Mensaje en una botella

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Ilustración de Édouard Riou para Los Hijos del Capitán Grant de Julio Verne

Hace hoy un año y dos días, cuando aún no sabíamos muy bien qué es lo que pretendíamos con este blog, publicamos un post sobre una vieja noticia trágica a la par que conmovedora: la aparición en una playa coruñesa de un frasco de ginebra dentro del cual un pescador había metido un escrito despidiéndose de su familia después de zozobrar con su lancha a la altura de Corrubedo y darse por muerto.

Las botellas con mensaje son un clásico que ha inflamado la imaginación de afiladas mentes creativas. De Julio Verde a Edgar Allan Poe pasando por Sting / The Police, por no hablar de aquella película con Kevin Costner que, la verdad, no hemos visto.

Bajando a la vida terrena, las costas de este cabo no han sido extrañas a esta clase de fenómenos: recipientes arrojados por alguien en alguna parte con algún propósito que, por las leyes del azar o de la física, han recalado aquí después de surcar los procelosos mares y que, una vez descorchados, contenían documentos redactados en lugares tan lejanos como Croacia o los Estados Unidos o a bordo de un barco en su travesía a Brasil.

Cada uno de ellos guarda una historia que merece ser recordada. Y vamos a empezar por el más antiguo de que tenemos constancia. Uno del que dio cuenta un periódico gallego tal día como hoy hace ya la friolera de 160 veranos, en el año en que el autor de Los Hijos del Capitán Grant —la novela arranca con una misteriosa botella en el vientre de un tiburón— contraía matrimonio con Honorine de Viane Morel: 1857.

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El Iris de Galicia  el 15 de julio de 1857, primer número al mando de Ricardo Puente

Sí. Porque antes de La Voz de Galicia, antes de El Correo Gallego, antes de Diario de Pontevedra, El Progreso o La Región… antes de todos los dinosaurios de papel (menos uno) que se han atrincherado en los quioscos a la espera de que el meteorito de Internet acabe de arrasarlo todo, ya había otros periódicos impresos en nuestro país. Aventuras editoriales con mejor o peor gusto, con mejor o peor suerte, gacetillas para saciar la sed del ciudadano ilustrado del siglo XIX.

Como El Iris de Galicia.

La publicación salió por primera vez el 2 de mayo de 1857 en A Coruña (dieciséis años antes hubo otra con este mismo oftalmológico nombre en Santiago) a iniciativa de José Puente y Brañas, abogado, profesor, burócrata, poeta, enamorado de su patria a la que dedicó un largo canto titulado A Galicia. Le hemos echado un ojo y pudimos comprobar hasta qué punto este hombre a todas luces miope era capaz de idealizar la tierra en que vivió, deformándola a través de sus ovalados lentes como si fuesen espejos en el callejón del Gato.

Un extracto:

«Sus costas saludaron nuevas gentes,
que en Galicia otra Grecia hallar esperan,
y ciudades florecientes
que en paz profunda crecen y prosperan,
y al contemplar los astros explendentes
que en su límpido cielo reververan,
tal vez los campos fértiles helenos
y el dulce y patrio hogar no echaron menos.»

Galicia, heredera de la Grecia clásica. Con un par.

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Genio y figura

Cada miércoles y domingo, el periódico salía a la calle con la misión de colocarse «modestamente al lado de sus hermanos en la prensa para continuar esa gloriosa cruzada, emprendida por ellos con tanto ardor, abnegación e inteligencia en defensa de los intereses y del buen nombre de Galicia». Esta prosa alambicada pertenece a la primera página del primer número de la publicación en lo que era una suerte de declaración de intenciones que hasta citaba elegantemente cuáles eran esos hermanos en la prensa dignos de encomio: El Restaurador en Pontevedra; Boletín Judicial en Coruña; y Miñoel único que subsiste, el decano de hoy…— Faro en Vigo.

Ahora bien, a poco de incorporarse El Iris de Galicia a la gloriosa cruzada ocurrió algo inesperado: José Puente y Brañas, que, coñas aparte, merece un lugar destacado entre los precursores del Rexurdimento, murió el viernes 10 de julio de 1957 a dos días de cumplir los 33 años de edad («una pasión de ánimo le llevó al sepulcro», escribió Manuel Murguía en un artículo muy elogioso sobre el finado).

Y tras un número de transición el domingo 12 en el que se anuncia el óbito sin entrar en detalles y se publica su esquela (lo enterrarán al día siguiente en la iglesia de Santiago en el casco antiguo de A Coruña), un nuevo director se hace cargo de la empresa. Estamos en el número del miércoles 15 de julio cuya primera plana hemos reproducido antes: «Desde hoy —comienza— EL IRIS DE GALICIA verá la luz pública bajo la dirección de D. Ricardo Puente y Brañas, redactor principal desde su fundación».

Los apellidos le delatan. Ricardo era hermano menor del difunto. Un chaval de apenas 22 años que compartía con este su querencia por el periodismo y la literatura… Pues bien, es en este número en que debuta como director donde aparece la botella que nos ha traído hasta aquí.

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La noticia en la última página del número 22

En la página 4. O sea, la última. Veintisiete líneas de texto que no es descabellado atribuir al propio Ricardo Puente pues dudamos de que la plantilla de un periódico de este tamaño precise de 52 plantas a lo edificio The New York Times. Vamos con ello.

«Escentricidad». La palabra que antecede el compacto texto carente de puntos y aparte ya nos da una pista de por dónde van los tiros. Su corresponsal en A Pobra les manda una carta en inglés que había aparecido dentro de una botella en la costa de Corrubedo. Aunque al sacarla de su recipiente la hoja se rasgó por el renglón de la fecha, semeja que es moderna, una vez examinadas las características del papel, la letra y la tinta. Ya alguno en su imaginación vislumbra las últimas voluntades de un náufrago en trance de muerte. Chasco. Traducido el mensaje, no son más que una sarta de frivolidades de un viajero británico que no debía de tener cosa mejor que hacer que importunar a un piloto para que le escribiese en su nombre a su madre, residente en Londres (como todos sabemos, al igual que los salmones las botellas pueden remontar ríos como el Támesis para desovar) unas líneas sobre lo bien que lo estaba pasando y cuántos amigos estaba haciendo en la travesía mientras el barco se estaba acercando al golfo de Vizcaya.

Para acabar de explicar el caso, el periodista no puede evitar un prejuicio y una pizca de sarcasmo: «Parece que los ingleses, en momentos de buen humor, suelen divertirse en alta mar escribiendo cartas y arrojándolas luego al agua dentro de un frasco por solo el gusto de saber si se encuentran algún día y en qué parte. A este al menos se le ha cumplido el deseo».

Reproducimos la noticia en su integridad:

«ESCENTRICIDAD.— Hace algunos días que nuestro celoso corresponsal de la Puebla nos ha remitido una carta escrita en inglés, la cual dentro de una botella había sido arrojada por el mar contra la costa de Corrubedo. Efectivamente, el papel estaba algo salseado, á pesar de que la botella se había encontrada bien tapada. Por capricho de conservar esta entera, la carta se rasgó algo al ser estraída, rompiéndose precisamente el renglón de la fecha: no obstante, se conocía que debía de ser moderna por la clase de papel, carácter de letra y brillantez de la tinta. No faltó quien creyera, y con bastante fundamento, que acaso sería una disposición testamentaria que haría un náufrago al verse en inminente peligro; pero después de traducida resultó ser un conjunto de frivolidades, pues es una carta que un pasajero escribe por medio de un piloto á su madre, residente en Londres, noticiándole que llevaban un tiempo bonancible, que había hecho a bordo muchos amigos, que el capitán esperaba divisar al siguiente día las costas de Vizcaya, etc., etc. Según nos han informado, parece que los ingleses, en momentos de buen humor, suelen divertirse en alta mar escribiendo cartas y arrojándolas luego al agua dentro de un frasco por solo el gusto de saber si se encuentran algún día y en qué parte. A este al menos se le ha cumplido el deseo.»

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Ricardo Puente y Brañas, nótese el parecido…

El Iris de Galicia expió el 7 de octubre de 1857 con el número 46 tras cinco meses y cinco días de viaje. Ricardo Puente y Brañas había abandonado el barco el mes anterior sucediéndole un tal Carlos Muñoz Barroso, director del instituto local de segunda enseñanza. Puente y Brañas gozaría de una brillante trayectoria profesional llegando a ser gobernador civil de León y Alicante y jefe de prensa de la Presidencia del Consejo de Ministros antes de morir en Madrid a una edad también bastante temprana: tenía 45 años.

Ajenos a todo esto, los mensajes embotellados siguieron arribando a las costas de Corrubedo. Algunos, bastantes banales como es el caso. Otros, hasta obligarán a subirse a un avión a algún vecino nuestro para informar a oídos extranjeros de las circunstancias del hallazgo.

Pero todo a su tiempo.

 

[Algunas fuentes consultadas:«Biografía de D. José Puente y Brañas (artículo de Manuel Murguía publicado en El Museo Universal el 30 de agosto de 1857), «José Puente y Brañas» (Galicia Emigrante, agosto-septiembre de 1957)]

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