El hombre a quien la muerte dio tres citas

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La primera cita de Santiago con la muerte tuvo lugar en este barco cuando se llamó Luisa

Como si de una spin-off se tratase hoy vamos a relatar la historia de un oscuro tripulante de un buque que, este sí, ya había despertado nuestra atención y protagonizado un post: el Cabo Oropesa, aquel carguero hundido frente a la costa de Corrubedo por la embestida incomprensible de un navío escandinavo.

La noticia la hemos descubierto en un diario cordobés, La Voz, pero tiene por escenario una taberna de A Coruña. Salió publicada el 9 de enero de 1930 y el texto está tan jodidamente bien escrito, nos sumerge de tal modo en la conversación del náufrago con su entrevistador, que no vamos a ensuciarlo con nuestras manazas.

Lo vamos a reproducir tal cual. A lo más que nos atrevemos es a intercalar algunas imágenes alusivas a lo que el navegante está contando: unas fotos y un recorte de prensa que, salvo alguna imprecisión en las fechas, nos confirman la dramática veracidad de lo que rememora Santiago. Un marinero. Uno de tantos…

El artículo dice así:

«El hombre a quien la muerte dio tres citas

Buques perdidos — Frente al hombre

Y de las tres salió él con bien. Es un personaje vulgar, un náufrago, uno más entre los que casi a diario llegan a puerto después de escapar milagrosamente con vida de un abordaje o de una varadura. El inglés Hawkinge encalló hace pocos días en Finisterre y se perdió totalmente. En el Arlanza llegaron los náufragos del italiano Cosmona, hundido frente a Cuessant. El Antonio García fue abordado y echado a pique por un griego. Finalmente el noruego Ciss, abordó al Cabo Oropesa, y le hundió en ocho minutos frente a Corrubedo, en la costa gallega. Así, estos días anduvieron tantos náufragos por la ciudad, con ese aire desmañado de la gente que lleva ropa prestada, porque ellos bastante hicieron con salvar el pellejo. Y el mar bastante hizo que no se lo quiso tomar. Uno de los marineros del Cabo Oropesa, naufragó ya tres veces. Por eso nos parece que tendrá algún interés el relato de ese oscuro nauta, a quien hemos arrastrado hasta la mesa de una taberna de gente de mar.

— Tres veces naufragué, con esta. Una en tiempos de paz; las otras dos cuando la guerra. Una vez, un submarino alemán…
— Cuente, cuente…
Pero él sorbe sencillamente el vinazo de su vaso y no se da importancia.
—No es nada. Total, tres veces. Conozco algún lobo de mar que ha naufragado seis o siete…
Este no es un lobo de mar. Para eso aún le faltan años…
—Tengo treinta y cuatro —dice…—; pero desde los catorce ando en el mar. No he tenido tiempo para nada.

Es alto, membrudo, el rostro atezado y amorenado por el sol y el viento marinos. Tiene un nombre vulgar: Santiago García, y embarcó a los catorce años de grumete en un queche gallego; pero a nosotros nos interesa especialmente esa insistencia con que la muerte le ha llamado. La primera vez fue, lo recuerda muy bien, a bordo del Luisa.

Un torpedo hunde al Luisa. Un temporal pierde al Virtudes

—El Luisa, sí, un buque español de 6.000 toneladas. Buen buque. Fue el 12 de abril de 1917, en plena guerra europea. Íbamos de Bilbao a Liverpool, con carga general: bocoyes, fruta, licores… A la una y diez de la tarde un submarino alemán nos torpedeó sin previo aviso, en el canal de Bristol. Y el torpedo estalló en el centro del buque y destrozó al tercer maquinista y a dos fogoneros. El Luisa tardó cinco minutos en irse a pique; pero tuvimos la suerte de que nos recogiera un pesquero inglés, que nos llevó a su país. Después fuimos a Londres, donde estuvimos 28 días sin poder regresar a España.
—¿Mucho pánico?
Nos mira de frente, con esa serenidad de quien ya ha visto la muerte muy de cerca:
—Sí, claro, mucho.

ub74
Este es el submarino que hundió al Luisa: el UB-74, que solo duró un mes más.

—¿La segunda vez?
—Fue a bordo del velero inglés Virtudes, frente al cabo Trafalgar. Íbamos de Cines (Portugal) a Gibraltar, en lastre. No fue un submarino, sino el temporal, que después de destrozar los mástiles de la nave, nos echó a pique. Nadie se ahogó.

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El naufragio del Virtudes en El Telegrama del Rif

La tercera cita

—¿Y ahora?
—Ahora navegaba el Cabo Oropesa con densa niebla, frente a Corrubedo. Marchábamos con gran precaución, quizá a menos de tres millas. De pronto, se nos echó encima un barco griego, a toda velocidad. Echamos un bote y lo perdimos. En el otro, único que nos quedaba, nos dirigimos todos al griego.

Nuestro náufrago calla algo. Calla que cuando ya estaban todos en el bote salvavidas, el capitán ordenó un recuento y vio que faltaba Santiago.

Volvieron a bordo del Cabo Oropesa, que se hundía por momentos, y encontraron a Santiago lleno de tranquilidad, dedicado a recoger su ropa. Estaba tan acostumbrado a esos pequeños accidentes, que son los naufragios, que ya no les daba importancia alguna. Por eso fue el único náufrago que se salvó con dos gabanes y dos trajes. Pero él no da interés a este hecho. Sin duda cree que su vasta experiencia de náufrago le autoriza a tomarse ciertas confianzas con el mar.

Tuvo más contratiempos marítimos, mas no se da prisa en contarlos. Navegó por todos los mares, fue de China a los Estados Unidos, de Rusia al Japón, de Egipto a la Argentina, en barcos españoles, ingleses e italianos. Precisamente navegaba en un italiano de Nueva York a Génova, cuando un temporal les rompió el bote salvavidas y un mástil.

Insistimos para que nos cuente más anécdotas de la guerra. Frunce las cejas con ese pliegue peculiar de los marinos, habituados a escrutar a larga distancia, y recuerda:
— Durante la guerra íbamos en el Miguel Echevarrieta, de Bilbao a Nueva York, con carga general; frente a Ribadeo emergió un submarino alemán y disparó un cañonazo para que nos detuviéramos. Examinó la documentación y la encontró en regla; pero nos ordenó que nos volviésemos a Bilbao, porque de los contrario nos torpedearía. Otra vez un ciclón nos dejó en situación tan peligrosa, que decidimos abandonar la nave. Cuando ya estábamos en los botes salvavidas, el temporal amainó y pudimos volver a bordo. No crea; pero todavía tengo el miedo en el cuerpo.

— Y ahora, ¿otra vez a navegar? (A naufragar, se nos ocurre).
Se encoge filosóficamente de hombros:
—¿De qué vamos a vivir, si no?
Y no parece tener mucha seguridad de que las olas no se lo llevarán algún día.

V. Fernández Asís.

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La noticia publicada el 9 de enero de 1930 en el periódico cordobés La Voz

V. Fernández Asís. O sea. Victoriano Fernández Asís. En aquel entonces un talentoso periodista coruñés de 24 años y con el tiempo uno de los referentes del oficio: prócer en la radio, pionero en televisión, hombre fuerte en Prado del Rey, presentador del telediario, ganador de un Premio Ondas, maestro en la universidad de algunos de los profesionales más descollantes del ramo, en fin, figura asociada al régimen que proyecta para unos luces y para otros sombras.

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Fernández Asís acabó siendo uno de los periodistas más influyentes en Radio Televisión Española

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