Una caída real en la plaza de Oriente

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El protagonista de nuestra historia cabalgando en 1906

«Defensa numantina». «Más moral que el Alcoyano». «Coger las de Villadiego». «Armar la de San Quintín». Cuántas veces no habremos oído expresiones de este tenor en las que por una cosa u otra ciertas localidades que algunos seríamos incapaces de señalar en un mapa han logrado inocularse en el habla popular. Algo así, creemos nosotros, pudo haber estado muy cerca de pasar con Corrubedo… Si no, no se entiende que todo un señor periódico de la villa de Madrid invocase el topónimo de nuestro pueblo para dar más énfasis a una queja motivada por cierto acontecimiento acaecido en la capital que pudo acarrear consecuencias muy graves. La soflama se publicó el 4 de enero de 1906 y el cuasidesgraciado suceso no tuvo como víctima a un ciudadano cualquiera. Qué va. Su protagonista fue el mismísimo Alfonso León Fernando María Jaime Isidro Pascual Antonio de Borbón y Habsburgo Lorena. El décimo tercero de su nombre, que dirían en Juego de Tronos.

Vamos a ponernos en situación porque los hechos tienen su miga y de paso aprendemos un poco de historia.

Las cosas ocurrieron así. A la una y media de la tarde del miércoles 3 el joven Alfonso XIII salió del Palacio Real con la intención de dirigirse a Getafe, donde tenía previsto pasar revista a las fuerzas de artillería allí acantonadas. El monarca montó a caballo en la Puerta del Príncipe y salió a la plaza de Oriente seguido de los infantes don Carlos de Borbón y don Luis Fernando de Orleáns.

Que eran este:

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El infante Carlos de Borbón y Borbón, bisabuelo por cierto de Felipe VI

Y este:

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El disoluto Luis Fernando sería desposeído en 1924 de su título de infante por un caso muy turbio…

Vestía el rey uniforme de campaña de artillería con las divisas correspondientes a su alta jerarquía militar, en tanto que el infante don Carlos había optado por el de general de brigada y el infante don Fernando por el de capitán de húsares de Pavía. Unos figurines los tres.

A la altura de la garita donde prestaba servicio el centinela de caballería la montura de su majestad resbaló y cayó, armándose un buen pitote. Los ayudantes del monarca —señores Elorriaga y conde del Grove— y los de los infantes —marqués de Hoyos y conde de Fuenrubia— salían en aquellos momentos de palacio y, alarmados por el soberano traspié, se lanzaron raudos al lugar del accidente seguidos del picador mayor, señor Corona.

El revuelo fue in crescendo, puesto que de forma simultánea al resbalón regio también sucumbió el caballo del infante Fernando. Sin embargo no hubo que lamentar daños personales: el primero, en el cénit físico de sus 19 años, fue capaz de desestribarse y caer de pie, mientras que el segundo obligó a su animal a levantarse tras ceder los cuartos traseros.

Una turbamulta de curiosos rodeaban a los accidentados. Al llegar los ayudantes reales y demás comitiva, el caballo de unos de los palafreneros resbaló también y arrastró al jinete consigo, que quedó debajo del animal, completando una secuencia digna de un vodevil.

Finalmente todo quedó en un susto. El rey y sus acompañantes continuaron camino hasta Getafe, de donde regresaron a la caída del sol, y aún tuvo tiempo su majestad de asistir esa misma noche a una función en el teatro Lara en compañía del príncipe Adalberto de Baviera. El programa: Los malhechores del bien y Matrimonio civil.

Un sector de la prensa madrileña no dejó escapar la ocasión para poner a, nunca mejor dicho, caer de un burro al alcalde Eduardi Vincenti (que era coruñés, por cierto) y clamar contra el deficiente estado del pavimento de la capital. Para entender su indignación hay que olvidarse de que hoy en día el asfalto parece brotar bajo nuestros pies. En aquel entonces aún estaba en franca competencia con otros materiales como el entarugado de madera, el adoquinado de granito o el pedernal, y no era santo de la devoción de todos.

Y es aquí donde entra a jugar el texto que, publicado en el diario El Globo, da sentido a que os hayamos traído esta historia. Dice así:

«Las caídas que sufrieron ayer los caballos del Rey, del infante D. Fernando y de algunos individuos de la comitiva real, habrán hecho fijarse al alcalde y a los ediles en los inconvenientes del asfaltado en clima como el nuestro. Milagrosamente no acaecen a diario miles de desgracias en las vías céntricas, por cuyos pavimentos hay que pasar gimnásticamente caminando para no resbalar y con más precauciones que barco en Corrubedo para no ser atropellado.

No tuvo consecuencias desagradables por fortuna, la caída del Rey y del infante; pero anoche el público de Lara se fijó en que S.M. cojeaba un poco, lo cual prueba que el golpe fue bastante enérgico.»

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Criticando el deficiente pavimento municipal el 4 de enero de 1906. Nada nuevo bajo el sol.

«Con más precauciones que barco en Corrubedo». He ahí la expresión que ha llamado nuestra atención y que da una idea de que hasta qué punto en el imaginario colectivo de principios del siglo XX había arraigado la idea de que aquí, en Poniente, había un cabo por el que era complicadísimo navegar. Qué poco debió de faltar para que subiese al refranero.

Por cierto, 1906 tuvo que ser un annus horribilis para Alfonso XIII. Cuatro meses después del susto en la plaza de Oriente, el monarca se casó. Y mientras el cortejo nupcial se dirigía a palacio sufrió un atentado a la altura de la calle Mayor: un anarquista, Mateo Morral, le lanzó una bomba camuflada en un ramo de flores. Murieron 23 personas. El Borbón salió indemne y su esposa, Victoria Eugenia de Battenberg, se presentó ante los invitados con el vestido de novia manchado de sangre… A punto estuvo de ser su Boda Roja.

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Momento en el que los caballos de la carroza nupcial se desbocan tras estallar la bomba (ABC)

Valar Morghulis.

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