Las leyes de la hospitalidad y otros peligros

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Las vueltas que da la vida, el destino se burla de ti, Atila

Corría el año 453 cuando Atila, rey de los hunos, celebró su sexta boda con una hermosa princesa goda llamada Ildico. El enlace se produjo en el palacio de madera que el apodado Azote de Dios poseía a orillas del río Tisza, afluente del Danubio, donde se preparaba para invadir Constantinopla y ponerle los puntos sobre las íes al emperador Flavio Marciano Augusto, quien había osado dejar de pagarle tributo.

Cuentan que Atila, hombre habitualmente parco en vicios, brindó con vino con cada uno de sus muchos invitados y después se marchó con su nueva esposa al lecho nupcial. ¿Y qué tiene esto de particular? Bueno… Pues que si John Bonham, batería de Led Zeppelin, y Bon Scott, vocalista de AC/DC, perecieron ahogados en sus propios vómitos después de sendas noches de moña criminal, el caso de Atila fue aún más sangrante: murió víctima de una hemorragia nasal tras tumbarse boca arriba a dormir la mona, asfixiado por sus leucocitos, eritrocitos y plaquetas mientras roncaba encerrado en una nube de estupor etílico que lo dejó K.O. para alivio de la hierba de los imperios de Roma (de oriente y occidente).

El post de hoy va de otra borrachera proseguida de ahogamiento mortal. Nuestro héroe, claro, no era ningún gran conquistador ni tampoco una estrella del rock molona. Nuestro héroe, José Barbeito, era alguacil del Juzgado de Primera Instancia de Noia. Y este fue su agridulce final…

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A falta de foto del antiguo juzgado de Noia, os mostramos donde está el actual

Tal vez la gente joven no lo sepa, pero hasta finales de los años 80 del siglo XX el juzgado de Ribeira no pasaba de ser un mero auxiliar del de Noia. Juzgado de Distrito, así lo denominaban —y antes de eso Juzgado Municipal— en contraposición con los flamantes Juzgados de Primera Instancia que eran los que de verdad te hacían hinchar el pecho.

Los hechos ocurrieron el lunes 26 de agosto de 1907, justo el mismo día en que mil kilómetros al norte se estrenaba el mítico RMS Lusitania, el trasatlántico más grande del momento, que fue torpedeado ocho años después por un submarino alemán U-Boot ocasionando 1.198 muertos y precipitando la entrada de unos conmocionados Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial.

José Barbeito se había acercado hasta Corrubedo para notificar a varios vecinos del pueblo una diligencia del juzgado. A eso se dedicaban los alguaciles —en la Edad Media se llamaban muy gráficamente andadores—: a cumplir tareas de mensajería, amén de otros menesteres como servir de conserjes en la sede judicial o velar por la paz en los litigios.

Nuestro protagonista no debía de ser bisoño en su trabajo. Tenía 78 años, dilatando hasta lo imposible la edad de jubilación. El caso es que según cuenta La Correspondencia Gallega, periódico pontevedrés, el buen hombre vino a topar en el ejercicio de sus funciones con la proverbial hospitalidad corrubedana: «Había salido Barbeito en la mañana del día 26 a Corrubedo con objeto de notificar á varios vecinos de aquel punto una diligencia del Juzgado, y aceptando los obsequios de éstos, concluyó por salir completamente alcoholizado».

Nos lo estamos imaginando. Caña de herbas, viño da casa, licor café, esa botella de coñac que se reserva para los invitados… Cuando un corrubedano te quiere agasajar podéis ir preparando el bicarbonato. Y aun más en aquella época en la que no había teléfono ni radio ni televisión ni por supuesto redes sociales —lo más parecido a Facebook era el bando del alcalde— y se sabía valorar el peso de una jugosa conversación.

Total, que cuando el señor Barbeito emprendió el viaje de regreso a Noia iba absolutamente enchoupado. Su pérdida del sentido de la orientación tuvo que ser notable pues, en lugar de enfilar hacia Porto do Son, que sería, creemos nosotros, el camino más lógico, lo hizo en dirección a Carreira y Aguiño.

Solo así se explica dónde encontraron el cuerpo. En las marismas del Carregal, metido en una charca de una cuarta de profundidad por ocho de extensión, que viene ser algo así como metro y medio de diámetro y veinte centímetros de fondo. Lo hallaron al día siguiente unos labradores que habían ido hasta allí a cargar juncos en unos carros, según informó La Correspondencia Gallega en un texto cuyo títular aun siendo veraz suena un poco a cachondeo: «Ahogado en poca agua».

 

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La noticia publicada el 2 de septiembre de 1907 en La Correspondencia Gallega

En fin, esta es la historia…  y como dijo Sandor CleganeEl Perro, en el capítulo de la semana pasada de Juego de Tronos (y aquí vamos a soltar un spoiler como una catedral), a propósito de la muerte de Thoros de Mir, sacerdote del Señor de Luz malherido por las mordeduras del cadáver de un oso y que después fue incapaz de sobrevivir a la gélida noche mientras él, Jon Nieve y el resto del escuadrón suicida dormitaban aguardando el ataque final de los espectros y caminantes blancos que les rodeaban en el hielo de más allá del Muro… como dijo El Perro, decíamos, tras observar bajo el fulgor sucio del amanecer la plácida faz alcoholizada de aquel beodo hijo de puta que había tenido la suerte de palmarla confortado, reconfortado y anestesiado por el poder beatífico del licor:

—Dicen que es de los mejores modos de morir.

Un buen modo de morir, sin duda, para nuestro casi octogenario alguacil: dormido y ebrio.

Que Dios lo tenga en la gloria.

 

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