.

Ahora lo difícil es averiguar si fué asesinada en la playa, o si lo fue en el mar y se buscaron a las olas como cómplices y encubridoras del delito.

Parece que siguiendo la costumbre tradicional en aquellas playas, sepultaron el cadáver, en una fosa abierta en la misma playa, sin participar su aparición a ninguna autoridad.

A partir de aquí, el autor se desata. De informar sobre un suceso puntual salta a desenmascarar un «oficio tan criminal como lucrativo»: el ejercido por algunos habitantes de Corrubedo que, provistos de faroles y rastrillos largos, se dedican a desorientar a los barcos y lanzarlos contra las rocas para saquear los cadáveres:

Hasta aquí referimos el hecho, pero no es esta la primera vez que han llegado a nuestra noticia, relatos de crímenes horribles, cometidos con los náufragos en el citado cabo. La frecuencia con que se verifican allí siniestros marítimos, efecto de los peligrosos bajos, indujo a algunos habitantes, la idea de ejercer un oficio tan criminal como lucrativo; en las noches tormentosas, se provistan de un farol y de un rastrillo sumamente largo, y subiéndose entre las peñas, hacen señales con la luz, engañando a los navegantes, que tomándola por un faro, ejecutan maniobras que los pierden, atrayéndoles a los lugares más peligrosos donde estrellados contra las rocas perecen inevitablemente, siendo luego arrastrados a la playa los cadáveres, por medio del rastrillo, robándolos y asesinándolos cobardemente, si vienen vivos todavía, vendiéndose después por aquellos contornos las alhajas producto de la industria de tales salvajes.

Trátense de poner en práctica medios, que puedan evitar la triste exposición a que se hallan abocados los pobres marinos que tienen que navegar por aquellos puntos, y que harto tienen que sufrir con los peligros naturales y anejos a su vida azarosa y triste.

Rogamos a nuestros colegas que se ocupen de esta cuestión que nos parece merecer la atención de todos, para que se ponga remedio a tan escandalosos crímenes.»

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La noticia replicada en el ferrolano El Correo Gallego

Dos días después llega la refutación. Un corrubedano, J. Fernández Carreira, manda el sábado 10 a El País Gallego una carta algo deslavazada en la que desmiente tales calumnias y defiende la honra de unos vecinos que lejos de observar una conducta criminal han arriesgado sus vidas en jornadas de tormenta para salvar las de sus semejantes. Acusa al periodista de escribir con ligereza y le reprocha el retratarnos como «una horda de salvajes de la costa africana»…

Ahora bien: El Pueblo Gallego no publica la misiva [esto es lo que se llama tirar la piedra y esconder la mano], así que, ni corto ni perezoso, nuestro paisano decide enviarla a su gran rival: el también compostelano Gaceta de Galicia, que sí la reproduce:

«Muy señor mío: En el periódico de su digna dirección correspondiente al jueves último, aparece con el título “¿Ahogado o asesinado?” una noticia en la que se hacen tales y tan graves afirmaciones sobre supuestos crímenes cometidos en este puerto, que me obligan a dirigirme a usted para desmentir tan calumniosos asertos.

Comiénzase diciendo que días pasados fue hallado en una playa, cerca de este puerto, una joven elegantemente vestida, con una herida profunda en el cuello, que los que la hallaron fueron un marinero y su esposa, acostumbrados a semejantes espectáculos, no dándole importancia y siguiendo tradicional costumbre, diéronle sepultura en la misma playa, sin participar su aparición a ninguna autoridad.

No creo exacta esta aparición, por la razón sencilla de que ninguno de los habitantes de este puerto y sus contornos ha sabido nada. Después de todo, esto nada de particular sería, porque dada la frecuencia con que ocurren naufragios en estas costas, no es extraño que la mar arroje algún cadáver.

Mas las gravísimas e injustificadas afirmaciones que luego, con censurable ligereza sino con intención se hacen, son de tal importancia que merece les llame la atención sobre ellas.

Dice luego, que según personas lo menos inocentes, que no atino quienes puedan ser, la citada joven debió llegar viva a la playa y que algún desalmado, después de ayudarla acaso a salvarse, ciego con la sed del oro, le dio la muerte para robarle los brazaletes y sortijas que ostentaba, lo que no prueba sino la falta de los dos dedos miñiques que aparecen cortados.

Esta terrorífica historia no ha llegado a oídos de los salvajes habitantes de estos contornos, como se nos titulan, ni menos a las celosas autoridades de este distrito, quienes creo no incluirán en el número de los salvajes.

No sé sin embargo si el que esto les ha dicho, tendrá razones para asegurarlo. Desearía saberlo.

Trasládese en corroboración de lo expuesto cosas tan estupendas de los habitantes de este puerto, que seguramente cualquiera cree que somos una orda de salvajes, escapada de las costas africanas. Dícese que la frecuencia con que se verifican aquí siniestros marítimos, sugirió a algunos la idea de ejercer un oficio lucrativo, para lo cual en las noches tormentosas, se provistan de un farol y un rastrillo largo, con cuyos chismes se encaminan en las peñas, y engañan a los navegantes con las luces que confundiéndolas con faros, van a estrellarse contra las rocas donde perecen y luego por medio del rastrillo los roban y asesinan cobardemente, y venden luego por estos contornos el producto de sus rapiñas.

El que tal afirma cree sin duda que estamos en el África, donde podrían impugnemente cometerse tan atroces crímenes.

¿Fijase el que tal dice con indiscutible ligereza, en que juega con la honra de más de doscientos pacíficos vecinos que el mayor delito que cometen es exponer sus vidas en días tormentosos por salvar la vida de sus semejantes en peligro como lo tienen demostrado?

Estos sus humildes servidores hemos sido criados en el santo temor de Dios y en las prácticas de nuestra Santa Madre la Iglesia; amamos al prójimo sin “exceso”, y no estamos dotados del salvaje y criminal instinto que se nos atribuye.

Si el que tales noticias le ha comunicado sorprendiendo sin duda su buena fe, ha pretendido mostrarnos su poderosa imaginación creadora, guarde tan precioso don para asunto más inocente.

Termino tan pesada carta rogándole de cabida en su ilustrado periódico a estas mal escritas líneas, para que de este modo quede bien sentado nuestro humilde, pero honrado buen nombre y eviten así el que se hagan juicios aventurados.

Aprovecho esta ocasión para ofrecerme de usted affmo s. s. q. b. s. m.»

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Primero la explicación de por qué recurre a la competencia y después la carta

La cosa no acaba aquí. El 23 de noviembre se reúne en sesión extraordinaria el pleno del Ayuntamiento de Riveira para abordar el asunto y acuerda exigir una rectificación a El País Gallego o si no lo llevará a los tribunales.

El 10 de diciembre conocemos por Eco de Galicia la respuesta del rotativo santiagués dirigido por Máximo Leyes Posse:

«El periódico de Santiago El País Gallego se ha negado a retractarse de lo dicho respecto a la aparición de un cadáver en las playas de Corrubedo. En su consecuencia el ayuntamiento de Riveira ha determinado entregar a los tribunales el aludido periódico.

Lo sentimos.»

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Y nosotros también. Pero lo que más sentimos es no saber el final de esta historia. Ignoramos [de momento] qué fue lo que dictaminó el juez, aunque no hace falta que os digamos nuestra creencia al respecto.

De lo que no nos cabe duda es de que fueron noticias equívocas como esta las que, como posos de ignominia, fueron sedimentando en el subconsciente popular e hicieron arraigar la idea de una franja de tierramar sembrada de rocas traidoras y seres sin alma, de raqueros con bicheros en la bruma y de bueyes con faroles en los cuernos, alimentando una leyenda que haría que, un jueves de 1904 en un diario coruñés, se acuñase por primera vez la expresión que se nos iba a quedar adherida como una segunda piel: la Costa de la Muerte.

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P.D. El País Gallego cerró para siempre el miércoles 1 de julio de 1891. Ese día, Gaceta de Galicia le dedicó el siguiente epitafio: «Tenemos entendido que El País Gallego dejará de publicarse desde hoy. Como no somos hipócritas tenemos que decir que no lo sentimos».

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Ni nosotros tampoco

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