1933. 7 de octubre. Calle Capitán Galán.

Un joven marinero llamado Rafael Armental está mirando el escaparate de una camisería.

Mientras el muchacho se recrea en las hechuras de una hermosa prenda a la luz del mediodía de aquel sábado otoñal, un desconocido de buen porte se le acerca y, sin más preámbulos, le espeta:

—¿Conoce usted a un contratista de obras llamado Gutiérrez?

—Como no soy de aquí no le conozco a nadie —responde el muchacho, sencillote.

Y es verdad. El joven Armental es corrubedano. Trabaja en un barco de Bouzas de nombre Amable perteneciente a lo que en pesca se llama pareja: dos embarcaciones a vela arrastrando por la popa y a la par una red en forma de copo.

—Es que me sucedió una cosa que me ha contrariado bastante —profiere el otro—. Yo llegué esta mañana de Zaragoza y, en la estación, entregué a un maletero el equipaje. Como él me había dicho que era costumbre cobrar por adelantado, le pregunté cuánto le debía. Dos pesetas, me respondió, y le entregué un duro [para los millennians: 5 pesetas]. Es el caso que por no tener cambio iba a efectuarlo y se marchó con el dinero y la maleta.

En esto aparece un hombre bien trajeado de unos 45 años que pasa por el lado de los dos. Y la cosa se pone interesante.

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Una antigua imagen de la calle Capitán Galán, hoy Príncipe

El de Zaragoza detiene al dandy y le pregunta por el tal Gutiérrez, contratista de obras.

—Yo personalmente no conozco a ese señor —responde—, pero en cambio tengo algunos amigos que se dedican a ese negocio y es muy probable que pueden dar una referencia de la persona a quien busca.

Los tres se ponen en marcha y el de Zaragoza les explica el motivo de su estancia en aquella ciudad.

—Tengo una hermana que se escapó de casa llevándose bastantes alhajas y dinero para venir a vivir con su novio, que es el Gutiérrez de que les he hablado. Mi madre se casó por segunda vez, y ella y yo somos hijos del primer matrimonio. Nos hemos enterado de que residía en Vigo y, aprovechando que mi padrastro salió para Barcelona con objeto de efectuar unos negocios, y que amenazó a mi madre con abandonarla si mi hermana volvía a vivir con nosotros, tomé inmediatamente el tren para esta ciudad con objeto de entregarle diez mil pesetas para que ella pueda vivir honradamente, pues parece que Gutiérrez la ha abandonado. Y ahora desearía encontrar en Vigo una persona honrada que se encargara de este menester.

Tras escuchar la perorata, el hombre trajeado agarra por la chaqueta a Armental y, en un aparte, le propone un sucio negocio: hacerse pasar por los tutores de la hermana para quedarse con la pasta…

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La historia que os estamos contando apareció en El Pueblo Gallego, diario editado en Vigo entre 1924 y 1979. Se publicó el domingo 8 de octubre de 1933. La noticia salió dos veces en la misma página. Una, titulada «¿Conoce Vd. a Gutierréz?», contiene el dibujo de un marinero. La otra, mucho más breve, abre con un simple: «Un cándido». Ambas incurren en el mismo error al escribir Armentel el apellido del corrubedano.

Pero pese a esta doble presencia es inevitable que los ojos se nos vayan a otra parte… las córneas disparadas hacia las doce letras mayúsculas que, inmensas, componen en el centro superior de la página las palabras RAQUEL MELLER en alusión a la más rutilante femme fatale de la industria del espectáculo que dio España en aquellos tiempos (se dice que Charles Chaplin le tiró los tejos y recibió calabazas, tanto en lo pasional como en lo profesional, donde la vedette rechazó coprotagonizar según unos Luces en la ciudad y según otros el filme que sobre Napoleón el genio londinense quiso pero nunca logró hacer). La musa estaba a punto de recalar en Vigo por primera vez (¡EL ACONTECIMIENTO ARTÍSTICO MÁS GRANDIOSO DEL AÑO!), concretamente el martes en el teatro García Barbón.

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Y ahora la acción se va a trasladar al monte del Castro

Oída la deshonesta proposición, el de Corrubedo responde que no es hombre de letras ni entiende de estos asuntos, pero el otro es persuasivo y nuestro paisano, al final, cede.

El de Zaragoza exige una fianza antes de soltar la plata. El hombre bien trajeado está a dispuesto a aportar 3.000 pesetas. Armental, 250. Se avienen en el pacto y llegados al monte del Castro introducen el dinero en un sobre donde meten también las 10.000 pesetas de marras. El sobre se lo ofrecen al corrubedano.

Surge entonces una nueva cuestión: hay que plasmar el acuerdo en un documento. Encomiendan a Rafael la tarea de comprar papel de oficio y le aseguran que lo van a esperar paseando por allí mientras cumple con el encargo. Al regresar, los tipos no están y él, coitadiño, los busca como loco por toda la ciudad con miedo de que piensen que se ha querido escabullir con todos los cuartos.

Ya en su casa abre el sobre y ¿qué encuentra?… un periódico doblado. Nuestro vecino se pone a razonar y llega a la conclusión de que el hombre bien trajeado ha querido estafarlos a él y al de Zaragoza. Supone a este último en vías de coger un tren que lo lleve de vuelta a su mañica ciudad y marcha raudo a la estación para comunicarle la desgracia. No lo encuentra, claro. Entonces acude a comisaría donde —finaliza uno de los dos textos de El Pueblo Gallego— «le digeron la verdad de lo sucedido y le abrieron los cándidos ojos».

Y aquí termina la historia. Quisiéramos contaros que los dos timadores fueron pillados y que el inocente Armental pudo recuperar su dinero y, tal vez, aprender una edificante lección. Pero nada sabemos de ello. Sí sabemos el programa del debut de Raquel Meller, que se inició con la proyección de la película inglesa El vengador, con Ivor Novello y Elisabeth Allan, y, a continuación, el momento estelar: la interpretación por parte de gran dama del cine y de la canción de muchos de los temas que la habían elevado a la gloria, como El Relicario, Doña Mariquita o La Violetera.

Con pocas esperanzas nos pusimos a buscar algo más sobre este Rafael Armental. Saber qué le había deparado la vida a nuestro joven marinero.

Más nos valía no haberlo hecho.

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