Después del Debonair

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María, el niño, ella, Alejandro, Agustín

Desde el preciso instante en que, el miércoles 9 de enero a las 04.24, hora local, recibimos aquel comentario todos nuestros planes se fueron al traste. En aquel momento aún no lo sabíamos, claro, no somos tan noctámbulos —o no siempre— ni tan madrugadores —nunca—, pero cuando nos despertamos y vimos en el móvil la notificación y leímos aquellas líneas en inglés, comprendimos que el post que desde hacía más de dos años teníamos planeado nunca se haría realidad, que los dedos no se iban a desplazar por el teclado para construir aquella historia que reservábamos para una ocasión especial.

El comentario fue publicado en el artículo titulado «Salvar el Debonair, un pueblo en misión humanitaria». Lo enviaba alguien llamado Kay. Poco más de doscientas palabras que nos dejaron aturdidos para toda la jornada, tratando de cumplir con nuestras pequeñas rutinas mientras una parte de nosotros se esforzaba en ponerse en los zapatos de nuestra inesperada mensajera (put on someone’s shoes, expresión anglosajona para denotar empatía) en un intento vano, fútil, de sentir lo que ella sintió al leer nuestro relato: el de la verídica aventura de una pareja de padres primerizos que, una tormentosa noche otoñal de 1960, encalló con su yate en la playa de A Ladeira mientras se dirigía a las Bahamas y la colosal operación de rescate de la embarcación (Debonair era su nombre) impulsada por los habitantes de Corrubedo, proeza que se convirtió en un acontecimiento mediático en todo el país y mereció la concesión a título colectivo de la medalla de la Sociedad Española de Salvamento de Náufragos, condecoración que sigue con nosotros, preciosa, lozana, prendida en el manto de la Virgen del Carmen a solo unos metros del monolito que con objeto de conmemorar el medio siglo de aquella gesta se erigió en 2010 en el exterior de la iglesia parroquial.

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Dos focas y un destino

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Una de ellas, en fotografía publicada en Diario de Arousa por Chechu López

Y ese destino es la UCI, la Unidad de Cuidados Intensivos que la Coordinadora para o Estudo de Mamíferos Mariños (Cemma) tiene en Nigrán, un santuario donde a veces los milagros ocurren.

Fueron dos crías de foca gris, cada una de las cuales adoptó el nombre del lugar donde fue localizada. A una la llamaron Barizo, pues apareció en este puerto malpicán. A la otra, la que nos atañe, la bautizaron Balieiros.

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Corrubedo, once siglos

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Concordia de Antealtares, primera referencia escrita al hallazgo del sepulcro del Apóstol

El principio de esta historia es harto conocido. Hacia el año 813, un tal Pelayo, eremita él, vio que una estrella refulgía de un modo extraño encima del bosque Libredón y corrió a contárselo al obispo Teodomiro en su diócesis de Iria Flavia. Ambos regresaron al sitio en cuestión y descubrieron uno de los mayores tesoros de la cristiandad: en una antigua necrópolis romana yacía el sepulcro de Santiago el Mayor junto a las tumbas de dos discípulos, Teodoro y Anastasio, aquellos que —decía la leyenda— habían traído a este confín el cadáver del Apóstol a bordo de una balsa de piedra tras ser decapitado en Judea por soldados de Herodes Agripa. Informado del milagroso hallazgo, el rey astur Alfonso II ordenó construir sobre aquel lugar una modesta capilla. Fue el corazón del Locus Santi Iacobi, la meta de todas las rutas jacobeas, el punto en que centurias más tarde se habría de levantar una catedral.

No es tan conocido que aquel mismo Alfonso II, apodado El Casto —tenía esposa pero nunca cohabitó con mujer—, hizo venir a doce monjes benedictinos con la misión de custodiar las sagradas reliquias. Para ellos se edificó un cenobio, una endeble instalación de piedra, madera y barro situada unos metros a oriente de donde reposaban los huesos santos, cerca de tres altares consagrados al Salvador y a San Pedro y San Juan que explican el nombre con que fue bautizada: Antealtares. El convento tuvo a Ildefredo de primer abad y, además de cuidar el sepulcro, debió asumir la responsabilidad de rendir culto al Apóstol celebrando misas en su honor, cantando oficios y atendiendo a los peregrinos que, aún escasos a mitad del siglo IX, acudían de tierras hispanas no sometidas por el Al-Andalus.

Y lo que, hasta hace bien poco, solo era conocido por un puñado de eruditos e investigadores de la Alta Edad Media, es lo que relataremos a continuación. El hecho que va a provocar que, desde esta misma medianoche, cuando los relojes de Praza do Obradoiro y de la madrileña Puerta del Sol den las doce campanadas, Corrubedo vaya a estar todo el año en traje de fiesta.

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Relato de un náufrago (versión original)

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Aquí empezó todo

En la fachada del Waterford Marina Hotel, en Canada Street, hay una placa azul. Se trata de uno de esos letreros tan característicos del Reino Unido con los que buscan poner en valor su patrimonio histórico. Lo mismo identifican la casa en que vivió Freddy Mercury que el sitio de Londres sobre el que cayó el primer misil V1 en la Segunda Guerra Mundial que el inmueble de Baker Street donde Sherlock Holmes tenía su residencia/despacho (planta primera del 221B).

Nosotros nos encontramos en la verde Irlanda y el rótulo recuerda que allí se erigió una vez un astillero llamado Neptune. «Cuarenta barcos de vapor de hierro fueron construidos —explica el texto—. Cinco de ellos grandes cruceros oceánicos para los Malcomson».

Uno de esos cuarenta barcos de vapor fue la (para la prensa de nuestro país) desconocida nave naufragada en Corrubedo en 1881 a la que hicimos mención hace mes y medio cuando escribimos la versión española del relato de un náufrago. Un náufrago al que, por cierto, le vamos a poner nombre: John Fitzpatrick. Ya iba siendo hora de contar lo que él dijo.

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Anatomía de un sexto premio

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Lotería decimonónica en el semanario La Ilustración Española y Americana

Estábamos con un ojo puesto en el televisor, medio mirando el anuncio del tipo atrapado como Bill Murray en un sempiterno 22 de diciembre, acordándonos del calvo de la Lotería y de un tiempo pasado que fue mejor o, al menos, con más pelo y menos canas, cuando nos hicimos la pregunta del millón: «¿Tocó el Gordo alguna vez en Corrubedo?»

Nos pusimos a rebuscar entre los periódicos viejos. Repasamos los meandros de mil historias de vidas sonreídas por la fortuna, de rostros desencajados por la alegría entre géiseres de champán. Nos obcecamos en la caza de algún vecino nuestro que hubiese sido agraciado con el más esplendente de los regalos navideños anunciado por los huérfanos de San Ildefonso. Y no. No lo hubo. O si lo hubo, se supo esconder muy bien de la rapacidad periodística.

Pero a fuerza de investigar descubrimos algo. Una pieza menor. Un hoy extinto sexto premio puesto negro sobre blanco en un par de paginas de La Voz de Galicia y El Correo Gallego.

Ocurrió muchísimos años atrás.

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El regreso de la ruta del ron

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Hace un par de días en el puerto de Ribeira

La vida está llena de coincidencias [y eso que cuando escribimos esta frase aún no sabíamos lo que iba a ocurrir después*].

En la Nochebuena de 2017 empezábamos a publicar una historia que dividimos en tres partes en la que rastreábamos la identidad de una extraña embarcación a la deriva divisada al norte de Corrubedo en otra víspera de Navidad: la de 1999 [I]. Tras una investigación diríase que detectivesca aunque sin despegar las yemas del teclado, descubrimos que aquella nave —que había acabado maltrecha en el puerto de O Vicedo— era un trimarán legendario: uno de los cuatro hermanos gemelos del ganador de la primera edición en 1978 de la mítica Ruta del Ron, el cual, al poco de haber participado en el 20º aniversario de esta regata que une Francia y el Caribe, se perdió en una pavorosa tormenta al este del Canadá… su dueño, el galo Charlie Capelle, ya había renunciado a él pues nadie con dos dedos de frente se atrevería a inferir que después de ocho meses de zozobra por el Atlántico el velero iba a ser avistado a cuatro mil kilómetros de distancia de donde desapareció, bastante hecho polvo, sí, pero no tanto como para darlo por defenestrado [II]. Nada más enterarse de pura chepa de su milagrosa reaparición, su propietario viajó a Galicia, recuperó su A Capella, lo repatrió, lo restauró, disputó en 2006 la Ruta del Ron, naufragó en su cuarta jornada, fue rescatado, lo volvió a arreglar, compitió en la edición de 2010 y en la siguiente de 2014 —es un certamen cuatrienal, como las olimpiadas y el mundial de fútbol— y ya había formalizado su comparecencia en la de 2018 cuando concluimos nuestro relato a principios de enero, con Capelle y su viejo barco inscritos en una prueba que, casualidades, iba a celebrar este otoño su 40º aniversario [y III].

Pues bien. Lo que son las cosas. Este misma semana, en la madrugada del miércoles 12 de diciembre de 2018, Salvamento Marítimo ha recobrado un fragmento de otro trimarán tripulado por otro francés que naufragó el mes pasado mientras peleaba por el cetro de la Route du Rhum. Ya hay que tener puntería. Hallaron el pecio a unas treinta millas de nuestro cabo y lo remolcaron a aquí cerca, atándolo a un pantalán en el puerto de Ribeira.

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El crimen del siglo

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Masacre en el puerto de Bremen

Bremerhaven. Sábado 11 de diciembre de 1875. Amarrado a una cadena, un barril se halla suspendido unos metros sobre el pavimento del muelle. Un cabestrante lo va a trasladar a las bodegas del SS Mosel, un grandioso trasatlántico alemán de 108 metros de eslora capaz de transportar a 828 pasajeros (200 en los camarotes y 628 en entrecubierta) que está a punto de zarpar con destino a Nueva York previa escala en Southampton. El puerto es en ese momento un hervidero de gente en el que las emociones están a flor de piel. Amigos y hermanos, madres y padres, despidiéndose de viajeros que se disponen a empezar una nueva vida en América, quién sabe si se volverán a ver. De repente, ante la mirada de las escasas personas que observan tan rutinaria maniobra, el barril se desprende de la cadena, se ladea y se estrella contra el suelo en el borde del dique.

Estallan ventanas y escaparates en toda de la ciudad. Georgstraße, el vial comercial que parte en dos el entramado urbano, se cubre con un manto de cristales afilados mientras una negra humareda despunta por encima de la chimenea del barco. Los que están lejos, corren hacia el origen del estruendo. Los que están cerca y han sobrevivido, huyen. Se forma una turbamulta. Cunde el pánico. Nadie logra entender qué ha pasado.

Entretanto, en el epicentro, el hielo y la nieve heraldos del invierno se tiñen de rojo. Cuerpos mutilados, calcinados, a decenas, yacen en el suelo entremezclándose con hierros retorcidos y fragmentos de madera humeante. Allí reina un silencio enrarecido, casi sobrenatural. Como si se nos quisiera recordar que después de la tempestad siempre llega la calma, que después del caos las cosas a su modo acaban por alcanzar un orden… Ciertamente, en cuanto se recobren las piezas, se ausculten y empiecen a encajar, se irán precisando los contornos de un suceso al que el londinense The Times, desde más allá del mar del Norte, calificará como «the crime of the century».

Como el crimen del siglo.

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