La estatua del jardín botánico

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Estatua de José Quer en el Real Jardín Botánico de Madrid que él fundó por orden de Fernando VI

Puede que sea una ola, puede que sea un naufragio, puede que sea el faro, puede que sea un ramillete de fotos tomadas en el puerto, pero la gran mayoría de las entradas de este blog tienen un rasgo común: el mar como presencia perenne, obsesiva… Es normal. Siempre lo tenemos ahí, despixelizado, rodeándonos. En este mismo momento, mientras los dedos se desplazan por el teclado, lo estamos escuchando. Lo oiríamos a cada segundo si no estuviésemos tan acostumbrados a él que para nosotros su música suena igual que el silencio. Intuimos que algún día nos acabará por arrasar, sumergiéndolo todo a su paso, indiferente.

Pero como la luna o una moneda, Corrubedo esconde otra cara. Su envés. Corrubedo es también un paraíso en la tierra. Un vergel donde la flora y la fauna se yerguen gráciles e incluso voluptuosas para deleite de biólogos, senderistas y espíritus contemplativos. Hasta hoy permanecimos mudos y ciegos a esta otra dimensión contrayendo una deuda que ya va siendo hora de empezar a saldar.

¿Y cómo lo vamos a hacer? ¿Hablaremos de las dunas, entonces? ¿Del parque natural? ¿Del cúmulo de circunstancias que condujeron a la protección de grandes extensiones de terreno en el cabo? No. Todavía no. Hoy vamos a remontarnos mucho más atrás. Hasta el Siglo de las Luces, en el que un competente cirujano de guerra de ascendencia noble se acabó por convertir en la mayor eminencia en botánica de la España de su tiempo, allá por mil setecientos y pico. Este señor se llamaba José Quer y Martínez y en el empeño de describir y clasificar las plantas del reino también estuvo aquí. En Corrubedo. Oliendo las flores con su notable nariz.

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No sale tan agraciado en esta ilustración

Primero y como es costumbre, unos datos biográficos.

José Quer y Martínez nace el 26 de enero de 1695 en la población de Perpiñán, capital del Rosellón en los Pirineos franceses. Su padre, el teniente coronel José Quer y Copons, muere cuando aquel cuenta 12 años y José queda al cargo de su tío Miguel de Copons, canciller en la Universidad de su ciudad natal, donde cursa medicina y cirugía.

Termina la carrera en 1716 e ingresa en el ejército como cirujano mayor del regimiento de Soria, que paradójicamente estaba afincado en Girona. Allí traba contacto con el boticario Joseph Jansana, quien le instila el virus de la botánica, una disciplina por la que ya sintió atracción en su etapa de estudiante.

Quer viajará con su regimiento de un sitio para otro y no perderá ocasión para estudiar la vegetación allá donde acampe y ponga los pies. Por ejemplo, lo veremos en 1732 en el norte de África, donde participa en la toma de Orán que expulsa de allí a las tropas otomanas. Lo veremos un año después en Pisa, donde escucha las lecciones de Michelangelo Tilli, director del orto botanico allí radicado, el más antiguo del mundo. Lo veremos en 1737 en Madrid pateando las sierras de los alrededores y montando un incipiente jardín en la casa del duque de Atrisco. Y lo veremos entre 1742 y 1746 de nuevo en la bella Italia, donde, además de dirigir dos hospitales de campaña y asistir al anfiteatro anatómico en la Universidad de Bolonia, recibe clases de botánica del insigne profesor Joseph Monti. Su corazón está cada vez menos con la medicina y más con las plantas. Se emplea a fondo. Su fama vuela.

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En su etapa de cirujano de guerra participó en la toma de Orán contra las tropas otomanas

Damos la bienvenida a 1755, año clave en su vida. Conocedor de sus dones, Fernando VI le encarga la fundación del Real Jardín Botánico de Madrid al estilo de los que tenían otros monarcas del continente y lo nombra su primer catedrático. Quer abandona para siempre la cirugía y se concentra en su pasión, promoviendo su enseñanza y emprendiendo razzias científicas que lo llevarán por Galicia, Asturias, León y Burgos para recoger nuevas especies destinadas a la flamante huerta de Su Majestad, inaugurada en Aguas Calientes, que se suman a las muchas que ya había coleccionado durante su época castrense. Se dice que 2.000 ejemplares formaban su herbario.

Fruto de este ingente labor nacerá su obra más ambiciosa: Flora Española o Historia de las Plantas que se Crían en España (por el autor D. Joseph Quer, Cirujano de S.M., Consultor de Sus Reales Exércitos, Académico del Instituto de Bolonia, de la Real Médica Matritense, y Primer Professor de Botánica del Real Jardín de Plantas de Madrid: ahí queda eso). Publicará cuatro tomos a partir de 1762, más de 1.500 páginas, pero la descomunal empresa quedará truncada con su muerte en 1764 y será su colega y sucesor Camisiro Gómez Ortega quien, por orden de Carlos III, la retome y complete veinte años después con otros dos volúmenes redactados a partir de lo que Quer había dejado manuscrito.

Y llegamos a Corrubedo.

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La primera referencia a Corrubedo de Quer aparece en este tomo de su Flora Española

Hemos de esperar al tomo tercero para hallar la primera referencia a nuestro pueblo. Concretamente, a su página 146, en la que menciona un viaje en 1761 que le permitió recoger semilla de una especie llamada Aster Tripolium «en unos prados y pantanos bañados de la agua del mar entre el Puerto de Santa Eugenia y Corrubedo». Su destino, claro, el jardín real. En la página 409 del volumen cuarto volvemos a toparnos con el nombre del cabo porque el señor Quer observó de forma «abundantísima» en nuestros arenales otra planta denominada Soldanella o Brassica Marina.

Más fecunda es la aparición de Corrubedo en la Continuación de la Flora Española o Historia de las Plantas de España que Escribía Don Joseph Quer, que así se titula la parte gestionada por el doctor Casimiro Gómez. La Gnaphalium maritimum que se cría con abundancia en los arenales de Corrubedo (tomo V, pág. 172). La Kali, feraz en nuestros pantanos (tomo V, pág. 288). Y la Medica marina que crece en nuestras playas (tomo V, pág. 411).

¿De qué aspecto son estas plantas? ¿Se siguen dando hoy? Para contestar a estas preguntas hemos recurrido a una obra contemporánea: Guía da flora do Parque Natural do complexo dunar de Corrubedo e lagoas de Carregal e Vixán, de Íñigo Pulgar Sañudo. Y comprobamos que de las cinco especies citadas se recogen tres…

La Calystegia soldanella L., campanilla de las dunas o correola de praia:

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Herbácea vivaz, hojas pecioladas, flores pedunculares con pétalos soldados en forma de embudo

La Salsola kali L., barrilla borde o barrilleira:

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Tallos verdes de hasta 40 centímetros, hojas carnosas terminadas en una espina, flores membranosas

Y la Medicago marina L., carretón de playa o lucerna das praias:

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Herbácea vivaz, hojas pequeñas y trifoliadas, flores amarillas, fruto enroscado en espiral

Para acabar, nos gustaría poder decir que José Quer se convirtió en un referente simpar para los biólogos venideros, un must en los libros de texto, el Newton de la hierba… Pero no. Porque mientras el cirujano despuntaba entre los naturalistas patrios un tal Carl Nilsson Linnæus, sueco él, estaba poniendo patas arriba los principios de la profesión. Este señor (aquí lo bautizamos como Linneo) propuso un revolucionario sistema sexual de clasificación de las plantas con una nomenclatura binomial en género y especie, lo que chocaba de frente con sus colegas hispanos, defensores de los planteamientos formulados a finales del siglo anterior por Joseph Pitton de Tournefort.

Los científicos del terruño —Quer a la cabeza— no daban su brazo a torcer. El sueco había calificado una vez de «barbarie botánica» lo que se estaba produciendo en España, una afirmación que no había sentado muy bien por estos lares y se la tenían guardada. Las cosas pudieron haber tomado otro rumbo cuando el más aventajado discípulo de Linneo, Pehr Löfling, nos fue enviado en 1751 por expresa petición de un Fernando VI deseoso de extender en su reino los aires de la Ilustración.

El recibimiento que se le dispensó no fue caluroso que digamos, pero el muchacho era tenaz y poco a poco fue haciendo avances en su misión evangelizadora. Botánicos como Joan Minnuart, Miguel BarnadesJosé Ortega empezaron a mirar con mejores ojos el sistema linneano; pero nunca Quer, que no se apartó un centímetro de sus ideas tournefortianas y trató al advenedizo con adusta sequedad, impermeable a lo nuevo. Como dijimos, todo pudo concluir de otra manera, pero Löfling fue comisionado a América para liderar una expedición científica y allí murió en 1756 de unas fiebres tropicales sin poder culminar con éxito su apostolado. Tenía 27 años, igual que Jim Morrison y Kurt Cobain.

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Pehr Löfling, el hombre que pudo haberlo cambiado todo

Por supuesto, el mundo siguió girando y, aunque tarde, los postulados linneanos se acabaron por imponer empequeñeciendo con ello la figura de Quer y caducando rápidamente su Flora Española. Aun así no debemos desdeñar su legado. Dejó un exquisito herbario, el mejor del país, y una fabulosa biblioteca de 1.120 volúmenes. Y dejó sobre todo el Real Jardín Botánico de Madrid: una institución que continúa rebosando vitalidad en su actual emplazamiento junto al Museo del Prado, donde la trasladó Carlos III cuando la parcela de Migas Calientes no dio para más. En 1866 fue erigida una escultura en homenaje a su fundador, obra del compostelano Andrés Rodríguez. Aún sigue allí, observándonos.

…Y ya. Esta fue la historia de un hombre de ciencia que hace 256 años anduvo por aquí, por un Corrubedo que imaginamos muy distinto… alguien que en cierto modo encarnó la idiosincrasia de un país que por sus pecados llegó tarde a la botánica moderna, como después llegó tarde a la revolución industrial, como después llegó tarde a la televisión, como después llegó tarde al rock & roll, como después llegó tarde —siete años tarde— al género híbrido del videoclip.

Porque… ¿adivináis cuál fue el primero que se hizo en España?

[Algunas fuentes consultadas: Flora Española o Historia de las Plantas que se Crían en España (José Quer), Continuación de la Flora Española o Historia de las Plantas de España que Escribía Don Joseph Quer (Casimiro Gómez Ortega), Guía da flora do Parque Natural do complexo dunar de Corrubedo e lagoas de Carregal e Vixán (Íñigo Pulgar Sañudo), La Biblioteca de José Quer. Un botánico ilustrado en la España del siglo XVIII (Eugenia Insúa Lacave)]

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