El crimen del siglo

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Masacre en el puerto de Bremen

Bremerhaven. Sábado 11 de diciembre de 1875. Amarrado a una cadena, un barril se halla suspendido unos metros sobre el pavimento del muelle. El cabestrante lo va a trasladar a las bodegas del SS Mosel, un grandioso trasatlántico alemán de 108 metros de eslora capaz de transportar a 828 pasajeros (200 en los camarotes y 628 en entrecubierta) que está a punto de zarpar con destino a Nueva York previa escala en Southampton. El puerto es en ese momento un hervidero de gente en el que las emociones están a flor de piel. Amigos y hermanos, madres y padres, despidiéndose de viajeros que se disponen a empezar una nueva vida en América, quién sabe si se volverán a ver. De repente, ante la mirada de las escasas personas que observan tan rutinaria maniobra, el barril se desprende de la cadena, se ladea y se estrella contra el suelo en el borde del dique.

Estallan ventanas y escaparates en toda de la ciudad. Georgstraße, el vial comercial que parte en dos el entramado urbano, se cubre con un manto de cristales afilados mientras una negra humareda despunta por encima de la chimenea del barco. Los que están lejos, corren hacia el origen del estruendo. Los que están cerca y han sobrevivido, huyen. Se forma una turbamulta. Cunde el pánico. Nadie logra entender qué ha pasado.

Entretanto, en el epicentro, el hielo y la nieve heraldos del invierno se han teñido de rojo. Cuerpos mutilados, calcinados, a decenas, yacen en el suelo entremezclándose con hierros retorcidos y fragmentos de madera humeante. Allí reina un silencio enrarecido, casi sobrenatural. Como si se nos quisiera recordar que después de la tempestad siempre llega la calma, que después del caos las cosas a su modo acaban por alcanzar un orden… Ciertamente, en cuanto se recobren las piezas, se ausculten y empiecen a encajar, se irán precisando los contornos de un suceso al que el londinense The Times, desde más allá del mar del Norte, calificará como «the crime of the century».

Como el crimen del siglo.

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Emilio Mosteiro, ascua ultraísta

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Uno de los tres cuatro es Emilio Mosteiro

El metro vaga en sueños
por el calcetín eterno

Un tipo escurridizo este Emilio Mosteiro del que vamos a escribir hoy aquí. Alguien debería emplearse a fondo en armar una biografía. Lo pensamos sinceramente. Porque cuanto más indagamos en la vida de este poeta olvidado —picoteando un dato aquí, otro allá— más nos cautiva hasta el punto de tensar los límites de nuestra capacidad de asombro.

Poeta precoz. Ascua de última hora en la fogata ultraísta. Si lo traemos al blog es porque uno de sus poemas, Alalás do mar, canta desde las vanguardias al faro de Corrubedo.

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Albatros, la marea más triste (segunda parte)

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Esquela que puso la casa armadora en el diario gijonés Voluntad por los muertos del Albatros
[Viene de la primera parte]

Asido a un bote lleno de agua, el marinero Juan Varela Fernández, de Miño, casado, una hija, logró llegar a la playa de Baldaio a las once de la mañana del martes 16 de noviembre. Habían transcurrido diecisiete horas desde que dos traicioneros golpes de mar echaron a pique el Albatros mientras el pesquero navegaba a seis millas de Cedeira.

Tras alcanzar la orilla, el náufrago vio a una señora de edad lavando la ropa junto a una casita cercana. Estaba tan extenuado que le era imposible gritar, pero la dama se percató de su presencia. Se acercó. Le dio un vaso de leche. Recosidas las flacas fuerzas, Juan pudo explicar lo ocurrido. Por indicación de la buena mujer, unos vecinos sacaron del agua el bote y después acompañaron al moribundo a pie hasta Laracha para que pudiera tomar el trolebús que iba a Coruña. Pasó un camión verde cargado de hierros. Juan lo detuvo y relató su drama. Los ocupantes del vehículo se desentendieron de él. Surgió otro camión que transportaba madera. Le dejaron subir. Eran las seis de la tarde cuando entró en la ciudad. Fue a casa de su hermana y bebió un coñac. Se desmayó. Recuperó la conciencia. Entonces sí. Ya no podía demorarlo más. Había llegado la hora de encarar la realidad y de mirar a los ojos a quienes, con el corazón encogido, aguardaban en el puerto un milagro o quizá el despertar de un mal sueño.

Juan bajó al Muro.

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Albatros, la marea más triste (primera parte)

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El Albatros

El martes 9 de noviembre de 1954, el pesquero Albatros zarpó del puerto de Gijón por última vez. Se hundió casi una semana más tarde cerca de Cedeira y el suceso dejó una profunda aflicción en nuestro pueblo.

Aun hoy, después de tantos años, una nota de dolor late sordamente en el corazón de Corrubedo… Ocho de sus quince tripulantes habían nacido aquí. Ninguno volvió para contarlo.

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Relato de un náufrago (versión española)

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Moonlit Shipwreck at Sea, de Thomas Moran (1837-1920)

Sobre la tapa de un escotillón hay un hombre. Está flotando a lo lejos. Inerme. Desde la costa de Corrubedo lo divisan los carabineros. Un bote de pescadores acude hasta él. Al ver aquella embarcación, acercándose, el náufrago ruega por su vida. Grita que no lo maten. Exclama que él también es cristiano.

Y afirma el periódico:

«¡Qué idea tienen formada de nuestro país los extranjeros!»

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Medio siglo en la diana

Medio siglo en la diana

La Oficina de Patentes y Marcas tiene un buen buscador.

Si tecleas «Ribeira» (y, sobre todo, «Riveira») te vas a topar un buen puñado de inventos ideados por ocurrentes vecinos de nuestro municipio: un envase para sardinas prensadas, una nasa de fondo desmontable, un sistema que permite a un submarino siniestrado hacer presente su situación y pedir socorro, un dispositivo halador de varas para recogida de artes de pesca de arrastre, un emerillón giratorio para artes de pesca, una rueda acoplable desmontable en caja para pescado, una instalación automática de largada y recogida de palangre, una prenda para actividades marinas, un virador múltiple de red, una luz flash automática recargable para señalización y balizamiento de artes de pesca, un sistema de retirada de residuos sumergidos y a flote en grandes masas de agua, un dispositivo para la sujeción automática de cebos en anzuelos del palangre…

Las hay también de otros campos del saber, pero las invenciones ligadas al mar y a la industria piscatoria vencen por goleada… No podía ser menos en un puerto que se jacta de ser el líder en descarga de pescado fresco de Europa.

¿Y si escribes «Corrubedo»?

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